sábado, 5 de enero de 2008

La primera cena


Visita: David, Susana y Jose María
Anfitriones: Luis, Pilar y Borja

Luis.- Valores. Lo que ocurre es que hoy en día no somos capaces de inculcar valores a nuestros hijos. Nos hemos vuelto cómodos. Si nuestro hijo hace una trastada, y nadie protesta, la mayoría de las veces por pereza o por una simple cuestión de educación, no pasa nada. Miramos a su madre, ella nos mira, y los dos callamos. Llámalo dejadez, cobardía... Llámalo como quieras. El niño, la próxima vez, hará una trastada más grande. Estamos hartos de verlo. En el cine, en un restaurante... Nadie protesta a pesar del ataque al sentido común que protagonizan muchas veces ciertas pequeñas bestezuelas sin cerebro.
David.- A nosotros no nos ocurre eso, por suerte. Hemos tratado de inculcar en Jose María el respeto a los demás, el respeto al campo personal del prójimo. Sabe que hay barreras que no puede franquear. No se le ocurre, por ejemplo, ponerse a jugar en un restaurante. Eso está prohibido, y lo sabe. Sin necesidad de castigo físico.
L.- ¿Y como lo habéis conseguido?.
D.- Simplemente, aprendiendo a decirle “no”. Eso es lo más importante para educar en valores a un niño. Saber decirle que no a tiempo. Y si se pone terco, algún que otro azote, pero pocos. Solamente hay que llegar al azote cuando el niño traspasa algún límite que sabe de sobra que no puede traspasar bajo ningún concepto. Es absurdo castigar a un niño por algo que haya hecho sin tener conciencia de que está mal.
L.- Resulta fácil decirlo, pero es muy cansado eso de estar siempre “no hagas eso” o “estate quieto”, sobre todo cuando tratar de enderezar a un hijo provoca automáticamente un conflicto de criterios entre la pareja de padres. Somos muy egoístas en ese sentido. Pilar y yo discutimos mucho a causa de eso. A cada uno nos han educado de una forma, y pensamos que la educación que hemos recibido es la acertada. No desperdiciamos ninguna oportunidad de machacar la hipotética mala educación que ha recibido nuestra pareja. Antes no ocurría eso. Cuando éramos niños nosotros, tanto la madre como el padre tenían perfectamente definidos sus roles en lo tocante a nuestra educación. Lo que decía la madre iba a misa, pero lo que decía el padre... Amigo, lo que decía el padre era el verbo.
D.- ¿El que?.
L.- El verbo. La verdad. Lo más sagrado.
D.- Por supuesto, por supuesto. Bueno, y estas mujeres... ¿Se puede saber por qué tardáis tanto?. Lleváis más de una hora en la cocina.

Susana sale de la cocina con los brazos cruzados y un cigarrillo encendido.

Susana.- Pilar, que se ha puesto imposible. Se ha empeñado en preparar un hojaldre relleno de morcilla con pasas y piñones y recubierto de cebolla caramelizada. No te puedes hacer una idea de la cena que ha preparado esta mujer, David.
Pilar.- Que exagerada eres, Susana. Si no he preparado nada. Unas tartaletas rellenas de ensalada Archena, pimientos asados, ventresca al horno con fondo de patatas panaderas y el hojaldre de morcilla recubierto con cebolla caramelizada. Nada del otro mundo.
S.- Y macarrones con patatas sonrisa para los chicos, y canapés de salmón con salsa holandesa... No digas que no, Pilar. Te has pasado cuatro pueblos.
L.- ¿Tu bebes vino, David?.
D.- normalmente no, pero si tu vas a beber, me apunto.
L.- ¿Qué prefieres?. ¿Rioja?. ¿Ribera del Duero?.
D.- Lo que tu prefieras. No soy muy entendido.

Luis se levanta, va a la cocina y vuelve con una botella.

L.- Si te parece, abrimos este Navarra que me regalaron el otro día. Me han asegurado que está buenísimo. No sé que personaje famoso, gran entendedor de vinos, ha dicho que no todo acaba en Rioja y Ribera del Duero.
D.- Por supuesto. El que tu quieras, Luis.
P.- Ya puedes ir a buscar a los chicos, Luis.

Luis sale del salón y enfila el pasillo hasta la habitación de Borja.

L.- Jose María, Borja... A cenar.

