martes 5 de mayo de 2009

Veinte sesiones (amores no confesados)


¿Cuántos amores no ya anónimos, sino ni siquiera confesados a nadie, acaban esfumándose en la nada? ¿A dónde va a parar toda esa energía desperdiciada, todo ese torrente de sentimientos no correspondidos? ¿Cuántas vidas podrían haber salido de cierta mediocridad amorosa, si nuestro estúpido orgullo no nos hubiera impedido declararle nuestro amor a la persona que lo encendió?.Los protagonistas de esta historia de encuentros, desencuentros y casualidades, se llaman Isabel, Roberto y Vanesa. Los tres están entre los dieciocho y los veinte años, esa edad incierta en la que las hormonas, sin dejar de hervir desde los catorce años, empiezan a calmarse para dejar paso a otros sentimientos más profundos. Los tres han vivido su correspondiente época de roces, calentones y bofetadas varias, primeros novios y primeras novias, todos ellos corroídos por el acné, la masticación compulsiva de chicle, los cigarrillos mal fumados, y las vomitonas provocadas por alcohol de garrafón. Los tres han resurgido como el ave fénix de sus cenizas, con un aspecto renovado, angelical, perfectamente engrasado y preparado para poder comerse el mundo. El más retrasado, no hace falta decirlo, es el pobre Roberto, quien, a pesar de ser el mayor de los tres, acaba de abandonar recientemente ese universo de Playstation, Warcraft y Xbox que le había abducido nada más cumplir los cuatro años. Después de una sana terapia, basada en las bofetadas de su padre obligándole a que hiciera algo positivo con su vida, y de sobrevivir al correspondiente mono, Roberto decidió practicar un deporte, el pádel, con tan mala fortuna, que en el primer partido tropezó y se dobló ligeramente el cuello. El traumatólogo determinó veinte sesiones de rehabilitación.Para llegar a la clínica, Roberto cogió la costumbre, desde el primer día, de atravesar el centro comercial más importante de su barrio, un Hipercor del que no debemos dar el nombre por cuestiones de no hacer publicidad gratuita. Fue así como conoció a Vanesa, una chica morena, de pelo cortado estilo francés, y perfectamente maquillada. Vanesa estaba enamorada en aquel momento de su jefe de sección, un individuo nebuloso, más que cuarentón, con su vida ya montada, con un descapotable (en la cabeza), y cuyo nombre no nos interesa por lo gris de su naturaleza. El caso es que Vanesa, en un intento de hacerse la interesante, decidió regalarle a su jefe cada día una muestra diferente de las colonias pour homme más prestigiosas del mercado mundial. Y con eso ya tenemos montado nuestro circo de amores y desamores, encuentros, desencuentros, y casualidades, que condujeron a ese desperdicio de energía amorosa.El jefe de Vanesa llegaba al departamento a las cuatro en punto. Roberto tenía la sesión a las cuatro y diez, y pasaba por el departamento en el que trabajaba Vanesa a eso de las cuatro menos dos minutos. Vanesa abría el frasco correspondiente a cada día a las cuatro menos dos minutos. Su belleza casi animal no le pasó desapercibida a Roberto, quien desde el primer día la identificó en su desquiciado cerebro, podrido por los videojuegos, con el alter ego de Lara Croft. El día de la primera sesión, Roberto se detuvo frente a Vanesa, que oteaba el horizonte, a la búsqueda de su jefe, con un frasco de “eau de lechons” abierto. Roberto sonrió, y Vanesa sonrió. Aquella sonrisa comercial fue un flechazo directo al corazón del muchacho. La chica, amable, le roció la cara, y parte del cuello, con una buena dosis de colonia.Sentado en su banqueta, Roberto recibía en su cuello, algo más tarde, los diestros manejos de Isabel, una joven estudiante de fisioterapia recién contratada por la clínica. A la chica no se le escapó el dulce aroma que exhalaba el cuello de Roberto. Ella le sonrió, él la sonrió a ella, y aquello fue un flechazo directo al corazón de Isabel. Después de la sesión, y cuando nadie podía observarla, Isabel olió sus manos, que habían estado en contacto con el cuello de Roberto, y sintió un repentino mareo, que achacó al ritmo desbocado que había adquirido su corazón ante aquella fragancia de intensa masculinidad.Cuando al día siguiente se repitió la operación, esta vez con una colonia diferente, Isabel interpretó esa actitud de Roberto como una especie de jueguecillo amoroso. No pudo encontrar otra explicación al cambio de aroma. Otra vez se olió las manos, y de nuevo escuchó, con la misma intensidad que un concierto de música clásica, la llamada del amor.La historia se repitió en otras diecisiete ocasiones, con los mismos movimientos por parte de los tres protagonistas, y colonias diferentes en cada ocasión. Cada día pensaba Roberto en declararse a Vanesa, cada día pensaba Isabel en que Roberto se le iba a declarar, cada día pensaba Vanesa en declararse a... bueno, a ese. Los tres se saludaban cada día con una sonrisa, cada vez más intensa, a causa de la costumbre y el roce diario rutinario.El último día, el de la sesión número veinte, Roberto se había decidido por fin a decirle algo a Vanesa. Ya no le quedaba tiempo. Al llegar a su altura, intentó abrir la boca, pero sintió una vergüenza tan profunda, que no fue capaz. Sentía que las sienes le latían alocadas, y que el corazón se le ponía a doscientas pulsaciones por minuto. No pudo decir nada. Cuando Vanesa, con su sonrisa habitual, le roció una nube de “Machote di mare”, Roberto supo que jamás volvería a verla.Isabel acarició por última vez el cuello de Roberto. Esperó a que el muchacho se le declarara por fin, pero al ver que se levantaba y se disponía a marcharse, supo que no era esa su intención. En aquel instante, tomó una decisión heroica: declararse ella. Intentó hablar, pero las palabras no la salían de la boca. Minutos después, a solas, se olió las manos por última vez, y después lloró, porque no había sido capaz de declararle su amor al ser querido. Jamás llegó a entender la razón que le empujaba a Roberto a cambiar de colonia cada día.Ni que decir tiene que ni Vanesa se había fijado para nada en Roberto, ni Roberto en Isabel. Los tres estaban enamorados hasta las cachas, pero de la persona equivocada. Los tres cantaban frente al espejo sus canciones románticas preferidas después de ducharse, pensando que, si la otra persona los viera en ese momento, caería enamorada de ellos sin remedio. Es algo normal, lo hemos hecho todos, no tiene porqué avergonzarnos.Se me olvidaba. Vanesa, que era la más lanzada de los tres, decidió un buen día declararse al cuarentón. Cuando abrió la boca, el otro aprovechó para llamar a otro cuarentón, igual de gris que él, jefe del departamento en el que, a partir de aquel mismo momento, iba a trabajar Vanesa. Con muy buen criterio, la chica decidió que el primer cuarentón no merecía la pena comparado con el nuevo.

miércoles 18 de febrero de 2009

Tres relatos cortos


Os pongo a continuación tres relatos cortos que he escrito en exclusiva para uno de los foros en los que participo de vez en cuando. La razón para colgarlos aquí es que no quiero que se acaben perdiendo. Un saludo a todos, y espero que os gusten.
Vidas ejemplares: Servando Castelar

La meteórica carrera de Servando Castelar hacia la cúpula de la alta dirección de una conocida multinacional norteamericana, se vio truncada hace cinco años, en el transcurso de un exclusivo curso para altos ejecutivos, impartido por el prestigioso anacoreta Feng-on-my-Biang en un monasterio de las faldas del Himalaya.Castelar había sido elegido, junto a otros diez altos cargos de la compañía, para realizar el curso, cuyo precio oscilaba entre ocho y nueve mil euros la jornada, en régimen de pensión completa, y con ocho horas lectivas diarias. Las características del curso, enfocado a mentalizar positivamente a ejecutivos de alta dirección, le conferían una calidad tal de contenidos, que la compañía decidió transmitir algunas de sus partes por videoconferencia al resto de los empleados de la compañía.Quiso la casualidad que aquella nefasta tarde, se transmitiera la clase de ananga-yogy-bear. Servando realizó a la perfección la postura de la mantis subrepticia, y la del junco mecido por el viento, e incluso la del muérdago en tensión, pero cuando estiró sus brazos, retorció su cuerpo, y abrió las piernas para adoptar la postura de la luna romántica, un enorme cuesco, provocado por el esfuerzo, pero sin duda también por el frugal régimen seguido aquellos días a base de semillas de soja, semillas de sésamo y semillas en general, se escapó de su desgarrado esfínter, con gran sonoridad y desparramo consiguiente general.Servando Castelar es actualmente un cotizado vocero de la lonja de pescado del puerto de Camariñas. Los que le han escuchado alaban su dicción, “similar a la de su antepasado político, ese que daba discursos”, al decir de la mayoría.El vídeo con la ventosidad estuvo varias semanas como el más visto del portal Youtube.



