domingo, 15 de enero de 2012

Treinta años

No pudo evitar contemplar su imagen en el espejo situado frente a la barra, justo detrás del camarero mal encarado, con barba de tres días y palillo bailante asomando entre los labios. El hombre la contemplaba de reojo, mientras limpiaba los vasos con un paño de cocina tan renegrido como su alma. Sus miradas se cruzaban a cada momento. Del espejo, al camarero, y de este, rápidamente, de nuevo al espejo. Los dos en silencio, los dos observándola, los dos aburridos a causa de la falta de clientes. De vez en cuando, el camarero desviaba la mirada hacia la vitrina situada sobre la barra, como tratando de incitarla a consumir algo más que el café con leche que había pedido. “Si todos los clientes fueran como ella”, supo ella que estaba pensando aquel hombre, “no le iba a quedar más remedio que cerrar muy pronto”. Con una cierta sensación de culpabilidad, que sabía absurda y que sin embargo no podía evitar, centró su mirada en el espejo.

Recordó los lejanos tiempos en que los iba buscando. Amigos silenciosos, que le devolvían una imagen gratificante de sí misma. Estaban por todas partes. En los comercios, en las tiendas de ropa que le gustaba frecuentar, en la luna de cualquier escaparate… Con el tiempo se habían vuelto crueles. Seguían igual de silenciosos, pero aparecían como por sorpresa, como si esperaran agazapados a que ella pasara para saltar a su encuentro, mostrando una imagen deteriorada por los años y la vida. Ahora no los buscaba, pero se encontraba con ellos. Seguían estando por todas partes. Este no era de los peores. Dentro de lo malo, la capa de suciedad y humo solidificado que lo cubría, atenuaba la profundidad de sus arrugas y sus labios mal pintados.

¿Por qué la habría citado Armando en aquel lugar tan sórdido? ¿Había perdido tal vez,  con los años, la pasión por los locales de moda que tenían cuando eran novios? Podían haber quedado en Chicote, o en Fuentesila, o en la misma cafetería de El Corte Inglés, pero no en este tascucio, gris, sórdido, vacío y poco iluminado. ¿Lo había hecho por el precio de la consumición? Si era eso, era absurdo. Armando no había sido nunca precisamente agarrado. De hecho, era ella la que ponía orden en las cuentas de la casa. Por un par de euros más, o incluso menos, se podía estar más a gusto en cualquier otro lugar. Las cuentas de la casa. Recordó los malabarismos que tenían que realizar para llegar a fin de mes, con el escuálido sueldo de un marido, que veía cómo sus compañeros de oficina le iban adelantando por los lados. Armando siempre había sido un cobardón para reclamar lo suyo, y ella lo sabía, pero no le decía nada porque cada vez que sacaban el tema, Armando se hundía. Ella dejó de echarle en cara su cobardía. Se arremangó la blusa y se hizo una experta en buscar ofertas de ropa y de comida. Hacía virguerías con el presupuesto, y se permitían incluso algún viaje de vez en cuando, o pasar parte del verano en la playa, algo que a ella le encantaba, y ante lo que Armando solía protestar tímidamente hasta que se daba cuenta de lo que su mujer era capaz de hacer con el escaso dinero que entraba en casa. Y siguió siendo así hasta que la cosa cambió, hasta que el jefe, posiblemente avergonzado ante la situación de Armando, le subió el sueldo hasta igualarlo con el del resto de sus compañeros.

No, no entendía la razón por la que Armando había elegido este siniestro lugar. Pensaba decírselo en cuanto le viera, entre otras muchas cosas. Estaban empezando a amontonársele en la conciencia las cosas que tenía que decirle, pero iba a empezar por esta. Se sentía incómoda sentada en aquella barra, con aquel bandido de cine cerca de ella, que más que limpiar los vasos los ensuciaba. Ella era una señora, y siempre lo había sido, y eso era algo que Armando sabía de sobra, de siempre, y que no debería haber olvidado. Una señora, a pesar de que había tenido que ponerse a trabajar, o precisamente por eso todavía más, para sacar a sus cuatro hijos adelante, al día siguiente de que Armando se fugara con aquella bailarina del teatro, poco tiempo después de aquella subida de sueldo que provocó que su cerebro se fugara a la entrepierna. Una señora, que nunca perdió la delicadeza de sus manos, a pesar de los productos abrasivos que se había visto obligada a utilizar en aquella fábrica de envases de plástico. Una señora, siempre una señora, a pesar de todo y a pesar, sobre todo, de Armando. Los maridos y las esposas de sus dos hijas y sus dos hijos la llamaban desde siempre así, señora, a pesar de que ella les daba confianza. Su fortaleza y serenidad de espíritu ante la cobardía de su marido habían provocado de inmediato un gran respeto hacia ella por parte de los hijos, que transmitieron a su vez a los suyos. Los nietos la respetaban, pero no la llamaban señora, por supuesto. Ella no lo hubiera consentido. Prefería mil veces aquel “abuela” que provocaba casi siempre un brillo en sus ojos.