Aparecen los chicos, ambos de once años, y se sientan en el lugar asignado para ellos en la mesa de comedor. Pilar sale de la cocina y les pone a cada uno un plato de humeante pasta con carne. Borja y Jose María acometen los macarrones con verdadera voracidad, mientras Susana les coloca enfrente una fuente de patatas sonrisa. David, que está sentado al lado de su hijo, le acaricia el pelo sonriendo.

D.- ¿Qué tal te lo estás pasando?.
JM.- Genial. Borja tiene unos juegos de Play que son una gozada.
D.- ¿Si?. ¿A cual estáis jugando?.
JM.- Al de las Olimpiadas de Atenas. El tiro se me ha dado muy mal, pero he ganado a Borja en todas las carreras.
D.- Ya sabes que lo importante no es ganar, sino participar, y pasar además un buen rato.

Borja, que ya ha dado buena cuenta de los macarrones y luce alrededor de la boca un grueso anillo de maquillaje rojo, coge dos patatas sonrisa y habla mientras se las come.

B.- Y si además de participar ganas, de puta madre.

Pilar aparece, muy seria, en la puerta de la cocina.

P.- ¿Qué forma de hablar es esa, Borja?.

Borja la mira de reojo. Es consciente de que acaba de meter la pata.

B.- Se me ha escapado.
P.- Pues que no se te escape más, que no quiero tenerla contigo esta noche.

Luis aparece en el salón con la botella de vino abierta y le sirve a David en su copa.

L.- Pruébalo, a ver que te parece.

David bebe un sorbo.

D.- Muy bueno.

Luis se sirve un poco. Coge la copa, la levanta, la gira, la mira al trasluz con los ojos entornados. David le observa con una cierta fascinación.

L.- La verdad es que tiene un color espectacular. Rojo suave con destellos irisados -lo huele metiendo la nariz entera en la copa-. Aroma afrutado con un ligero toque a madera. Explosión de taninos.
D.- Sí. Eso si lo he notado yo. Le sobran taninos.

Luis le mira, serio. David sonríe.

L.- Anda ya. Te estás quedando conmigo.
D.- Te confieso, Luis, que no tengo ni puñetera idea de vinos. Lo mismo me sabe un Rioja que uno de Navarra.
L.- Yo terminé la semana pasada un cursillo de cata.
D.- Se nota. Dominas mucho esto de los vinos.

Pilar y Susana salen de la cocina y se sientan, cada una al lado de su marido. Pilar da la salida cogiendo un canapé de ensalada.

P.- Probad Los canapés de ensalada Archena. Están buenísimos.
S.- ¿Porqué los llamas así?. ¿Es que en Archena existe alguna ensalada típica?.
L.- No. La verdad es que se trata de una ensalada que probamos en el Balneario de Archena, y nos encantó. Pilar le cogió el puntillo rápidamente.
D.- Mmm... Está buenísima.
S.- David, por favor. Te he dicho mil veces que no hables con la boca llena.
L.- No te preocupes, mujer. Estamos en familia.

Los chicos terminan las patatas sonrisa, y con la boca llena salen corriendo al cuarto de Borja.

P.- Y estos dos... ¿Qué os parece?.
S.- Se han hecho amigos casi al instante.
L.- A Borja le viene muy bien una amistad como la de Jose María. La verdad es que ya estábamos empezando a preocuparnos. Siempre solo, en el colegio... Le cuesta un trabajo terrible hacer amigos.
D.- Jose María también es bastante tímido. A lo mejor han conectado precisamente por eso.
P.- Lo curioso es que tienen prácticamente los mismos gustos. Las cartas de Magic, los juegos de Play, los Warhammer...
L.- Eso no es representativo. Esos son los gustos del noventa y cinco por ciento de los chavales de su edad.
P.- Pero los chicos de su edad se pasan todo el día gruñendo, protestando... Tú lo sabes, Luis. Le pasa con Carlitos. Y estos, en cambio... Es que no se les oye. Es admirable.
S.- Son los dos muy prudentes. A mi me cuesta creer que mi hijo o el tuyo haga algún día una trastada gorda.
P.- Tienes razón. Yo le dejo muchas veces solo en casa y salgo sin ningún problema. No por mucho tiempo, por supuesto, pero se puede decir que me voy a comprar con total tranquilidad.
S.- Eso mismo hago yo con Jose María.
L.- De todas formas, has puesto un ejemplo que no vale. Carlitos no cuenta. Es un chico muy especial.
D.- ¿Qué le pasa?.
L.- Que está lleno de complejos. Su padre debe estar metido en alguna secta, o esa impresión nos da.
P.- Te da a ti, que siempre estás con lo mismo. Es verdad. Cuando quedamos con ellos, Luis no para de hacerle preguntas, a ver si le sonsaca algo. Yo lo paso fatal, porque se le nota a la legua que le está examinando. Toma, David, prueba un poco de morcilla.