Alegrame la noche

Del aseo de caballeros sale primero María, la mujer de la limpieza, una sudamericana trigueña a la que ya le tengo echado el ojo, que insinúa unas formas increíbles en su cuerpo, a pesar de ir siempre vestida con un anodino y enorme uniforme de color azul claro. Su mirada se cruza con la mía un momento, y se ruboriza. Lleva en la mano la bolsa de plástico con el contenido de la papelera. Un encuentro que no hubiera significado nada de no haber salido casi al instante detrás de ella Ramón, “el cigüeña”, el vigilante de seguridad, abotonándose el cuello de la camisa y con una intensa palidez que se acrecienta en su rostro al verme.Ha tenido que pasar algo en este aseo. La pareja ha aprovechado que el edificio debería estar vacío, sin imaginarse que todavía quedaba el de siempre, el pringado que no tiene otra cosa mejor que hacer que quedarse a echar horas, porque se aburre en casa. Entro frenético, buscando señales. Mi vida sexual es tan patética, basada únicamente en mi mano izquierda, que me paso la vida babeando a la caza de situaciones que después, pensando en ellas, me inspiren para humedecer mis preámbulos al sueño. Es posible, si encuentro algo, que mi paja de esta noche se la dedique a esta sugerente pareja.Nada. Ni pelos en ninguno de los tres retretes, ni marcas de sudor, ni siquiera marcas de dedos. Encontrar un tanga usado de María ya habría sido la rehostia. Le habría servido a mi podrida imaginación durante más de dos meses. Excitado, imaginando lo que probablemente nunca ha ocurrido, olisqueo el ambiente como el protagonista de “El perfume”, con el mismo nerviosismo que un chihuahua buscando un bombón de chocolate. Nada. Me resigno a la realidad. No ha ocurrido nada. La humanidad es más decente de lo que le gustaría a mi enfermo cerebro.Bajo a recepción. María está frente a la garita de Ramón, barriendo un resto de polvo. El silencio monacal queda roto únicamente por el sonido de mis pasos, que resuenan en el mármol pulido. Cuando paso frente a ellos, me saludan tímidamente, deseándome un buen fin de semana. Cuando giro a la izquierda, para bajar al aparcamiento, miro a María de reojo. En un instante fugaz, la mujer le dirige a Ramón la mirada más lasciva que he visto en toda mi vida. El corazón me da un vuelco en el pecho. Para rematar, María pasa su lengua por el labio inferior, humedecido para la ocasión. María tiene unos labios increíblemente sensuales. Sin poder evitarlo, un fuerte y casi doloroso bulto se va formando en mi entrepierna. El “casual wear” de los viernes me está jugando una mala pasada. De llevar los pantalones chinos en vez de estos tejanos, no sentiría el malestar que estoy sintiendo. Cuando entro en el ascensor, el dolor se hace insoportable, y no me queda más remedio que abrir la bragueta, para aliviar la tensión. Finalmente, y sin saberlo, la buena de María me ha alegrado la noche



Vidas ejemplares: Bernarda Moreno

La simpática a la par que agradable Bernarda Moreno, actualmente vendedora a domicilio de productos de limpieza, perdió su oportunidad de triunfar en el mundo del cine el mismo día en que empezó, a finales de la década de los setenta, como ayudante de producción de una coproducción hispano-italiana rodada en el desierto de Tabernas, en Almería. El por aquel entonces apreciado galán Servando Molina, encorsetado a partir del suceso en papeles de monstruo de feria, enterrador macabro, jorobado de Notre Dame o simple gañán, recibió del extra Porfirio Urrutia, ex-camionero, ex-estibador de puerto, y campeón durante quince años de levantamiento de piedra de molino, un soberbio puñetazo que le destrozó por completo el rostro, y afectó a gran parte de sus funciones motoras. El inesperado puñetazo se produjo después de que el reconocido director Michael Tarantini le hiciera repetir veinticuatro veces a Porfirio una escena en la que, después de beberse un Whisky de un solo trago, amenazaba a Servando con romperle la cabeza.Fue entonces cuando Bernarda Moreno aprendió que, en las películas del oeste, el whisky siempre se substituía por té frío.

martes 9 de diciembre de 2008

El evento


Dedicado con todo mi cariño a Michael P. King y Belly, que saben transmitir a la perfección su alegría de vivir a los pocos privilegiados que tienen la suerte de poder compartir con ellos unos cuantos días.


Rafael Salazar observó atentamente el armario de trajes del vestidor de su casa. Se decidió finalmente por una elegante chaqueta azul cobalto, que armonizaba con la camisa verde pistacho claro y la corbata azul claro que había elegido para la ocasión. Después de la chaqueta sacó el pantalón. Le gustaba ese pantalón especialmente, porque nunca rozaba los tirantes que se ponía para mantener en su lugar los calcetines de ejecutivo.

Mientras se ponía la camisa, se deleitó pensando en el día que le esperaba. Adolfo, su hijo mayor, notario como el, les iba a invitar a comer a el y a Adriana, su esposa y madre de Adolfo. en el restaurante “más elegante de la ciudad”, según sus propias palabras, con ocasión de sus bodas de plata. Irían también Bárbara, la mujer de Adolfo, y sus dos hijos adolescentes, Borja y Vanessa.

Abrió el primer cajón de la mesilla en busca de sus gemelos, pero no encontró nada en aquel batiburrillo de guantes, mecheros elegantes, pañuelos de encaje y llaves de coche de repuesto.

_Adriana, cariño, ¿dónde están mis gemelos?

Los altos tacones que se había puesto Adriana para la ocasión repiquetearon alegres en la tarima del pasillo. Una tarima de verdad, de las que crujían, de las que se colocaban únicamente en los selectos pisos del barrio de Salamanca. Adriana apareció por la puerta del dormitorio colocándose con las dos manos un pendiente de oro. “Que guapa está”, pensó Rafael sin poderlo evitar. Todavía conservaba esa elegancia felina de su juventud, y en cuanto al sexo, a medida que la capacidad de procrear se le había ido escabullendo por la edad, su libido aumentaba de manera inversamente proporcional. Rafael estaba muy orgulloso de su mujer.

_¿Dónde crees que pueden estar, cariño?
_No lo sé. Por eso te pregunto.
_Segundo cajón, Rafa, segundo cajón.

Rafael encontró por fin la cajita forrada de piel con los gemelos que le había regalado Adriana el día que aprobó las oposiciones a Notarías.

_¿A dónde crees que nos llevará Adolfo? Estoy tan ilusionado...
_Con el dineral que está ganando nuestro hijo, y la fortuna que acaba de heredar Bárbara, supongo que como poco nos invitará a Horcher, a Lardhy o a alguno de esos.
_Horcher... Dios mío. Hace más de treinta años que ni siquiera paso por delante de la puerta. Y pensar que antes íbamos casi todas las semanas...

Rafael se colocó al lado de su esposa, frente al gran espejo de marco dorado situado en una de las paredes del dormitorio. Observó a su mujer mientras esta se colocaba con maestría unas cuantas horquillas estratégicamente dispuestas, de forma que su pelo adquirió el mismo aspecto que el de una actriz cinematográfica preparada para la entrega de un óscar. Su pelo era muy diferente. Largo por los lados, pero inexistente por arriba, con un casquete de piel que crecía a un ritmo de varios centímetros al año. Rafael disimulaba el páramo existente entre el final de su nariz y su labio superior, rasgo genético de toda su familia, con un bigotillo a lo Gilbert Roland bastante atractivo, según palabras de Adriana.

Llamaron al portero. Rafael descolgó y escuchó unos segundos.

_Ya están aquí. Vamos.

Todos estaban guapísimos. Adolfo vestía una chaqueta cardigan y pañuelo anudado al cuello, con pantalones de pinzas de color beis, Vanesa un elegante vestido morado claro de Arman, con collar de perlas incluido, y los niños ropa de “The little Liverpool”, en tonos verdes y amarillos. Los cuatro llevaban zapatos de charol relucientes. Después de los saludos y abrazos de rigor, subieron los seis al Crhysler Voyager, que Adolfo había lavado en profundidad para la ocasión. Rafael se sentó al lado del conductor. Al ver que su hijo salía de la ciudad, le preguntó, no sin cierta sorpresa.

_¿No vamos al centro, hijo?
_No, papá. Me han dicho que está en un centro comercial de las afueras. Ya he metido la dirección en el GPS.
_Pensaba que íbamos a Horcher, o a Lardhy. Como dijiste que nos ibas a invitar en el mejor restaurante de la ciudad...
_Y es lo que voy a hacer, papá. Por Dios –Adolfo parecía un poco irritado-, estamos en el 2022. Horcher y Lardhy desaparecieron cuando el centro se convirtió en un getto amurallado. Hoy en día no se puede visitar si no es con escolta, y solo para realizar alguna inspección de un edificio histórico por motivos de seguridad o de inventario. El restaurante al que vamos es el más caro, con mucho, de todo Madrid, y posiblemente de toda España.
_Hace mucho que no paseo por Madrid, hijo. Ni tu madre ni yo conocemos esa muralla.
_La muralla está muy cerca de tu casa, papá. El barrio de Salamanca se quedó fuera, aunque algunas zonas no se sabía muy bien como catalogarlas.

El GPS de última generación les indicó “destino alcanzado” con su voz metálica cuando el coche estaba en el centro de un gran aparcamiento.

_¿Es aquí? –preguntó Adriana-.
_Aquí es, dijo Adolfo. Justo a vuestra espalda.