Escuchó un murmullo de admiración a sus espaldas. Se volvió, con una mezcla de curiosidad y de fingida molestia. Tres obreros, enfundados en sus monos azules, observaban su espalda desde la mesa a la que se habían sentado a almorzar. Al ver la cara de ella, la sonrisa de ellos se desdibujó de sus labios,  y la mirada se tornó huidiza. Últimamente solía ocurrir. Mantenía una trasera sugerente a los ojos de los hombres, que se eclipsaba al mostrar la delantera, con esas terribles arrugas en el cuello y la parte superior de los senos. Con esas arrugas en la cara. Tenía que acostumbrarse. Al fin y al cabo, estaba en esa edad en la que la lujuria que despierta una mujer va cediendo su lugar al respeto hacia las personas mayores.

Iba a decirle tantas cosas... ¿Qué esperaba de ella este hombre, después de treinta años sin tener noticias suyas? Ni siquiera se había molestado en llamar jamás a los hijos, para felicitarles por su cumpleaños, o el día de la boda de cada uno de ellos. Después de romper del todo con todo, de echar por la borda su vida, sin importarle en absoluto lo que ocurriera con la de ella, ¿qué esperaba? Tal vez se presentara con su aire de Don Juan y su sonrisa de película, que fueron ensombreciéndose con los años a causa de las obligaciones familiares. Tal vez se presentara así, como el gallo del gallinero que era antes de la primera arruga bajo los ojos, convencido de que ella se iba a arrojar rendida a sus brazos. Probablemente pediría disculpas. Unas disculpas que ella no estaba dispuesta a aceptar. Posiblemente, en su demencia, quería presentarle a su última amante. ¿Qué esperaba este hombre de ella? ¿Qué quería? ¿Qué podía esperar que hiciera ella? ¿Recibirle con los brazos abiertos, como si no hubiera ocurrido nada? Se había vuelto loco si pensaba así. Ella sabía que la bailarina le había abandonado muchos años atrás, y que después vino otra mujer, y luego otra, y otra, que satisfacían sus bajos y no le causaban molestias con hijos llorones. Al principio ella se interesaba por su trayectoria, a través de amigos y conocidos, porque el muy “huevazos” ni siquiera se había tomado la molestia de irse a otra ciudad, pero con el tiempo dejó de hacerlo. Dejó de hacerlo cuando descubrió que la vida de sus hijos, infinitamente más valiosa que la de Armando, tiraba de ella.

Miró el reloj. Tarde, como siempre. Era su costumbre. El mundo estaba concebido para esperarle. Recordó aquellas cenas con los amigos, cuando él tardaba media hora más en arreglarse que ella. “Es que a ti no te hace falta, querida. Es lo que tenéis las guapísimas del Universo”, le decía zalamero cuando salían de casa. Llevaba más de media hora esperándole. No iba a venir. Llegó a esa conclusión de repente, convencida de que la cobardía de Armando era más fuerte que sus deseos de volver a verla. Ahora estaba segura de que no pensaba venir desde el mismo momento en que la llamó para citarla en este lugar. Dos frases huidizas, pronunciadas sin fuerza, sin el aplomo que mostraba Armando de joven, cuando parecía que se iba a comer el mundo. Probablemente llamó convencido de que ella no iba a aceptar la cita. Probablemente el corazón le pegó un vuelco en el pecho, del susto, cuando ella contestó, con un aplomo infinitamente más acusado que el de él, “sí, Armando, allí estaré”. No, no iba a venir.

 Apagó el cigarrillo, y observó que la mirada del camarero se dirigía fugaz al carmín de la boquilla. Siempre le había sorprendido la extraña fascinación que el carmín en la boquilla de un cigarrillo solía provocar en la mayoría de los hombres. Se levantó, dejó un par de monedas en la barra, y se dispuso a salir.

Entró en aquel momento.