David está encantado. Sonriendo, se sirve más de la mitad de la bandeja.

S.- Oye, que también tenemos que comer los demás...

David mira a su mujer con ojos cansados y devuelve una parte de lo que se había servido a la bandeja.

L.- El caso es que, el tal Carlitos, está obsesionado con ganar a cualquier cosa que juegue. Resulta cargante. Yo creo que le gusta jugar con Borja porque Borja no tiene para nada esa necesidad enfermiza de ganar.
P.- Eres un exagerado, Luis. Tampoco se trata de eso. No es una necesidad enfermiza de ganar. Es un niño competitivo, simplemente.
L.- No exagero nada, Pilar. Acuérdate que el otro día casi muere aplastado porque le apostó a Borja que el era más rápido bajando la puerta del garaje de su casa.
P.- Es que viven en un chalet en Las Rozas.
L.- Su padre cambió un pisazo de doscientos metros en una urbanización con piscina en Arturo Soria por un chalet en las Rozas que está casi pared con pared con un centro comercial. Y en una parcela ridícula. Apenas quinientos metros, si llega.
D.- La mentalidad de la vida en el chalet. Todo el mundo quiere vivir en un chalet, sin darse cuenta de que lo único que entraña esa forma de vida son dificultades. No valoran que cada vez que quieras ir a la habitación tienes que subir un tramo de escaleras, y que si se te rompe una teja no te queda más remedio que arreglártela tu mismo.
L.- Pero eso no es lo peor. Uno de los argumentos que más utilizan los que viven en chalets es que se tiene más intimidad que en un piso, y eso es mentira. En los chalets se acaba viviendo prácticamente en comunidad, invitando a la barbacoa del sábado a los que te caen bien y robándoles las bicicletas de los niños a los que te caen mal.
D.- Estoy de acuerdo contigo, sobre todo en lo de la pereza a la hora de arreglar algo. Lo de vivir en comunidad supongo que lo superaría, porque la pura realidad es que soy un poco insociable. Me cuesta conectar con la gente, aunque, cuando lo hago, me entrego totalmente, de verdad. Para mi, la amistad es un compromiso casi más grande que la familia. Me cuesta hacer amigo porque no soporto que me pierdan el respeto, y muchos amigos creen que, por el hecho de serlo, pueden invadir tu espacio personal cuando les apetezca y faltarte al respeto cuando les de la gana.

Luis se sirve otra copa de vino.

D.- Oye Luis, perdona la indiscreción, pero, ¿no estás bebiendo un poco deprisa?.

Luis enrojece ligeramente. Susana, ante la repentina insinuación de su marido, también.

L._ Estoy a gusto, y el vino me está sentando estupendamente, pero si, es posible que tenga que cortarme un poco. Me he bebido yo solo bastante más de media botella.
D.- Perdona el comentario, pero no me gustaría que te sintieras mal por haberte bebido el vino demasiado deprisa.
L.- Tienes razón. Y además te estoy dejando a ti sin el.

Los cuatro ríen y recuperan el tono cordial.

P.- Espero que, ahora que hemos cogido cierta confianza, vengais a visitarnos más a menudo. Esta primera cena tiene que repetirse.
S.- Eso dalo por hecho, Pilar. La próxima en mi casa, aunque te aseguro que mi nivel como cocinera deja mucho que desear. Has puesto el listón muy alto, pero bueno, ya se me ocurrirá algo para sorprenderos.
D.- Lo de Susana no es la cocina, desde luego. No se le ha dado nada bien, supongo que porque su madre tampoco es ninguna experta.
L.- En ese sentido, tengo que decir que mi suegra es casi tan buena cocinando como mi mujer. De casta le viene al galgo, desde luego...

Nada más decir eso, Luis se desploma repentinamente sobre su propio plato, escondiendo su rostro en una mezcla de pimientos asados, cebolla caramelizada y ventresca. Pilar enrojece rapidamente y se levanta sobresaltada. David y Susana dejan también los cubiertos.