Todos miraron antes de salir del coche. Los chicos soltaron casi al unísono un “!!guauuu!!” de admiración. Se trataba de un edificio enorme, lleno de carteles de colores, globos de madera en la parte alta y grandes cristaleras a través de las cuales se podía ver el interior. Un gran payaso de metálico señalaba con su dedo índice, que se movía de arriba abajo, una hamburguesa casi tan grande como el.

_Papá, mamá, esta es mi sorpresa –dijo Adolfo sin poder contener apenas la emoción-. Hoy vamos a comer en el “Burgui Dundy”.

Bárbara no se pudo contener. Se levantó del asiento trasero y abrazó a su marido riendo y gritando como una posesa. Rafael y Adriana miraban a su hijo y a su nuera con una sonrisa forzada, sin saber muy bien qué hacer. Los niños no paraban de dar saltos de alegría.

Bajaron del coche. Vanesa y Borja salieron corriendo. Bárbara cogió el brazo de su esposo sin poder contener la alegría. Rafael y Adriana caminaban de la mano, detrás de la pareja. Cuando llegaron, los niños estaban sujetando la puerta de cristal.

Adolfo se adelantó hasta el encargado, un joven con los brazos cruzados, ataviado con un mandil rojo y una gorra roja sobre la que se podía leer “Burgui Dundy Staff” grabado en un hilo amarillo brillante.

_Buenas tardes. Tenemos una mesa reservada a nombre de Adolfo Salazar.
_Déjeme ver... Sí, aquí está. Muy bien, pase.

Adolfo hizo un gesto de desconcierto.

_¿No nos acompaña?.

El joven se encogió de hombros con aire de autosuficiencia.

_No hace falta. Está vacío. Han llegado ustedes muy pronto.

Pasaron a una gran sala sobre la que se disponían mesas de patas metálicas y tablero melaminado en blanco, y sillas de plástico de diferentes colores. Al sentarse, Adriana se desplazó hacia la izquierda y estuvo a punto de caer de la silla. Rafael la sujetó con mano firme.

_Ten cuidado, querida. Las sillas no parecen muy fuertes que digamos.
_Ya lo veo, cariño.
_Papá, mamá –dijo Adolfo-, estoy tan contento de compartir con vosotros este momento... Bueno, vamos a pedir la comida.

Rafael miró a su hijo con sorpresa.

_¿Es que no te atienden?.

Adolfo levantó la mano y sonrió, como perdonándole la vida a su padre.

_¿Qué dices, papá? Eso es una costumbre ancestral. Ya no lo hacen en casi ningún lugar, por muy cutre que sea el restaurante. No está bien visto que no puedas ver tú mismo el lugar en el que se elaboran los productos.

_Bueno, hace un montón de años, mientras estuve destinado en Barcelona, cené muchas veces en “El Bully”, y tuve la oportunidad de ver su laboratorio. Yo pertenecía a un grupo de privilegiados que cenábamos en un reservado. Adriá nos preparaba, en exclusiva para nosotros, unas fabes con almejas, huevos con morcilla y cosas así. Pagando casi el doble, claro.
_Fabes con almejas, huevos con morcilla –dijo Bárbara poniendo cara de asco-... Por favor, Rafael, no digas esas cosas delante de los niños.
_Hoy vas a tener el enorme privilegio de probar la “Burgui Dundy Special crunchy”, papá. Es un producto carísimo, pero la ocasión lo merece. Venga, vamos a la caja.

Rafael se levantó. No sabía muy bien como ponerse. Acompañó a su hijo a la caja. Cuatro jóvenes ataviados con la misma ropa que el encargado, pero con la gorra roja sin bordado amarillo, esperaban los pedidos delante de un mostrador con cuatro cajas registradoras de aspecto moderno y cuatro micrófonos cromados. Adolfo se colocó delante de uno de ellos y comenzó a pedir.

_Buenas tardes. Seis “Burgui Dundy Special Crunchy”, por favor.
_¿Menú, o sueltas?.
_Sueltas, sueltas. Cuatro cocas, y... Papá, ¿Qué bebéis mamá y tu?.
_Dos copas de rioja, por favor.

El joven desvió la mirada por un momento de Adolfo, y la posó sobre Rafael. Parecía ligeramente enfadado.

-¿Me está vacilando?.

Rafael miró consternado a su hijo, y se encogió de hombros. Adolfo se dirigió al joven tratando de quitarle hierro al asunto.

_Perdone. Es que mi padre no tiene costumbre. Dos cocas para ellos también, por favor. Dos de jalapeños con salsa Crusty y.... Si, y una de aros de cebolla “Special Size”.
_¿Algo más? ¿Postre, poteitos “marvel men”, algún “Sindy lover Nacho”?

Adolfo abrió la boca sin saber muy bien qué contestar. Empezó a sudar ostensiblemente, una característica familiar que surgía ante la adversidad de momentos como el que estaba viviendo. El hombre que se había colocado en la caja de al lado le miraba, a el y a su padre, con gesto divertido.

_N...No, gracias, nada más.
_Dos mil setecientos cincuenta euros, por favor.

Rafael dio un respingo y se acercó a la oreja de su hijo.

_Hijo, por favor, eso es una barbaridad. Anula el pedido y vámonos a otra parte.
_No te preocupes, papá. Está todo previsto. Me ha salido más barato de lo que me esperaba.

El joven dispuso seis bandejas de plástico sobre el mostrador, una hamburguesa y una bebida sobre cada una de ellas, y los entrantes en las dos últimas. Adolfo cogió tres, y su padre otras tres. Volvieron a la mesa y se sentaron en las mesas de plástico. Antes de abrir su caja de cartón, Rafael miró a su alrededor.

_Parece que esto se está llenando.

Le sorprendió ver a un joven, que caminaba como un egipcio hacia el mostrador mientras una gran camiseta le cubría las rodillas.

_Es un público exclusivo, papá. Aquí ves marcas de ropa y coches que no puedes encontrar en ningún otro lugar.
_La gente no viste como nosotros, hijo. Son ropas de marca, sí, pero modernas, de sport. Nos podías haber avisado a tu madre y a mi.
_Hay mucha gente de sport, papá, no lo niego, pero fíjate en aquel señor del rincón. Lleva una chaqueta cardigan muy parecida a la mía.
_Se habrá equivocado. Esto no tiene nada de exclusivo, hijo. Es una cadena de hamburgueserías repartida por todo el mundo.
_Papá, por favor, ¿existe algo más exclusivo que el hecho de que la “Burgui Dundy Special Crunchy sepa exactamente igual aquí que en Madagascar?.
_Bueno. Mirado así...
_El niño tiene razón, Rafael –dijo Adriana-. Eres un poquito retrógrado. Siempre lo has sido.

En aquel momento, una niña de unos cinco años vestida con un exclusivo vestido de lunares de Monchita Ferrán, se sentó detrás de Rafael, y se le quedó mirando fijamente con una sonrisa. Rafael se volvió antes de abrir la caja de su hamburguesa. La niña le gritó a bocajarro.

_¿Eres “Burgui Crunchy”?.
_No, preciosa, no soy “Burgui Crunchy”.
_No me engañes. Llevas el pelo igual que el.

Rafael recordó al enorme payaso metálico situado sobre la fachada del local.

_No soy “Burgui Crunchy”, niña, así que cómete tus jalapeños y déjame en paz.

A la niña se le borró la sonrisa de la boca. Rafael abrió su caja de cartón, sacó la hamburguesa, leyó una nota plastificada en la que figuraban los ingredientes, que venía en el interior del envoltorio de cartón, y a continuación levantó la rebanada de pan con sésamo de Irán, observó el pepinillo de Croacia cortado a mano, la cebolla de las montañas de Nepal, la lechuga de las huertas de la luna, los tomates formados en la falda del Krakatoa, y la espectacular hamburguesa de carne de vacuno criado a su bola en las calles de Nueva York, a imitación de una antigua costumbre hindú. Cerró los ojos, y se dejó extasiar por los aromas que le llegaban a la nariz. En aquel momento se sintió feliz. Mordió su hamburguesa con verdadero placer. Su boca quedó marcada con un ribete de ketchup. Involuntariamente, se volvió. Su mirada se cruzó con la de la niña del vestido de lunares, que empezó a sonreír otra vez.