Era Armando, no cabía duda. Ella volvió a sentarse. En cuanto la vio, el hombre se dirigió a la barra, a su lado. Caminaba con pasos cortos, de piernas en retirada. Con pasos de persona anciana. Ligeramente inclinado hacia adelante. Ligeramente doblado, más bien.

El color de su cara era indefinido, entre aceitunado y ceniciento, como de moribundo. Grandes bolsas se habían formado bajo sus ojos. Cuando sonrió al acercarse, por un instante fugaz, ella pudo contemplar la blancura perfecta de una dentadura postiza. Llevaba sombrero. Al quitárselo y dejarlo en la barra, ella no pudo evitar un respingo ante aquella fascinante pelambrera que había desaparecido, dejando en su lugar unos cuantos jirones de pelo blanco, que luchaban por sobrevivir en el desierto en que se había convertido el antaño frondoso cuero cabelludo.

Se sentó a su lado, tropezando y tosiendo. La miró sin hablar. Ella abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. La mano temblorosa de él recorrió parte de la barra, quedando a medio camino entre los dos. Su expresión se tornó triste. Infinitamente triste. Ella no recordaba haber visto jamás una expresión tan triste en el rostro de él. Los ojos de Armando se volvieron aguanosos. Abrió también la boca, pero no dijo nada.

Después de un momento, que a los dos se les hizo eterno, ella colocó su mano sobre la temblorosa mano de él.

Sobraban las palabras.


jueves, 8 de diciembre de 2011

Saudade

Después de cenar, Francisco, el cojo, se empeñó en seguir con la juerga. Al fin y al cabo era temprano, y viernes. Al día siguiente no había que madrugar. No es que me hiciera mucha ilusión, pero al ver los ojos de los dos ecuatorianos, Edgar y su hermano Jack, supe que no me quedaba más remedio que aceptar.

Subimos de la Baixa al Bairro Alto en el tranvía, como debe ser. La gente nos miraba. Sin duda formábamos un grupo variopinto y multirracial, aunque no cosmopolita porque de lejos se notaba que no teníamos un euro. El cojo, ese extremeño alto, delgado y seco como un sarmiento, a punto de jubilarse, lucía en la cara las arrugas fruto de la azarosa vida que había llevado, primero como contrabandista y después en la construcción. Uno de sus ojos parecía seco a causa de un poco de cal que la cayó una vez. Los dos hermanos, bajos y tochos como todos los de su raza, tenían la piel suave. Oscura, pero suave. Se veían pocos sudamericanos en Lisboa. Por eso les miraba la gente mientras se mantenían agarrados como mandriles a la barra del tranvía, atentos a sus carteras. Yo, un madrileño que había conocido tiempos mejores, trataba de mantener en su lugar, a cada latigazo del vehículo,  la ingente cantidad de bacalao dorado que había comido en un infecto tugurio de un callejón de la Baixa. Era el cumpleaños del cojo, y había que cumplir.

Llevábamos un par de meses en Lisboa, pero apenas conocíamos la ciudad. La crisis en España nos había obligado a buscarnos la vida fuera. La pequeña constructora en la que llevábamos el cojo y yo algo más de diez años nos ofreció dos alternativas: o el despido, o una obra de  rehabilitación de poco más de ocho meses en un antiguo edificio de la Avenida Liberdade. Los dos nos decidimos a venir, junto con los hermanos ecuatorianos, que acababan de entrar. Todos estábamos sin lazos familiares. El cojo, viudo, y yo, recién separado. Los hermanos tenían a toda la familia al otro lado del charco. Pronto me nombraron como líder de la cuadrilla, en una especie de acuerdo tácito y con permiso del cojo, que por edad debería de haber asumido un cargo que sin embargo le venía algo grande por su falta de conocimientos en lo que se refería a planos y números. Y aquí estábamos, alojados en una pensión de la Baixa, sencilla pero muy limpia, a unos trescientos metros de la obra. Aquella noche se produjo, a instancias del cojo, la primera salida nocturna en aquella ciudad.

El Bairro Alto estaba muy animado. Nos sorprendió comprobar la gran cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que llenaban las calles. Después de deambular un rato sin decidirnos a meternos en ningún sitio, bien porque la mayoría estaban llenos de gente o vacíos del todo, nos paramos a la puerta de una infecta tasca situada en la rua Diario de Noticias, en la que un cartel anunciaba que se cantaban fados. Con aquel local ocurría lo que en otros muchos lugares de la ciudad: su interior decadente estaba enmarcado por una entrada de cierto prestigio, con un arco de piedra de granito sobre la puerta y un elegante revoco de color amarillo en la fachada. En Lisboa se estaban gastando bastante dinero en la rehabilitación de edificios, y eso se notaba en el aspecto general de la ciudad.

