martes, 25 de diciembre de 2007

Dulce Navidad

Todos los años la misma monserga. Aguantar a tu hermano pequeño, a tu cuñada, a los mostrencos de tus sobrinos... Siempre lo mismo, la misma rutina, año tras año... Los falsos besos, las falsas sonrisas, las falsas lágrimas al recordar a los que ya no están con nosotros, las zalamerías, los chistes, la cena de diseño encargada por tu cuñada, con platos cada año cambiantes, en ese alarde de originalidad absurdo y rimbombante que lo único que te suele provocar son náuseas y ardor de estómago...

Las miradas de reproche de tu mujer, ni de lejos a la altura del caché de la mujer de tu hermano (rayos UVA frente a piel blanquecina y granulada, pelo cuidado y de corte moderno frente a permanente de peluquería de barrio, piernas de muerte frente a columnas jónicas, un metro ochenta de estatura frente al metro sesenta de la tuya...).

Y después de la cena, los licores, siempre de marca, siempre caros, siempre insultantes, mirándote desde ese vasito de cristal de Murano y haciéndote guiños, como diciéndote “tu no me puedes comprar, capullo. Pertenezco a los importantes”. Y después de los licores, el niño, que viene llorando porque quiere que le compres esa consola tan chula que tienen sus primos, y los primos, que vienen descojonándose de risa de la Game boy arcaica, que parece un ladrillo, la jodía, que ha traido tu hijo, en un vano intento de impresionarles. Y la mirada de socarronería de tu hermano cuando le preguntas el precio de la puñetera consola, y la risa nerviosa de tu cuñada, y las miradas de tu mujer, cada vez más cargadas de reproche, de tristeza, de resignación... Y ese licor que, de tan bueno que es el hijoputa, se te sube a la cabeza y te hace imaginar escenas de asesinatos familiares y primeras planas en el periódico de dentro de dos días, porque claro, como mañana es Navidad, no hay periódicos, ni pan, ni nada, coño.

Y luego, la discusión, tu despotricando contra los inmigrantes y tu hermano, que a pesar de ser ricacho se define de izquierdas, diciendo que tal y tal, y que sin inmigración no habría más trabajo, y tu que y una mierda, que no hay nada más absurdo que ser de izquierdas con pasta, y tu hermano que te responde que lo absurdo es ser un currito de derechas, y tu mujer y la garza dándole la razón, y tu niño pidiendo la consola...

Todo eso piensas mientras que el tipejo te dice que vayas más rápido, que tiene prisa, que esta noche es Nochebuena. No sabes si decirle “y mañana Navidad”, o levantarte de tu taburete y darle una hostia. Porque esa es otra. Hay que ser pringao para currar la mañana de Nochebuena. Y siempre te toca a ti, además. Le colocas el sello en el certificado, descargando tu adrenalina con ese matasellos, que si fuera un mazo le habrías pegado con el en la cabeza al tipejo.

Y cuando se va el tipejo, aparece un panchito.

Tócate los huevos.

Te dan ganas de decirle que se venga a cenar a casa de tu hermano, para que vea que te llevas bien con los inmigrantes.

El hombre no dice ni hace nada. Solo te mira. Esperas un momento a que te presente lo que sea, el papelito, o el sobre, o el certificado, o lo que sea, pero no hace nada. Solo te mira a los ojos. Tú te encoges de hombros.
- ¿Y? –le dices-
- Buenos días, señor. Deseo mandarle dinero a mi hijo, señor. Está en Sevilla, y no he podido ir a verle porque he tenido que trabajar, Quinientos euros, señor.

Se trata de un hombre más o menos de tu edad, rodando la cincuentena, de corta estatura, ojos pequeños pero profundos, piel morena, pelo negro y pómulos muy marcados. Un panchito de catálogo, vaya.

- Tiene que hacer un giro. Este es el impreso.

Le alargas el papelito y miras al siguiente en la cola. El hombre se queda mirando el papelito. El siguiente no se atreve a acercarse. Parece intuir lo que va a ocurrir, y a ti te pasa lo mismo.

- Yo no sé escribir, señor. Lo único que quiero es mandarle a mi hijo quinientos euros.

Es Navidad. La gente es buena. Los de la cola te fulminan con la mirada. Tienes que rellenarle al panchito el papelito si no quieres que te linchen la caterva de filántropos que se han dado cita para colocarse en la cola de correos, el día de Nochebuena, detrás de un panchito.

- Traiga.

Las cosas se han calmado. Los más espabilados de la cola primero, y al final todos, se han mentalizado de que la cosa va para largo, y se han cambiado a la de Pepi. Que se joda, Pepi. Se ha largado a desayunar a media mañana y ha tardado más de un cuarto de hora, dejándote todo el pastel y los cabreos de los colistas a la peor hora del día.

Rellenas el impreso y le preguntas al hombre, que no te quita la mirada de encima.

- A dicho Sevilla, ¿verdad?.
- Así es, señor.
- Pues ya está. Tardará un par de días en llegar. Deme quinientos tres euros, por favor.

El hombre te mira, pero no hace nada. Dudas. Probablemente no te haya entendido, o piense que le estás cobrando tres euros de más por tu cara bonita. Le repites el tema modulando más despacio y adoptando ese grave tono de voz cuando quieres imponer respeto a alguien.