_Lo sabía. Eres “Burgui Crunchy”.

domingo 23 de noviembre de 2008

Las guerras frikis


No se muy bien como empezó la locura. Al principio nos reíamos, eso sí que lo recuerdo. La gente los señalaba por la calle, y todos reían menos ellos, que asumían su personalidad sin complejos, sin ataduras, sin ningún prejuicio social. No respondían a las burlas, pero lanzaban miradas retadoras algunas veces, algo que nos tenía que haber hecho sospechar. El hecho de que tampoco tuvieran ningún sentido del ridículo también debería habernos hecho sospechar.
Creo que los primeros pertenecían a la saga de la guerra de las galaxias. Y al segundo bombardeo de la misma, a la serie de tres películas hechas con ordenador, en las que no se notaba que la luz láser del sable no era más que un truco barato, como en las primeras. Al primero que vi yo, el día que la estrenaron en un cine de la Gran Vía, fue a un Darth Maul de opereta, un muchacho rechoncho, extremadamente bajito, de cabeza hundida y piernas cortas y regordetas. La cabeza pintada de rojo parecía un tomate incrustado en un guante de cuero negro. Supongo que no se había disfrazado de Yoda porque se había autoimpuesto una especie de reto personal que desde luego no había conseguido superar con dignidad. La gente se reía en su cara, le señalaba con el dedo y algunos, los más atrevidos, incluso le echaban palomitas. Hasta el amigo que le acompañó al cine caminaba a un par de metros de él, como si aquello no fuera con él, por lo que pudiera pasar.
Después se hizo más normal verlos. A casi todos los estrenos acudían unos cuantos. La mayoría de las veces relacionados con películas de ciencia ficción o fantasía, porque claro, hubiera resultado ilógico, y sumamente complicado, disfrazarse de friki de “Los puentes de Madison”, por ejemplo, aunque habría tenido mucho mérito.
Ya nos habíamos acostumbrado a ellos, cuando fueron ellos los que empezaron a dejar de acostumbrarse al resto de la humanidad. Una vez, un espectador se retorció de risa ante un improvisado Neo que doblaba su espinazo, vestido con un traje de cuero de una calidad deleznable, curvándose hacia atrás como si estuviera esquivando una hipotética bala. Ante la risa de aquel pobre infeliz, de la fila de gente que esperaba para sacar la entrada surgieron veinte tíos vestidos de cuero, con gafas negras, y le rompieron al pobre transeúnte los brazos y las piernas a cámara lenta, como en la película.
Aquello empezó a desmadrarse. No había viernes que no estrenaran alguna película que diera lugar a toda una legión de frikis decididos a convertirla en su fundamento vital. Los primeros enfrentamientos se dieron en las salas multicines, y el más sonado fue el que reunió a los frikis de Hairspray, todos vestidos con sus trajes popis y sus melenas a lo B-52, y a los frikis de Mad Max 3, armados con cadenas ellos y salvajemente vestidas de Tina Turner ellas. Ni que decir tiene que los seguidores de Mad Max regresaron esa noche a su casa cantando, bebiendo y con los bolsillos llenos de mechones de pelo de los inocentes seguidores de Hairspray.
Los frikis de “La guerra de las galaxias” se hicieron legión. Con sus espadas de acero pintadas con pintura luminiscente lograron acabar con los frikis de la saga de “El señor de los anillos”, normalmente gente muy bajita que se podía disfrazar de Frodo sin ningún complejo, y con pocas armas, ya que se basaban mucho en una hipotética magia que claro, no existía. A estas alturas, la gente normal ya nos resguardábamos en nuestra casa durante un par de semanas, hasta que pasara la euforia del estreno, porque las calles empezaban a alfombrarse de muertos de verdad, de frikis que llevaban su pasión hasta el mismo final.
La situación dio un giro de ciento ochenta grados el viernes en que estrenaron la tercera parte de las “Las crónicas de Narnia” a nivel mundial. Miles de Darths Vaders completamente fuera de si, que al parecer se habían puesto de acuerdo gracias a Internet, arremetieron contra miles de jóvenes indefensos disfrazados de príncipe Caspian. Los Darths Vaders, enloquecidos por el olor de la sangre que habían derramado, siguieron aquella terrible noche matando, y entre matanza y matanza, se hicieron con todos los centros de poder. Los ejércitos del mundo, aletargados después de tantos años de inactividad, no pudieron hacer nada contra un grupo perfectamente organizado y sumamente letal.
Los Darths Vaders acabaron rápidamente con sus competidores. Todos los frikis sucumbieron ante su empuje excepto los frikis de Gollum, personas de una mentalidad más solitaria y menos sectaria que sus compañeros de saga. Los Gollum, en un acto más coherente con su propia filosofía que los frikis de Gandalf, por ejemplo, huyeron en manadas a las pocas cuevas que habían quedado libres después de los sucesivos desastres inmobiliarios que habían asolado el panorama mundial. Aquello fue el comienzo del fin. Cada vez más frikis ocupaban los puestos importantes, las alcaldías, los parlamentos... Las campañas de propaganda estaban plagadas de carteles de alguien disfrazado de algo, que recordaban a los estrenos de películas que yo había visto en mi juventud. A la gente normal se nos perseguía, se nos adoctrinaba, se nos vapuleaba moralmente, hasta conseguir que cada uno de nosotros creyera que el friki era el, y no los Neos, los Hellboys o los Indiana Jones que nos atendían en la ventanilla del registro o en las salas médicas de consulta. Poco a poco, nos fuimos convirtiendo en una rareza. Pasear por la calle se convirtió en un homenaje a la ciudad de Los Angeles que había imaginado Ridley Scott cuando rodó “Blade Runner”, allá por las catacumbas de la memoria.
Hoy soy consciente de que todo ha terminado. Estoy aquí, en mi casa, sentado, vestido con mi pantalón vaquero y mi camisa de cuadros rojos, como de leñador. Mi hija, de doce años, embutida en un traje de Lara Croft con prótesis mamarias especiales para un disfraz de Lara Croft de niña de doce años, me apunta con una Uzzi auténtica. Mi hijo es más pequeño. Tiene seis años. Se ha subido a la banqueta y me amenaza mientras me apunta con su mano de tijeras de verdad, como la de Eduardo Manostijeras. Grita como el vietnamita que amenazaba a Robert de Niro obligándole a que se pegara un tiro en la sien en “El cazador”. Frente a mi, en la mesa, han colocado un ridículo traje de Pedro Picapiedra, reservado para aquellos normales recalcitrantes que no se resignan a disfrazarse de nada. Que Dios acoja mi alma en su seno...

domingo 19 de octubre de 2008

La erótica del poder


De repente le invadió una extraña sensación, mezcla de euforia casi incontenible y de lujuria mental. Se notó los nervios a flor de piel, los cabellos erizados a causa de la emoción, las lágrimas a punto de irrumpir como cataratas de sus brillantes ojos. Se tocó la mano izquierda con la derecha, y aprovechó aquel sutil movimiento para pellizcarse enérgicamente en el dorso, para convencerse a sí mismo de que no estaba soñando.

Repitió el pellizco varias veces, para convencerse de que no estaba soñando. Llegó a hacerse una herida con las uñas. Le gustaba el dolor. Ese dolor punzante, agudo, que se autoinflige uno mismo para demostrarse que está vivo. En el colegio se había hecho famoso porque no pestañeaba cuando se trataba de pincharse la yema del pulgar para sacar una gota de sangre, al objeto de observarla en el microscopio. Probablemente, la sangre de Sadorf Lansker había sido la más analizada al microscopio de toda la historia del elitista colegio de Mankerstein ob der Lingen.

Su entrepierna empezó a abultarse, imparable, juguetona, como no lo había desde varios años atrás. Estaba, sin duda, ante la manifestación más nítida de lo que algunos analistas denominaban “la erótica del poder”. En su caso, ese erotismo se estaba manifestando realmente, imparable, fogoso, ardiente y brutal. Llegó a temer por un momento que pudiera llegar a manchar los pantalones. Jamás, ni ante la mujer más hermosa del mundo, había tenido su cuerpo una reacción similar a la que estaba sufriendo en aquel momento. Se mordió los labios con fuerza, para contenerse, hasta sentir otro profundo dolor. Consiguió así, al menos, que su entrepierna dejara de ponerle nervioso.

Ladeó la cabeza, con un gesto de euforia mal contenida dibujado en el rostro. Allí estaba su fiel Maring, con el uniforme de gala, plagado de antiguas medallas, conteniendo a duras penas su grasienta naturaleza. Parecía que iba a reventar, el cerdo de Maring, y que sus medallas, al salir propulsadas por la explosión, iban a impactar contra sus compañeros de tribuna. Miró a su derecha y observó de reojo a Hiding, tan delgado, tan diferente a Maring, con su uniforme negro repleto de cartucheras y adornos de cuero perfectamente brillante, perfectamente negro. A Lansker siempre le costaba un triunfo que su ayuda de cámara mantuviera sus correajes negros más brillantes que los de Hiding, pero en esta ocasión lo había conseguido. Hiding le miraba a punto de reventar de envidia. El brillo de los correajes de Lansker, sus botas, su cinturón, y la visera de su gorra de plato, estaban tan brillantes este día, que si hubiera hecho sol, el brillo reflejado habría provocado la ceguera inmediata de los asistentes. Detrás de Maring y Hiding, todos los demás. Los de siempre. Los dueños de las empresas más potentes de Potosia, contemplando felices el triunfo absoluto de Lansker.