Debatíamos si entrar o no, tratando de que el reguero de líquido que bajaba por el centro de la calle no nos mojara los zapatos, cuando del interior salió un individuo que me pareció cuando menos pintoresco.

—¿Españoles?

—Nosotros dos sí —contestó agrio el cojo—. Estos dos, ya lo ve, pero como si lo fueran.

—Pasen, por favor. Tengo una mesa para ustedes.

—¿Cuánto nos va a costar? —aunque era su cumpleaños, el cojo seguía siendo pragmático en ese sentido.

—Vamos a empezar a cantar fados. Diez euros consumición mínima. Una botella de Oporto para los cuatro.

—Una botella de Oporto no vale cuarenta euros.

El entusiasmo con el que había salido el personaje pareció irse disipando poco a poco. Resultaba muy exagerado en sus ademanes. Era grueso, y bastante bajito. Tenía las manos pequeñas y regordetas. Las movía mucho. Siendo calvo, tenía una mata de pelo en la parte de atrás de la cabeza, negra y engominada. Los ojos, saltones, se movían nerviosos de un lado a otro. Cuando hablaba gesticulaba hasta el punto de dar la impresión de que la mandíbula se le iba a caer al suelo en cualquier momento. Cambió la sonrisa por un gesto de cierto desdén, acompañado de unos movimientos que me recordaron los de un tentetieso.

—Cantamos fados. Una botella de Oporto para los cuatro, cuarenta euros. La mesa está preparada.

Mientras decía aquello, dirigía miradas a otro grupo situado unos pocos metros más abajo.

—¿Qué hacemos? —preguntó el cojo.

—Es que cantan fados, cojo.

—¿Y qué coño importa eso? Hemos venido a beber, no a escuchar gorgoritos. Con una botella de Oporto no tenemos ni para empezar.

—A mí me gustan los fados —dijo Edgar.

—¿Los has escuchado alguna vez, tontolaba? —escupió el cojo mirándole con su ojo seco.

—Al lado de mi habitación en la pensión hay un tipo que los pone a todas horas.

El hombre se impacientaba. Juntó las manos y comenzó a frotarlas con fuerza.

—Bueno, me voy…

El cojo le detuvo.

—Vamos para adentro —mientras decía aquello, miró a Edgar, como nombrándole culpable oficial de la decisión que acababa de tomar—. Una botella de oporto, cuarenta euros, pero de diez años por lo menos.

El hombre puso gesto de fastidio.

—Un oporto de diez años vale mucho más. Un tawny, pero de buena marca.

No había marcha atrás. Entramos tras él, que caminó bamboleante hasta la mesa que nos tenía preparada. El resto del local estaba lleno hasta la bandera. Cinco largas mesas situadas en el lado opuesto al que se situaba el escenario, si es que se le podía denominar así. Consistía en un chal negro con algún que otro jirón y algún bordado dorado, colgado de dos escarpias clavadas al azulejo de la pared, a una altura de unos dos metros. Al pie, dos sillas de anea que parecían a punto de deshacerse y salir corriendo, y todo el conjunto al lado de la minúscula abertura, de poco más de cincuenta centímetros de ancho, que daba acceso a los aseos.

Nos sentamos a la mesa, los hermanos a un lado y el cojo y yo al otro. Tras comprobar el aspecto general del local, el cojo me miró sonriendo.

—Parece una churrería, coño. Y no se te ocurra ir al baño, porque te puedes quedar incrustado entre los azulejos de la entrada.

Parecía contento. El individuo que había salido a buscarnos nos trajo la botella y cuatro copas de cristal. El cojo miró la marca y se puso serio. Después de que el hombre la abriera, se dirigió a nosotros.

—Esta marca de oporto no la conoce ni su padre.

La cosa empezaba mal. El camarero iba y venía moviéndose como un tentetieso. Me recordaba a un maestro de ceremonias de un circo decadente, sacado de un cuadro de Lautrec o Seurat. Entiendo algo de pintura. Tuve una época en la que me encantaba, a la hora del bocadillo, ojear libros sobre el tema. El cojo le miraba con odio asesino. Cuando llevábamos media botella de oporto, detuvo al camarero al pasar a su lado y le preguntó.

—¿Cuándo empiezan los fados?

—Diez minutos —contestó el maestro de ceremonias extendiendo sus diez dedos regordetes.