P.- Ay, Dios mío...¿Qué te ha pasado Luis?. Luis, por favor, contéstame. Ay, Dios mío, Dios mío, que no se mueve.

David retira a Luis del plato, tratando de no mancharse las manos con los restos de comida.

P.- Ay, Ay, que está sangrando...
S.- Tranquila, Pilar, que son los pimientos. Posiblemente le haya sentado mal el vino. David, vamos a cogerlo y lo tumbamos un momento en el sofá, a ver si se recupera.

David le agarra de los hombros y Susana de la piernas, mientras Pilar se frota las manos visiblemente nerviosa, a punto de estallar. Lo tumban en el sofá. La mano de Luis cuelga inerte hasta tocar el suelo.

P.- Voy a llamar a una ambulancia. Esto no es normal. Nunca le había pasado. Creo que no respira.

David aproxima su oído al pecho de Luis y afirma con la cabeza.

D.- Sí, sí que respira. Espera un poco antes de llamar, Pilar. Creo que se está recuperando.

Pilar ha cogido el inalámbrico, pero no maraca. Las optimistas palabras de David parece que la han calmado un poco.

P.- ¿Tu crees que se va a recuperar de verdad, Da...

Ni siquiera termina el nombre. A Pilar se le quedan al instante los ojos en blanco, y se desploma sobre la alfombra con la misma contundencia que un saco de patatas. Ni siquiera ha soltado el inalámbrico. David se incorpora, la agarra de los hombros y la apoya en el sofá. Susana enciende un cigarrillo y se cruza de brazos.

D.- Menos mal. Pensaba que iba a llamar a la ambulancia. Nos habría metido en un buen lío.
S.- ¿Qué ha ocurrido?. Se supone que se iban a desmayar al mismo tiempo.
D.- No me extraña que Luis se haya adelantado. Se ha bebido casi toda la botella. Por eso le insinué que estaba bebiendo demasiado deprisa Seguro que eso acelera el proceso del desmayo. Bueno, venga, no tenemos mucho tiempo. Apenas media hora. Ocúpate de las joyas y busca el dinero. Creo que la caja está en el dormitorio.

David sale al pasillo y se asoma a la habitación de Borja.

D.- Muy bien, hijo. Recuéstale así, en el cojín. Bien pensado.
J.- Se me ocurrió la última vez, papá. Gustavo, al caer, se pegó un golpe muy grande con el castillo de playmobil, y me dio pena.

David desenchufa los televisores de plasma, el equipo de música y el home cinema. Después, amontona todo en la puerta y se dedica a abrir y cerrar cajones en busca de objetos de valor. Susana vuelve con un saco de plástico. Ambos se han colocado guantes, y se dedican ahora, minuciosamente, a borrar las huellas de los cubiertos que han utilizado.

D.- Esto no deja de ser una tontería. No estamos fichados.
S.- Ya lo estaremos algún día.
D.- ¿Qué quieres decir?.
S.- Que ya me estoy cansando un poco de todo esto. Cuando casi le estoy cogiendo cariño a una familia, venga, todo al traste. Otra vez a cambiar de ciudad, de colegio para Jose María... Esto no es bueno, David, y tu lo sabes.
D.- Si. La verdad es que tienes razón. Esta pareja era muy agradable, y su hijo, majísimo. No sé si merecerá la pena perder todo eso por un poco de pasta. Nunca viene mal, claro, pero no sé si compensa.
S.- Prométeme que esta es la última vez, David. Jose María tiene que asentarse, echar raíces. Al ritmo que va, y con lo tímido que es, le va a costar un trabajo tremendo hacerse amigos.
D.- Ya veremos, Susana, ya veremos.

Jose María aparece. En su mano enguantada en latex lleva un juego de Play.

J.- Papá, mamá, ¿me puedo llevar este?.

David lo coge, se pone las gafas contra la presbicia y mira las características.

D.- Es para mayores de dieciocho años, y muy violento. Lo siento hijo. Déjalo donde estaba. No quiero que te acostumbres a este tipo de juegos y puedas acabar convertido en un delincuente.

2 comentarios:

Edda dijo...

Qué bueno, sobretodo la última reflexión del David hacia su hijo, es para nota.

felixon dijo...

Una cosa es una cosa y otra muy diferente la educación de nuestros hijos. Hay que mantener el sistema de valores hasta el final (es pura ironía, no vayas a pensar cosas raras).

Gracias, me alegro de que te haya gustado. Ya empezaba a pensar que nadie leía estos relatos.