Todo era perfecto aquel día. La música, estridente y perfectamente coordinada, marcaba el paso marcial de los cincuenta mil soldados que iban llenando, desde primera hora de la mañana, el inmenso espacio de la Plaza de Noviembre. Desfilaban como un solo hombre, marcando el paso con la precisión absoluta que habían conseguido después de varios meses de entrenamiento. Al pasar por delante de la escalinata de trescientos peldaños sobre la que se habían situado Lansker y su séquito, miraban hacia la derecha y saludaban llevándose la mano a la frente con un chasquido, con un latigazo más bien, de su brazo derecho. Todo se estaba desarrollando a la perfección. Lansker estaba contento, muy contento, eufórico, excesivamente eufórico. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para calmarse, cuando el último soldado ocupó su puesto en la Plaza de Noviembre. Para distraerse, observó las colosales columnas de hormigón que el famoso arquitecto Calatravich había diseñado para cerrar por su lado norte la famosa Plaza, rematadas por un águila bicéfala de bronce de cincuenta y siete metros de altura. Las gigantescas banderas de trescientos metros cuadrados que se repartían por los otros tres lados del recinto, ondeaban con una marcialidad comparable a la que habían desarrollado los soldados para colocarse.

Un solemne silencio se apoderó repentinamente de aquel lugar. Los altavoces de tres mil watios desperdigados por todas enmudecieron de repente. Había llegado el momento de la verdad. Todos esperaban entusiasmados las palabras de su líder, de su padre, de su Dios. Lansker saboreó sus propias palabras antes de pronunciarlas. Escuchó su propia voz, ampliada por la desmesurada potencia de los altavoces, y se sintió otra vez abrumado por el peso de la púrpura.

- Somos una gran nación. Nacimos casi sin equipaje, a raíz de la miseria que se propagó por el universo a partir de la crisis del 2008, pero nuestro esfuerzo, nuestro tesón, y nuestra poderosa industria, nos han llevado a convertirnos en una nación de referencia en el mundo. Necesitamos crecer, desarrollarnos, limpiar nuestra tierra de todo aquel que no pertenezca a la pura raza laria. Dios nos ha encomendado una gloriosa tarea: la de enseñarle al mundo el camino de la verdad, de la pureza de espíritu, del valor del trabajo y la dedicación personal a una causa justa. Estamos comprometidos con Dios en esta tarea, y tenemos que cumplirla aunque para ello tengamos que entregar nuestra propia vida. ¡! Jair Lansker ¡!.

Las cincuenta mil gargantas profirieron un solo ¡! Jair ¡!, con tanta pasión y fuerza, que retemblaron los cimientos de la tribuna sobre la que se mantenían Lansker y su gobierno. Lansker pasó la lengua por sus labios, sintiendo de nuevo el sabor de la victoria absoluta. Después siguió hablando.

- Ser lario es un privilegio. Un regalo directo de Dios. La capacidad reproductora de nuestras mujeres se ha convertido en paradigma natal del mundo civilizado. Es preciso que le demostremos al mundo que nuestra tierra se ha quedado pequeña para tanto lario. Potosia debe crecer en proporción a su índice de natalidad. Nuestras fronteras limitan ridículamente el terreno sobre el que movernos, y la culpa de eso la tienen los gobiernos que nos rodean, títeres inmundos de la cobardía impuesta por los dirigentes de la revolución del 2020. Esos gobiernos no se dan cuenta de que necesitamos crecer, de que nuestro espacio vital es exiguo, de que nuestra legitimidad expansionista nos da derecho a ampliar nuestro territorio de una manera inmediata, si no queremos morir por amontonamiento de unos sobre otros. Tenemos dos metas, impuestas por Dios. Una, la de crecer. Otra, la de eliminar cualquier elemento interior a nuestras fronteras que impida el normal crecimiento de nuestra sagrada raza laria. ¡! Jair Lansker ¡!.

El segundo ¡!Jair!! proferido por los cincuenta mil resonó en el cielo con más fuerza si cabe que el anterior. Lansker estaba a punto de sufrir un colapso de placer. Todo un país rendido a su pies. Algo que no hubiera sido capaz de imaginar apenas cuatro años antes, cuando se metió en política aconsejado por el profesor de ética política de la Universidad de Mankisten que le había acogido bajo su ala como a un polluelo desvalido. Un profesor del que tuvo que desprenderse Lanski cuando empezó a adoptar actitudes que chocaban frontalmente con la filosofía de las enseñanzas del otro. Lansker recordó la partida de su amado profesor, desde la estación central de Nuborg hacia un destino desconocido. Después siguió hablando.

- Nuestro desarrollo como nación nos exige ampliar nuestras fronteras. Para ello, no nos queda más remedio que invadir Fanosia, nuestro país vecino. Las tropas serán movilizadas mañana mismo para llevar a cabo tan gloriosa misión.

- ¿Cómo dice usté?.

La voz surgió de la primera fila del ejército que formaba frente a la tribuna. Rompiendo la formación, un soldado de color se adelantó unos metros, con el fusil al hombro, pero sin marcar el paso. A Lansker le costó distinguirle a causa de la distancia que le separaba de el. El soldado siguió hablando mientras señalaba la tribuna con la mano izquierda.

- ¿Qué vamos a invadir Fanosia?. Anda ya. Que te den por culo. Yo no voy.

Lansker no podía asimilar lo que estaba escuchando. Su boca se quedó abierta, con el labio inferior medio colgando. Se rehízo rapidamente, mientras el soldado arrojaba al suelo el mosquetón y volvía de nuevo a su lugar en el pelotón correspondiente.

- Fusilen inmediatamente a ese hombre. La primera fila, colóquenlo delante de la tribuna, y fusílenlo.

De la primera fila surgieron, como un solo hombre, siete hombres dirigidos por uno de ellos, que tenía un par de galones más que los otros. Agarraron del brazo al hombre de color, y le colocaron frente a la tribuna. El hombre de color se reía. No trató de huir. Se mantenía de pie, con las manos en los bolsillos, mirando alternativamente a los hombres que le iban a fusilar, y a la tribuna. Lansker se erigió por iniciativa propia en director del pelotón de ejecución.

- Preparados...Aaaaaapunten... ¡!!Fuego!!!.

Los siete soldados, incluido el de los galones de más, miraron hacia la tribuna empezaron a descojonarse de risa. Uno de ellos, un ecuatoriano, se adelantó un poco y se dirigió hacia el consternado Lansker.

- Pero vamos a ver, hermano. ¿De verdad te estás pensando que nos vamos a cargar al “Pachá”?. No me jodas, hermano. ¿No sabes que no hay otro que baile Hip Hop como el?. Sería un crimen, hermano, te lo digo de veras.

El de los tres galones se adelantó también a la tribuna, y señaló poniendo los dedos de forma rara.

- ¿Qué coño es eso de la pura raza laria, hermano?. Aquí somos todos de Ecuador, de Marruecos, de Venezuela, de Brasil, de la India, de Camerún, de Perú, de Tailandia, de Camboya y de China, pero lario... Yo no conozco a ningún lario, amigo. Al menos en mi destacamento.

Lansker estaba empezando a ponerse verde. Miraba a uno y otro lado, y nadie parecía poder darle una explicación a lo que estaba ocurriendo. El de los galones siguió hablando.

- ¿Y qué querías decir con eso de que hay que eliminar a cualquier elemento interior a nuestras fronteras que impida el crecimiento normal de nuestra pura raza laria?. Hay, amigo, eso me huele muy malito.

Lansker alzó los brazos y vociferó como nunca lo había hecho. Sus ojos brillaban a causa del odio que le estaba embargando.

- ¿Es que no hay ningún lario en mi ejército?.

De un destacamento situado a la derecha surgió un hombre pequeño, de tez morena, con bigote. Se situó rápidamente en el centro.

- Yo soy lario, su eminencia. Y todo mi destacamento, también. ¡!!Jair Lansker!!!.

Lansker respiró tranquilo.

- Menos mal. Por favor, haz que tus hombres rodeen a esta muestra de la escoria de la raza humana, y que los fusilen de inmediato. A ver si acabamos de una vez con esta tontería, que se está haciendo tarde.

- Es que...Veréis, majestad... No va a ser tan fácil. Lo de desfilar así, con el paso de la oca y los mosquetones al hombro, pues está bien, es muy bonito y agradable, y además, el que más y el que menos, pues hace un poco de ejercicio, que siempre viene bien. Pero de ahí a fusilar a nuestros compañeros... Eso es muy fuerte, eminencia, tiene usted que comprenderlo. Como lo de invadir Fanosia. Eso es una salvajada. La mayoría de los habitantes de Potosia pasamos los fines de semana a Fanosia a comprar tabaco, licores y chocolate, o a ligar con sus mujeres, que son más altas que las nuestras, aunque no tan fértiles. ¿Cómo vamos a invadirles ahora?. ¿Con qué cara?. Imagínese la escena. “Hola, Virgil. No, no me des la botellita de Calvados de todas las semanas. Es que vengo a invadirte”. Un poco surrealista, ¿no le parece, don sultán?. Además, lo de la pura raza laria... Vamos a ver. Yo estoy casado con una pakistaní, y mi hermano con una francesa. Va a resultar un poco difícil conseguir eso de la pureza, a menos que nos elimine a todos y empecemos otra vez. Mejor lo dejamos, si le parece.

- Sí –dijo el hombre de color que había empezado con esto-. Mejor lo dejamos. Yo ya me he cansado de jugar a soldaditos. Me piro. En la feria que hay al otro lado de la ciudad han puesto una pista de baile con luces de colores. Yo me piro, chicos.