Nada más alejarse, me acerqué al cojo y le susurré al oído.

—Este hombre tiene cara de llamarse Eduardini.

El cojo me miró y sonrió.

—Eduardini. Es verdad. Tiene gracia. Eduardini.

El vino no estaba malo, desde luego. Ninguno entendíamos un carajo de vino de oporto, así que no podíamos saber si nos habían estafado miserablemente. A los ecuatorianos les encantaba. Se lo bebieron casi de un trago.

Al lado nuestro se sentó una pareja de turistas. Eran una mujer y un hombre chinos, jóvenes los dos. Cenaron aprisa y comenzaron a beber la botella de vino verde que habían pedido. El cojo miró a la china y después se inclinó hacia mí.

—Es guapa, la chica. Joder, entre los hermanitos estos y la pareja de chinos, esto se está pareciendo a la ONU.

El cojo miró su reloj. A los diez minutos justos, se apagó el incómodo fluorescente del techo. Del fondo del local surgieron dos hombres, de bastante edad, ataviados con “trajes regionales”, según los denominó el cojo, de color negro intenso, y botas, también negras, con travillas. Uno llevaba una guitarra y el otro una especie de bandurria grande. Se sentaron en las sillas de anea, que crujieron bajo su peso, y comenzaron a afinar los instrumentos.

Al cabo de unos minutos, se levantó de la mesa del fondo, situada junto a la barra, un hombre alto, con gafas, ataviado con una chaqueta de color gris. Se dirigió al escenario. El cojo y yo nos dimos cuenta entonces de que en aquella mesa estaban los cantantes que nos iban a amenizar la noche.

Haciendo un gesto, el hombre indicó a los instrumentistas que empezaran. Tras un par de compases en los que el cantante pareció reconcentrarse y meditar sobre lo que iba a hacer, hizo ademán de empezar, pero se detuvo. Los otros siguieron tocando como si no hubiera pasado nada. Otros dos compases, y el hombre finalmente se arrancó.

Apenas tenía voz. Escuchamos el primer tema atentamente. El cojo le observaba con un gesto que no supe interpretar, pero se notaba a todas luces que no le gustaba. Cuando terminó la primera canción aplaudimos, y al terminar la segunda, también.

—Esos fados que ha cantado no son como los que pone mi vecino de habitación —dijo Edgar consternado—. Estos son mucho peores.

—A ver si lo que pone tu vecino son coplas, capullo —dijo el cojo.

—Sé de sobra distinguir una copla de un fado, cojo, no te burles de mí.

El cojo se dio la vuelta y se dirigió hacia mí mientras apuraba su copa de oporto y se servía otra.

—El caso es que nos han estafado.

Su siniestra mirada no dejaba lugar a dudas. Iba a liarla. Ya le conocía de sobra. Se remangó y volvió a coger del brazo al maestro de ceremonias cuando pasó a su lado.

—Oye tú, Eduardini, ¿qué es la saudade?

Uno de los peones portugueses de la obra en la que estábamos no paraba de hablar de la saudade. Era de Oporto. A la hora del bocadillo, nos daba la murga. Saudade por aquí, saudade por allí… Eduardini levantó las manos y movió los dedos.

—Ah, la saudade… Es algo que no se puede explicar.

Se giró con un rápido movimiento y se dirigió a otra mesa.

La china estaba totalmente borracha. Había cogido un tablón como un piano con el vino verde. Se descalzó y se dirigió al aseo. El cojo dio un respingo al verla.

—Será guarra… Mírala, se va a meter en el aseo descalza. Está como una cabra. ¡Y encima se ha equivocado y se ha metido en el de tíos!

El cojo no paraba de reír. Estaba empezando a estar a gusto, más que nada porque de una forma u otra pensaba liarla, y probablemente aquella china borracha le iba a servir de excusa o de detonante para ello.

El segundo artista era otro hombre de pelo blanco, vestido con un jersey de color rosa que le quedaba pequeño. Parecía que se iba a ir al colegio al terminar de cantar. Lo hizo mejor que el primero, o eso nos pareció al menos. Al tiempo que cantaba, movía una mano mientras mantenía la otra en el bolsillo del pantalón.

La china no dejaba de hablar en medio de las dos canciones. El público no paraba de chistar para que se callara, sin ningún resultado. Su belleza quedaba eclipsada por completo gracias a su desagradable y chillona voz. El chaval que la acompañaba daba muestras visibles de sentirse incómodo al lado de su ruidosa compañera.