- Quinientos tres euros, por favor. Los tres euros son por la tramitación.

El hombre empieza a negar lentamente con la cabeza.

- Entiendo lo de los tres euros, pero no me fío, señor. Ya me han engañado muchas veces en su país, y no me atrevo a dejarle los quinientos euros para mi hijo. ¿Quién me asegura a mi que este billete le va a llegar a mi hijo?.
- A su hijo no le va a llegar este billete, señor. Su hijo recoge los quinientos euros, pero este billete se queda aquí.
- No, no... Me tiene que asegurar que es este billete el que le va a llegar a mi hijo. Si no es así, me voy, aunque mi hijo se quede sin dinero.


Muro a la vista. El muro surge cuando es imposible explicarle a alguien un trámite de Correos. Muro de dificultades, le llamáis tus compañeros y tu. Y precisamente la mañana del día de Nochebuena, cuando se supone que deberías estar en casa, tumbado en el sofá y viendo a la Ana Rosa.

- ¿Y que quiere que yo haga?.

El hombre empieza a sudar. Mira a su espalda, traga saliva, y parece acometer un esfuerzo sobrehumano para decirte una sola palabra.

- Ayúdeme.

Al mirarle a los ojos, notas que algo comienza a removerse en tu interior. Percibes claramente que ese hombre no te está exigiendo ayuda, sino que te la pide humildemente, casi sin fuerzas, simplemente porque realmente cree que la necesita. Que necesita tu ayuda para enviarle un giro a su hijo, que está en Sevilla. Necesita ayuda para algo que, en realidad, es sencillo, pero que supone un mundo para el. Nadie te había pedido ayuda, antes, de esa manera. Te gritan, te exigen, te insultan...Pero es la primera vez que percibes que alguien, realmente, te necesita.

Y lo más jodido, o lo más curioso de todo esto es que, de repente, se hace la luz en tu cerebro cuando te percatas de que tienes la solución exacta al problema de este hombre.

- Mire, vamos a hacer una cosa: enséñeme el billete que quiere que le llegue a su hijo.

El hombre saca del bolsillo trasero de su pantalón una abultada cartera, y de la misma un billete de quinientos euros. Te lo entrega. Lo coges, lo miras, le das la vuelta...

- Vamos a hacer una cosa. Usted va a confiar en mi –coges un rotulador rojo y pintas una cruz a la derecha del billete, más o menos de dos centímetros, con las puntas abiertas-. Marcamos el billete, ¿ve?. Y ya está. Así de sencillo. Lo único que tiene que decirle a su hijo es que recoja el giro en la sucursal de la calle Remordimientos. ¿Cómo se llama su hijo?.
- Osvaldo, señor.

El hombre parece más tranquilo. Te parece ver incluso una extraña mueca, parecida remotamente a una sonrisa, dibujada en su rostro. Por lo pronto a dejado de sudar.

- Muy bien, pues todo solucionado. Confíe en mi. Ya sabe donde estoy, así que, si su hijo tiene algún problema para cobrar este billete, viene a verme y ya está.

El hombre parece eufórico. Empieza a jadear de tal manera que te parece que le va a dar un ataque al corazón. Te tiende la mano y aprieta la tuya con fuerza.

- Muchas gracias, señor. Es usted un hombre bueno. Que pase una dulce Navidad.
- Lo mismo le deseo. Hasta luego, hasta luego.

Tienes la impresión de que, esta noche, no vas a tener muchas ganas de entrar al trapo cuando tu hermano saque el tema de los inmigrantes para tocarte las narices.

Te quedas un momento como un idiota, con la sonrisa dibujada en tu cara. Una sonrisa que choca con la cara avinagrada que te está poniendo la señora anciana que blande el paraguas como si se tratara de una katana. Haces un pequeño gesto con la mano para calmarla.

- Un momento, señora. Tengo que hacer una llamada. Diez segundos –marcas y escuchas. Jodida suerte de mierda si no te lo cogen. Pero si, en esto has tenido suerte-. ¿Carlos?. ¿Eres tu?. Soy Ramón. Bien, bien. Oye, escucha, no tengo mucho tiempo, que tengo lío. En un para de días se va a pasar por tu sucursal un tipo llamado Osvaldo, a recoger un giro de quinientos euros. Es muy fácil, mira, te explico: le tienes que dar un billete de quinientos euros, con una cruz roja de unos dos centímetros con las puntas abiertas dibujada al lado derecho, más o menos hacia la mitad.

4 comentarios:

Edda dijo...

Bonito cuento de Navidad. Cuentos así, en estas fechas, siempre me arrancan una sonrisa. Gracias.

felixon dijo...

Gracias. Me alegro de que te haya gustado.

Anónimo dijo...

¡Hola!
Felixon, el espíritu de la Navidad al alcance de un "currante" jejejejeje, buen relato.
Por cierto un día te contaré otra coincidencia entre Edda y yo y que a ti te toca de cerca, jejejejejej
Besos.AlmaLeonor

felixon dijo...

Me tienes en ascuas. Adelántame algo, para que vaya pensando.

Besos para ti también