Poco a poco, sin ninguna marcialidad, los cincuenta mil soldados fueron abandonando la plaza, entre murmullos de desaprobación, silbidos, cantinelas y chascarrillos. Los cincuenta mil mosquetones alfombraron el asfalto con un silencio desgarrador. Lansker se volvió a sus colaboradores, Hiding y Maring, con una infinita tristeza reflejada en el rostro.

- ¿Y ahora que hacemos?. Me habéis engañado miserablemente, como a un chino. Me dijisteis que me iba a resultar muy fácil, con mi sagrado carisma, hacerme con las riendas de una nación como la nuestra.

Maring se encogió de hombros.

- Las condiciones eran las ideales, gran Lansker. Mediocridad económica, paro, y alguien a quien echarle la culpa de nuestras desgracias. Ese ha sido siempre el caldo de cultivo perfecto para manejar a las masas. La verdad es que no lo entiendo.

Hiding habló con su voz profunda de guardián carcelario.

- Ya no existen las masas. Si quieres dominarlos, ofréceles un concurso de baile, y dominarás a una parte. Ofréceles fútbol, y dominarás a otra, pero no podrás dominar a todos los grupos al mismo tiempo. No será porque no os lo dije. Venga, vámonos para casa, que empieza a hacer frío, y mañana tenemos que volver a currar.

Lansker, Hiding, Maring, y todos los demás, comenzaron a bajar los trescientos peldaños de la escalinata. Lo hacían en silencio, con la cabeza gacha, ensimismados en sus pensamientos, y rumiando desconsolados la rutina que creían haber dejado atrás. Para colmo, y como una burla del destino, empezó a llover.

sábado 21 de junio de 2008

Que bonito es el amor...


Fabiola miró por la ventanilla situada a su izquierda. La gente seguía entrando en el avión, cada vez más lentamente. Miró su Raymond Weil de la serie cuarzo. Apenas faltaban quince minutos para el despegue del aparato. Quince minutos para dejar atrás todo su mundo. Quince minutos para que su vida diera un vuelco de ciento ochenta grados. Miró otra vez por la ventanilla.

Y entonces le vio.

Si. Estaba segura. Era Estéfano, sin duda. Alto, moreno, repeinado, le vio a través de las ventanas de la sala de espera que comunicaba con el pasillo de embarque al avión. No podía creerlo. ¡Había venido!. Después de dos semanas de crisis, de apenas verse, de haberse tirado los trastos a la cabeza, Estéfano estaba allí, corriendo en la sala de espera, con un ramo de flores en la mano. Fabiola se levantó del asiento como impulsada por un resorte. Los otros pasajeros de business class se asustaron ligeramente al ver a aquella chica lanzarse de nuevo a la puerta de salida.

- Tengo que salir del avión.

La azafata se dirigió a ella con la mejor de sus sonrisas.

- Señorita, ya no se puede salir del avión. Vamos a despegar. Señorita, por favor...

Fabiola, sin intención, tuvo que darle un empellón a la azafata, para poder salir entre ella y una señora gruesa con camisa hawaiana que entraba en aquel momento. Fabiola no escuchó los gritos que dejaba a su espalda. Su corazón, que latía desbocado, no le permitía escuchar nada. Estéfano había venido a buscarla, y eso era lo único que le importaba en la vida.

- ¡!! Fabiola ¡!!

El desesperado y desgarrador grito de Estéfano le puso alas en los pies. Corrió por el pasillo de embarque, ante la sorpresa de los últimos pasajeros que subían al avión, que tenían que apartarse para dejar paso a aquel huracán femenino que corría desesperadamente hacia el amor de su vida.

Allí estaba. Fabiola saltó ágilmente la barrera que habían colocado para cerrar el pasillo de embarque. Estéfano, con sonrisa radiante, visiblemente alterado a causa de la carrera, la recibió con los brazos abiertos.

- ¡!! Fabiola ¡!!. Te quiero, Fabiola.
- Estéfano. Estéfano...
- Por favor, no te vayas. No puedo vivir sin ti, Fabiola.
- Pues claro que no, Estéfano, pues claro que no me voy. Yo también te quiero, Estéfano, amor mío

Fabiola y Estéfano se fundieron en un interminable abrazo. Estéfano la cogió entre sus fuertes y bronceados brazos, y giraron, giraron mientras sus labios se fundían en un beso de amor eterno.
Un beso que se interrumpió cuando se escucharon, fuertes y claras, las palmadas que estaba dando el comandante del avión. Unas palmadas sonoras, secas, lentas. Estéfano y Fabiola miraron extrañados sin dejar de abrazarse.

- Bravo, bravo –dijo el comandante. A su lado estaban el copiloto, con los brazos cruzados, y dos azafatas. Una de ellas se frotaba el hombro derecho-. Estoy radiante de felicidad. Que bonito es el amor.

- Ha sido ella, comandante –la azafata que se frotaba el hombro señalaba a Fabiola con la mano-. Al salir me ha dado un empujón, me he ido hacia atrás y me he golpeado el hombro con el extintor.

- Muy bonito, muy bonito –dijo el comandante-. Y ahora, después de este espectáculo, ¿qué vamos a hacer, señorita?.

Fabiola dejó de abrazar a Estéfano. Este se alejó ligeramente, con el ramo todavía en la mano. Cuando se dio cuenta, se adelantó y se lo entregó a Fabiola, que lo recibió con una sonrisa. Una sonrisa que se borró al instante de su cara cuando empezó a responder al comandante.
- ¿Cómo que qué vamos a hacer?. No le entiendo.
- Pues eso, que qué vamos a hacer, que qué va a pasar. Que si sale el avión o no sale, vaya.
- Bueno, yo me quedo, y el avión sale, supongo...
- Pues supone usted mal. Vamos a ver como está la situación. Por favor, sobrecargo, dígame qué ha facturado esta señorita.
El sobrecargo miró la lista que llevaba en la mano.

- Tres trolleys grandes y un baul de cuero.

El comandante hizo un gesto de fastidio.

- Vaya por Dios. La señorita...-miró la lista que le enseñó el sobrecargo- Fabiola de la Peña viaja con cuatro bultos. No podía llevar solo el equipaje de mano, no. Es de las que salen con toda la casa a cuestas.

Fabiola cogió de la mano a Estéfano.

- Estéfano, cariño, vámonos. No entiendo nada.

El comandante avanzó un par de pasos, hasta ponerse a la altura de la pareja. Por la puerta del pasillo apareció la cabeza de una señora con gafas de montura de carey.

- ¿Pasa algo, comandante?. Ya llevamos unos cuantos minutos de retraso.

El comandante se volvió irritado hacia la pasajera.

- Usted vuelva a su asiento, señora, por favor. Nadie le ha dado vela en este entierro.
La mujer desapareció para volver al avión.

- Mira, Fabiola –el comandante hablaba en voz baja, conciliador-. La situación es la siguiente: tú te quedas, pero tienes cuatro bultos bastante grandes en el avión, y hay que sacarlos, y eso nos va a retrasar más de lo deseado. Hay pasajeros en ese vuelo que tienen que tomar otros aviones en su destino, que viajan con hora, ¿entiendes, Fabiola?.

A Fabiola se le iluminó el rostro.

- Pero eso tiene una solución muy sencilla. ¡!!Quédense con mis maletas!!!: No me importa en absoluto. Tengo a Estéfano, y con eso me basta.

La pareja volvió a fundirse en un abrazo.

- Te quiero, Fabiola –dijo Estéfano a punto de estallar de alegría-.
- Ya, ya -dijo el comandante colocando tímidamente una mano en el hombro de Fabiola. La pareja volvió a separarse-, pero es que resulta que no es tan sencillo. No podemos permitir que nadie que haya facturado se quede en tierra. Compréndalo, amiga. Sería muy sencillo que cualquier terrorista hiciera eso para volar un avión. Las nuevas normativas aéreas no nos permiten hacer eso.

En esta ocasión fue Estéfano el que se encendió. Su rostro se enrojeció, lo que unido a su tratamiento de rayos UVA, le proporcionaba un aspecto bastante raro, como si su cara se hubiera puesto en technicolor.

- ¿Está usted insinuando que Fabiola podría ser una terrorista?. Mire, no le consiento...
- Que me consienta usted o no me la trae bastante floja –dijo el comandante sin levantar la voz-. Les estoy contando las cosas como son.

En aquel momento se presentó en la escena un hombre gordo, medio calvo, con la camisa sudada y con visibles manchas de grasa fuera del pantalón. Al llegar a la altura de la pareja preguntó.

- ¿Qué ha pasado?.

Estéfano se volvió sonriendo y abrazó a Fabiola.

- Me quiere.
- ¿Quién es este hombre? –preguntó Fabiola-.
- El taxista que me ha traído hasta aquí. Ha tardado quince minutos desde Serrano hasta el aeropuerto. Un figura.

Fabiola sonrió.
- Encantada. Pues si, le quiero.
- Pues entonces –dijo el taxista-, todo arreglado. Qué bonito es el amor. ¿Les llevo a algún sitio?.
- Usted –intervino airado el comandante- váyase a cuidar su huerto (1), y déjese de historias.

El taxista miró a Estéfano.
- ¿Pero qué dice este tío?.

Estéfano se encogió de hombros.