El cojo me miró sonriendo al terminar el segundo artista. Yo no sabía muy bien qué significaba esa mirada, pero no me esperaba nada bueno.

Entonces salió ella.

Era una mujer bastante madura, mayor de cincuenta y menor de sesenta, sin llegar a gruesa pero rotunda, con pelo rubio y un chal verde sobre los hombros. Sin duda, en tiempos había sido guapa, muy guapa. Sin demasiada convicción, le hizo una seña a la china para que se callara. Los músicos comenzaron a tocar sus instrumentos. Tras los primeros compases, empezó a cantar. Lo hacía muy bien, sin duda la mejor de la noche. Tras las dos primeras estrofas, comenzó la tercera, con una potente subida de voz.

A mí se me puso el vello de punta. Sentí que el corazón me daba un vuelco en el pecho. El cojo se irguió en su asiento, con gesto muy serio. Sin duda aquella voz le había calado tanto como a mí. Resultaba increíble. De repente, el escenario dejó de ser el escenario cutre que habíamos visto al entrar, transformándose por obra y gracia de la aterciopelada voz de aquella mujer en un gran teatro en el que se homenajeaba a la canción portuguesa. Hacia la mitad de la actuación, sucedió algo que hizo que los cuatro nos incorporáramos para mirar. De la mesa del fondo, la ocupada por los cantantes, surgían coros a boca cerrada que acompañaban de forma perfectamente acompasada la melodía que estaba desgranando su compañera. Era una forma sin duda de homenajear su buen hacer.

De forma inexplicable, algo que al principio me asustó, el ojo seco del cojo comenzó a humedecerse. No me podía creer lo que estaba sucediendo. Los dos hermanos miraban a la cantante embelesados, disfrutando de cada una de sus frases a pesar de no entender absolutamente nada de lo que decía. No hacía falta. La letra era lo de menos. Lo importante eran la música y la forma de cantar.

Cuando acabó, el cojo se levantó de su asiento y aplaudió entusiasmado. Sin duda, aquella mujer había conseguido eclipsar con su arte las ganas de liarla de mi compañero. Nunca le había visto emocionarse por nada, hasta aquella noche mágica.

La mujer saludó con alegría los aplausos y los “bravo” que gritaron los demás cantantes. Una rosa voló de una de las mesas y calló a sus pies. Eduardini se acercó a nuestra mesa, bamboleante y aplaudiendo fuertemente con las dos manos, como una morsa. Parecía mentira que de unas manos tan pequeñas surgiera un sonido tan estruendoso como el de sus aplausos. Sin dejar de palmotear, se agachó hacia el cojo.

—Esto es saudade.

El cojo sonrió y afirmó lentamente con la cabeza.

Después de varios minutos, la mujer emprendió su segundo tema. Nada más comenzar, la china empezó a hablar. El cojo clavó sobre ella una mirada asesina. Ella le miró a su vez y empezó a reír. Traté de detenerle, pero no me dio tiempo. Antes de que le cogiera del brazo, el cojo se levantó de la silla como impulsado por un resorte. Se dirigió directamente a la mesa de la china, la cogió en volandas como si fuera una novia, y salió a la calle. Yo salí corriendo tras él.

—!!Cojo, cojo, cálmate, que nos vas a meter en un lío!!

No anduvo mucho. Se detuvo a unos diez metros del local, frente a un ingente montón de bolsas de basura de color negro. Sin pensarlo ni siquiera un momento, arrojó a la chica sobre aquel improvisado lecho de mierda. No pasaba nada, pensé. Al fin y al cabo, a ella no le había importado meterse descalza en el baño de caballeros. Cuando el cojo volvió, sacudiéndose las manos y colocándose la chaqueta, le puse una mano sobre los hombros.

—Estás loco, cojo, coño.

Al entrar, nos dimos de bruces con el novio de la chica, que salía con el bolso y la chaqueta de ella en la mano. Nos miró con una expresión extraña, mezcla de miedo y odio. Por un momento pensé que nos iba a dar una patada en la nuez, o algo así. Con esa gente nunca se sabe. Optó por salir corriendo a socorrer a su amada, que gritaba como una loca desde el montón de bolsas sin poder salir de allí, a causa sobre todo de la tremenda tajada que llevaba.

—Pensé que nos iba a dar una paliza.

—¿Ese? —dijo el cojo— Para eso hay que ser hombre, y un hombre no es un hombre si no es capaz de mantener callada a su mujer.

Amén, pensé mientras entrábamos y tomábamos asiento de nuevo. Sin dejar de cantar, la mujer sonrió y le dedicó al cojo una mirada de agradecimiento. Este levantó su copa en su honor e inclinó la cabeza. Sin duda estaba sembrado. Se ladeó un poco y me susurró al oído.

—Esta es la mejor noche de mi vida.

Me lo creí. Aquel tugurio infecto, más semejante a una churrería que a un cabaret, se había convertido en un hervidero de sentimientos a flor de piel por obra y gracia del fado bien cantado. O más bien gracias al duende, pensé, que surge en cualquier lugar del mundo, ya se escuche jazz, bossa nova, flamenco o lo que sea. Cuando el duende aparece, nada le detiene. Como solía decir el cojo, ni en Roma, ni en Pekín ni en Madagascar. Los ecuatorianos lloraban a moco tendido, acordándose sin duda de la gente que habían dejado en su país. Yo recordé mi casa, mis amigos… Eduardini tenía razón, aquello era saudade.

La mujer acabó y el público volvió a romper en aplausos. Eduardini palmoteaba chillando “bravo” como un poseso. El cojo se levantó y gritó a su vez un par de veces. La mujer le miró y volvió a sonreír, agradeciendo su sentimiento.

Los dos policías aparecieron, acompañados de la china y su novio, justo cuando estaba cantando un hombre invidente, cuya voz parecía surgir directamente del alma. La china señaló al cojo y gritó algo, pero el policía le hizo un enérgico gesto con la mano para que guardara silencio hasta que el hombre terminara de cantar. La chica, ajena por completo al duende, se cruzó de brazos con la insolencia del ignorante, del que es incapaz de percibir el sentimiento. Miraba alternativamente a los policías, que escuchaban embelesados, y al cojo. Cuando el hombre terminó su actuación, el cojo aplaudió. Una vez que se hizo de nuevo el silencio, comenzó a levantarse para dirigirse a la puerta.

Eduardini surgió de repente de la nada, como lo había hecho a lo largo de toda la noche, y colocó un fuerte brazo en el hombro del cojo, obligándole a sentarse de nuevo. Se dirigió directamente hacia los policías, hablando en portugués. Se estableció un diálogo a gritos, en el que la china señalaba al cojo de vez en cuando y Eduardini juraba y perjuraba, por lo que conseguimos finalmente entender, que era la primera vez que veía a aquella chica. La policía entró y preguntó a varios clientes. Todos dijeron lo mismo, que no la habían visto nunca. Eduardini gritó que todos los bares de la zona eran parecidos, y que seguramente, con la tajada que llevaba —todo el mundo rió ante su ocurrencia—, la buena mujer se había equivocado de lugar. Al final, los policías y la pareja de chinos se fueron por donde habían venido. Ella comenzó a darle golpes a su novio, que seguramente había decidido prudentemente no intervenir en absoluto en todo aquel lío.

La noche mágica se prolongó hasta las doce. Tras escuchar a todos los cantantes, emprendimos lentamente el camino a la pensión. No intercambiamos una sola palabra. Estábamos bien, serenos y tranquilos, con ese bienestar que produce el hecho de haber pasado una noche inolvidable. Edgar se agarró del brazo de su hermano. Al verles así, acaramelados, el cojo soltó una risotada y me cogió del brazo a mí.

Al mirarme, pude contemplar perfectamente la saudade reflejada en sus ojos.

jueves, 6 de mayo de 2010

El regreso

Veamos, veamos...Hace más de treinta años que no escribo nada. El movimiento se demuestra andando, como dice Marisol, la profesora de la terapia de recuperación. Junto unos adverbios con unas proposiciones. “Aquí, ante vos”. Adverbios, proposiciones...!!No, proposiciones, no, preposiciones!! A, ante, bajo, bajo el volcán... Palíndromos: “dábale arroz a la zorra el abad”. ¡Vaya! Eso sí que ha sido un destello de memoria.

Me secuestraron. Cuando era pequeño, me secuestró una pareja de brokers fanáticos de Megamadrid. Al parecer, por aquella época estaba de moda secuestrar niños del campo. El esperma se les había convertido en mermelada a los hombres, y no les servía para procrear. Achacaban esa metamorfosis al stress, a la mala alimentación y a la contaminación, pero mi nuevo padre me susurró una vez al oído que seguramente sería por algún producto nocivo que las empresas colocaban en los “fucking rooms”, dignos sucesores de las antiguamente denominadas zonas de “vending”.