- No es tan fácil. Fabiola tiene sus maletas en el avión, y hay que esperar a que las saquen.
- ¿Pero qué cojones les están contando?. ¿Es que son ustedes tontos?. Ustedes están enamorados, salen del aeropuerto y comienzan a vivir una vida feliz juntos, y fin de la historia.
- Usted vaya a cuidar su huerto –volvió a decir el comandante-.
- El huerto que lo cuide su puta madre –los ojos del taxista se convirtieron en dos brasas-. No te jode...Después de la carrera que me ha dado este tío, que venga, que corra, que corra, que no llegamos, que venga, que si Fabiola por aquí, que si Fabiola por allá...Por culpa de Fabiola es muy posible que me haya pegado un subidón de adrenalina de puta madre, y a ver quien que me compensa a mi si me pega un infarto, no te jode... Y resulta que na, que todo eso, pa na, que por un capricho del piloto, se va a joder una historia de amor como esta.
- Es que da la puñetera casualidad de que no es la primera vez.

La voz procedía del pasillo de embarque. Un hombre alto, joven pero con el pelo canoso, situado al lado de la mujer con gafas de montura de carey, se dirigía decidido hacia el grupo.

- Venga, Fabiola, diles la verdad a estos señores.

Fabiola enrojeció sin poderlo evitar.

- ¿Qué haces tu aquí?
- Pues lo mismo que pretendías hacer tu. Rehacer mi vida. Comandante, esta mujer ha parado ya, en lo que lleva de vida, tres aviones, siete trenes y un barco. Le encanta eso. Once hombres completamente enamorados, que han jurado amor eterno, han llegado a última hora para cogerla entre sus brazos. Eso, sin contar los efectos colaterales de esos once hombres y los respectivos taxis que tuvieron que jugarse la vida entre las calles para poder hacerles llegar a tiempo. Yo fui uno de esos hombres. Fuimos felices durante casi cuatro meses, pero la cosa se acabó. Supongo que porque ya no tenía sentido que siguiéramos paralizando medios de transporte. Lo siento, Fabiola, pero cada vez te va a resultar más complicado seguir jugando a esto. Las normas son cada vez más estrictas, las puertas de los trenes ya no se pueden abrir para saltar en el último momento, los andenes son cada vez más cortos, y no te dejan correr mientras gritas tu amor...Esta cuestión se está complicando. Cuando había que bajar a la pista para subir al avión, o cuando los aviones eran tan pequeños como el de “Casablanca”, el amor resultaba sencillo. A veces, hasta el comandante del avión oficiaba la boda, pero hoy en día es imposible. Lo siento, Fabiola.

Estéfano soltó la mano de Fabiola. Parecía entristecido.

- Fabiola, ¿es eso verdad?.
- Si, Estéfano, pero yo te quiero.
- Y yo a ti, Fabiola, pero podré sobreponerme. Anda, coge ese avión. Hoy serías feliz a mi lado, pero mañana te arrepentirías. Lo importante es que seas feliz durante toda tu vida.
- Gracias por comprenderme, Estéfano. Adiós.
- Adiós, Fabiola. Hasta la vista. Perdona. ¿Te importa devolverme el ramo?.
- A, no. Claro, perdona. Toma.

Estéfano se alejó con el taxista.

- ¿Quiere que le lleve a algún sitio?.
- Si. Al club de tenis Chamartín. Es posible que Purita Cepeda todavía no haya empezado sus clases y quiera tomar una copa conmigo.

El taxista sonrió.
- Qué bonito es el amor.

El comandante puso una mano amable en el hombro de Fabiola mientras enfilaban el pasillo de embarque.

- No se preocupe. Ya verá como todo se arregla.

Fabiola sonrió y le dirigió una tierna mirada al hombre del pelo blanco, que se había puesto a su lado.

- ¿Sigues con Amalia Tejedor?.
- No. Aquello se terminó. Amalia se enamoró de su profesor de Pilates.
- A, vaya. Que interesante.

Cerrando el grupo caminaba el copiloto con la azafata del hombro dolorido, que no podía contener unos gruesos lagrimones.

- ¿Porqué lloras? –preguntó el copiloto-.
- No puedo soportar las historias de amor con final feliz.

(1) Verídico. Los taxistas de la T4 del aeropuerto de Barajas cuidan un pequeño huerto para amenizar la espera.

sábado 7 de junio de 2008

El sabio y los califas


Ciertamente, su aspecto era el de un intelectual.

Cara curtida, gafas con montura de diseño, una mirada siempre escrutadora, atenta, felina... Así es como se ve a sí mismo Norberto Cuesta.

No se detuvo hasta conseguir parecerse a aquel Tabucchi, ya maduro, que apareció una vez en un soberbio documental sobre Lisboa, junto a otro grande, Cardoso Pires, ya fallecido, el pobre. No se detuvo, decía, hasta que logró que el tiempo y la voluntad tallaran sobre su rostro, una por una, las arrugas que lucía el insigne escritor en aquel documental, protagonizado por una prácticamente ya olvidada cantante de fados, Misia, y por un en aquel momento desconocido Gonzalo de Castro, gran actuación la suya, ejerciendo el papel de camarero enamorado a punto de suicidarse. Más tarde le llegarían a Gonzalo la fama y los laureles, como protagonista de la serie de televisión “Siete vidas”.

Ni la fama, ni los laureles. Donato, argentino ilustre, gran intelectual también, y gran amigo de Norberto, lo decía a cada momento, atribuyéndole la frase no sabía muy bien si a Perón, a Borges o a ninguno de los dos: “los laureles son para el ravioli, amigo”. Tanto Norberto como Donato despreciaban la fama, el dinero, la frivolidad y el poder, a partes iguales, y por ese orden o por cualquier otro. Los dos eran capaces de pasarse noches enteras, con un vaso de Grappa en la mano (Donato tenía la doble nacionalidad argentino-italiana, y grandes amigos en Milan que le enviaban cajones de grappa casera, más fuerte que el aguardiente gallego), divagando sobre lo divino, sobre lo humano, y sobre las mujeres que conseguían levantarse, enamoradas a gran velocidad del porte caballeroso, intelectual y maduro de los dos amigos, y desenamoradas a una velocidad si cabe mayor ante la escandalosa falta de dinero y de orden hogareño de la pareja.

No es que Norberto y Donato vivieran con estrecheces, no. Lo que ocurría más bien es que su absoluta falta de ambición había conseguido enquistarles en un puesto mediocre de una empresa mediocre, y a base de mediocridades, su cuenta bancaria se resentía un mes si y otro también, pasando del amarillo al rojo sin un aviso de cortesía. Alguna vez habían valorado la posibilidad de irse a vivir juntos, pero la pereza que les acometía ante el hecho de tener que desplazarse, el uno o el otro, cargado con los miles de libros que poseía cada uno, daba al traste con cualquier elucubración en ese sentido. No. Cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Cuando ligaban en el Ateneo o en la casa regional correspondiente después de una conferencia (que es donde ligan los intelectuales a mujeres a las que la edad, por haberles quitado la capacidad de procrear, les ha compensado con el pleno disfrute de una sexualidad experta y sin complejos), iban a casa de uno o de otro indistintamente, en función de la conferencia o la exposición a la que hubieran asistido y del libro que se hubieran comprometido a enseñar. Ya se sabe que en estos asuntos, a las mujeres les gusta ir en pareja, casi tanto o más que cuando visitan el baño, y el sex apeal de Norberto era muy similar en su decadencia al de Donato, lo que acababa de raíz con el problema de envidias y rivalidades que suele despertar en cualquier especie la lucha por la hembra. Una simple mirada, una señal de ojos, bastaba para que los dos amigos hicieran el reparto, que casi siempre solía coincidir con el que habían pensado por su cuenta las mujeres.

Una falta de ambición que le había empujado a Norberto a comprarse, por cuatro euros, el más barato de la marca más barata de los coches coreanos existentes en el mercado. Un coche que debía fabricarse no ya en un barco, como es fama de ese tipo de coches, sino en la más miserable herrería de pueblo de toda Corea. Ya le había dado varios disgustos a Norberto su adquisición. Al final, le estaba resultando más caro, avería tras avería, que si se hubiera comprado un coche más decente, con la desventaja, añadida, de que solamente existían cuatro concesionarios en toda la península, y los talleres concertados de otras marcas ya estaban empezando a hartarse de la no ya baja, sino existente calidad de los vehículos asiáticos.

Cuatro concesionarios, si, y el más cercano al lugar en donde le había dejado tirado el coche, después de soltar un extraño humo verde por la zona delantera, aquella tarde nefasta, probablemente a más de mil kilómetros.

El dueño del taller que le atendió le mostró todo su repertorio de gestos de incertidumbre, desde frotarse los ojos con los dedos llenos de aceite de motor hasta cruzarse de brazos meciéndose la barbilla con la mano.

- Para mi que va a ser circuito electrónico, que se ha quemado.
- ¿Y no puedo circular sin circuito electrónico?. Para andar se necesita el motor, la gasolina y las ruedas. Los coches antes no tenían circuito electrónico y circulaban sin ningún problema.
- Antes era antes. Es como los ordenadores. Con el Amstrad que me compré en los ochenta iban los programas más rápidos que con el Vista ese de los cojones. Un pasito para adelante y dos pasitos para atrás. Estamos en la era Yenca.

A Norberto le sorprendió la agudeza del mecánico, al que le había supuesto nada más verlo esa cortedad mental que se les supone a los hombres del campo. A pesar de ser un intelectual, Norberto también tenía su puntito de prejuicios. Una cosa no quita la otra.

- ¿Y que puedo hacer?. Tengo que estar mañana en Logroño para una conferencia.
- El coche no se puede quedar aquí. Hay que llevarlo a una ciudad grande. Si quiere, le llevo esta tarde con la grúa a Logroño, y allí da usted su conferencia y arregla el coche.
- Perfecto. ¿Dónde puedo comer algo?.
- En este pueblo solo hay un bar. Está a la entrada. Tenga cuidado: no se siente en el centro. Esta tarde entenderá porqué le digo esto. Tampoco puedo darle más explicaciones, porque está prohibido por la comisión de festejos. Deje aquí el coche, y a las cinco nos vamos para Logroño. La grúa ahora está haciendo un servicio.

Norberto encaminó sus pasos al bar del pueblo, un feo edificio de ladrillo visto, revoco, mucho aluminio y mucho cristal, que desentonaba a todas luces con el aspecto rural de las casonas que le rodeaban. “Símbolo inequívoco de la riqueza y el poder sobre los concejales de algún lugareño”, pensó Norberto. Mientras entraba, ya albergaba la idea de hacer caso omiso de las palabras del dueño del taller. Jamás le había gustado sentarse en una esquina, en un rincón o pegado a la pared. Donato decía no comprender ese aire de exhibicionismo social, porque Donato era bastante más tímido. A veces decía que a Norberto le hubiera gustado ser como el personaje principal de “La tertulia del Pombo”, el famoso cuadro de Solana. A Norberto le hubiera gustado, como a Ramón Gómez de la Serna. Soltarle cada día la homilía a sus fieles seguidores.

Se sentó pues Norberto en todo el centro de la sala, a una mesa cuadrada con un mantel blanco inmaculado, frente a una pared estucada y con aparatosas molduras de escayola que proclamaban el nefasto gusto del dueño de todo aquello, por si a alguien le había quedado alguna duda al contemplar la fachada. Frente a sí le observaban cuidadosamente, como suelen hacer las personas de todos los pueblos de España con todos los forasteros sin cortarse un poco pelo, tres hombres de mediana edad, gruesos, con cara de becerro y las gafas de sol colocadas en lo alto de la cabeza. Norberto comprendió enseguida que se trataba de cuatro hombres de negocios locales, probablemente cuatro constructores de locales tan horteras como ese. No es que la agudeza de Norberto se saliera de lo normal, sino que al lado de uno de ellos descansaba sobre la mesa un catálogo de hormigoneras.

- Buenas tardes. Que aproveche –le dijo uno de ellos cuando el camarero colocó delante de Norberto un cuenco con pan tostado untado de ajo. Norberto se había abalanzado sobre uno de los trozos con visible ansiedad. Es muy mala la costumbre de salir de viaje sin desayunar nada-. Parece que hay hambre.

Norberto observó tanto a su interlocutor como a sus compañeros, casi clones, mientras devoraba el pan con ajo, que estaba buenísimo, todo hay que decirlo. Le extrañó el hecho de que estuvieran los cuatro sentados de espaldas a la pared, como las muchachas que esperan en el baile a que alguien las saque a bailar. Le extrañó también su envaramiento, que al parecer les empujaba a mantener la espalda pegada al muro, y a no despegarla ni siquiera cuando se metían entre pecho y espalda una cucharada del platazo de judías con chorizo que tenía delante cada uno de ellos. Pero lo que más le extrañó a Norberto fue el exagerado estrabismo que mostraban los cuatro, como si de una enfermedad endémica se tratara. Cada uno de ellos mantenía un ojo mirando al norte y el otro al sur, y provocaban en Norberto ese extraño nerviosismo que te obliga a colocarte en el lugar que crees apropiado cuando te encuentras con alguien de fuerte estrabismo.

- Pues si, si que hay hambre –contestó Norberto sonriendo-.
- ¿A Logroño? –le preguntó otro, con ese laconismo también característico-.
- Si. A una conferencia.
- ¿Y como le ha dado por detenerse en este villorrio?- le preguntó el tercero. Aquello estaba empezando a parecerle a Norberto el tribunal de las aguas-.
- El coche, que me ha dejado tirado.
- ¿Qué coche tiene?.
- Un Tanewoo.
El primero de la izquierda levantó el brazo con gesto despectivo mientras sacaba el cucharón de su boca.

- Ese coche es una mierda, hombre de Dios. Para comprarse eso, no se compre usted nada. Para ir por carretera, hay que ir seguro. De Mercedes para arriba.

- Bueno, ¿cómo le diría yo –contestó Norberto. Su sonrisa estaba empezando a entumecerse en su boca-. Es que para mi el coche no es algo que tenga la más mínima importancia.

- Eso se nota. Tan poca importancia tiene, que le ha dejado tirado.

Los otros tres becerros celebraron con oportunas risotadas la ocurrencia del tercero empezando por la izquierda. Norberto comprendió que estaba a punto de sufrir en sus carnes otra de las características que, según el, mantenían desde tiempos ancestrales los que vivían en el campo: su temprana pérdida de respeto hacia los interlocutores, por muy recién llegados que estos fueran.

- Si, la verdad es que no he tenido suerte.
- Bueno, no pasa nada. Un par de horas más, y el Fulgencio le lleva a Logroño. Allí, seguro que encuentra un cuadro electrónico para el Tanewoo ese que se ha comprado.

Tercer axioma de fe. Norberto no pudo hacer otra cosa que sentir auténtica admiración hacia el sistema de comunicaciones de aquel lugar, fuese cual fuese. La noticia de su aventura, con pelos y señales, les había llegado a aquellos cuatro hombres antes de que el entrara en el bar.

- Y así –dijo el segundo guiñándoles el ojo a los otros tres-, a lo mejor le da tiempo a jugar un turno de “puta cuchilla”.
- ¿”Puta cuchilla”? –dijo Norberto cada vez más relajado. Había caído en la cuenta de que era Fulgencio el que iba a conducir por la tarde, y para celebrarlo se había bebido ya tres vasos de vino tinto de buena calidad-. ¿Qué es eso?.
- Ya lo verá, ya. Oiga, usted que tiene cara de saber bastantes cosas, ¿sabe que tres huertas famosas hay en España?.
- Pues no, no caigo en estos momentos.
- La huerta murciana, la huerta valenciana y la “huerta” ciclista a España.

Esta vez, hasta el camarero soltó la risotada mientras colocaba delante de Norberto un plato de sopas de ajo con el correspondiente pulgar metido dentro. El vino estaba empezando a hacer estragos en el ánimo de nuestro amigo. Una densa nubecilla de placer se empezaba a adueñar de sus sentidos.

- ¿Y saben ustedes lo que dijo Chateaubriand?.

Los cuatro se pusieron serios y se miraron unos a otros, si es que se podía llamar mirar a aquel errático movimiento de ojos. El tercero se encogió de hombros.

- ¿Y quien es ese “Chato”?. No le conocemos. ¿Algún concursante de Gran Hermano?.
- Si, pero cuando el gran hermano se llamaba Robespierre –Norberto se rió de su propia ocurrencia como solo un intelectual de casta suele hacerlo, es decir, en solitario-. Bueno, pues dijo: “Talleyrand no era más que una mierda envuelta en medias de seda. Ja, ja, ja. Una mierda envuelta en medias de seda.

El tercer hombre le hizo una seña al camarero. Cuando se acercó, le sugirió que no le diera más vino al forastero. En aquel momento, se escuchó un desaforado grito procedente de la cocina.

- ¡!! Puta cuchilla ¡!!.

Norberto se encontró de repente mirando al techo, decorado con estrafalarios frescos, muy saturados de color, que intentaban reflejar querubines. Su vista discurría de forma circular, mirando ahora a la pared situada a la espalda. No entendía esa capacidad de visión, hasta que pudo ver, bajo el, y mientras seguía subiendo, su propio cuerpo sentado en la silla, con los brazos extendidos, los cubiertos en la mano, y un gran chorro de sangre, que surgía del lugar que había dejado de ocupar la cabeza.

Y fue en ese momento cuando Norberto comprendió, mientras observaba a los cuatro hombres agachados y pegados a la pared, lo que significaba “puta cuchilla”, lo que significaba el exagerado estrabismo de aquellos hombres, que tenían que mirar por fuerza hacia todos los ángulos por los que podía surgir esa “puta cuchilla”, y lo que significaba el consejo del bueno de Fulgencio, que no debía de ser la primera vez que se lo daba a un forastero. Todo eso comprendió Norberto mientras su cabeza giraba, giraba y giraba, en lo que a el le parecía un lento movimiento, cada vez más lento y cada vez más gratificante, y siguió comprendiendo Norberto hasta que la sangre terminó de salir del todo de su cráneo y la oscuridad se enseñoreó de su conciencia.

Hasta el último momento había estado comprendiendo Norberto. Al fin y al cabo, era todo un intelectual.