Algunos brokers fanáticos necesitaban poner un punto de humanidad en sus vidas, y se compraban un perro o secuestraban un niño en el campo. Ya crecidito, para evitarse la fase llantinas nocturnas, pañales nauseabundos, y adolescencia granulosa de masturbación compulsiva. Mis secuestradores me confesaron una vez, pasados los años, que habían preferido un niño del campo a un perro, porque no se creían capaces de enseñarle a un perro a no cagarse en la alfombra indostaní de 600.000 euros que tenían en el salón. Cuando me secuestraron yo ya sabía leer y escribir. Tenía una edad lo suficientemente madura como para saber de letras, y lo suficientemente infantil como para que se me olvidara rápidamente, en compañía de mis nuevos padres, todo lo que había aprendido de pequeño.

Marisol nos dice que nos dejemos llevar por lo que dicte nuestro interior, que escribamos, aunque no tenga sentido lo que digamos. Que lo importante es hacer gimnasia con la pluma. Mientras dice eso me fijo en su sonrisa, en sus ojos expresivos, en esas manos que no dejan de moverse, llenas de vida, algo casi imposible de ver en Megamadrid. Siento latir el corazón cuando la escucho arengarnos con pasión. Y siento después, cuando observo sus largas piernas, cómo me late una parte de mi cuerpo situada en otra zona más baja que mi corazón. Reminiscencias sin duda de mi larga noche en Megamadrid.

Mi abuelo me decía que las cosas antes no eran así, que la gente del campo se dedicaba a cosas del campo, a cultivar, a las vacas... y la gente de ciudad a la cultura, al trabajo en oficina, y a viajar de tarde en tarde al campo, a relajarse y a cargarse de ganas de volver otra vez a la locura de la ciudad. Un buen día, un lugareño se cansó de su ignorancia, y de que se descojonaran en su cara los señoritingos de la ciudad. Cambió el azadón por una pluma, y ahí empezó todo. Hoy en día vivimos de la literatura. Lo único natural que todavía cuidamos son los eucaliptos, imprescindibles para obtener el papel necesario para editar los libros. A los pocos que vienen ahora a visitarnos les entregamos un libro, les metemos a uno de los innumerables teatros o cines que infestan la zona, para que vean una buena función, o les recitamos versos de Rimbaud. Cuando los pobres empiezan a ponerse verdes, a sudar y a sufrir incontrolables espasmos, les sugerimos que vuelvan a Megamadrid, a por su dosis de ignorancia, tan necesaria para ellos como la vida. A los dos días de cambiar nuestra agua de manantial por agua de iceberg de Islandia embotellada, a 300 euros la botella, están otra vez como nuevos.

El cambio fue radical en ambos sentidos. Los urbanitas, cada vez más abducidos por absurdos programas de televisión, comenzaron a sufrir urticaria, vahídos y extraños temblores cada vez que agarraban un libro. Se embrutecieron de la noche a la mañana. Faunos miserables que acosaban y se dejaban acosar, los ciudadanos se convirtieron en bestias lujuriosas ansiosas de sexo, de pasta y de poder. En los albores de la primavera se podía escuchar en mi pueblo, a poco que uno le prestara algo de atención, un bramido similar a la berrea de los ciervos, procedente del bróker fanático en el punto álgido de su celo, que por otro lado duraba todo el año.

“Platero es pequeño, peludo, suave, que vive sin vivir en él...” No, por Dios, no. Creo que me estoy liando. Tengo que concentrarme si quiero recuperar mi verdadera naturaleza.

Me recuperaron el Salustio y la Mandanga, cuando fueron a Megamadrid hace un par de años, a uno de esos mercadillos anuales, decadentes y cada vez con menos público, en los que tratamos de vender nuestros libros. Menos mal que nos salvamos gracias a la exportación a otros pueblos de Europa y de todo el mundo. El caso es que me encontraron frente a un escaparate de televisores, junto a otros muchos ciudadanos, embobados y babeantes ante el magnífico discurso que estaba soltando en pantalla Belencita Esteban, digna descendiente de una megaestrella del siglo pasado. El Salustio me agarró del brazo. Me dejé llevar sin ninguna resistencia. Ya todo me daba igual. Desde que mis nuevos padres se habían divorciado, diez años antes, la vida había perdido todo sentido para mí. Ninguno de ellos me soportaba durante más de dos semanas en su casa, y empezaba a verme a mí mismo como un bulto inservible.

Y ahora os tengo que dejar. Voy a acercarme al centro cívico de la plaza Mayor, a tomarme unos chatos de vino y a darle una palmadita en la espalda los amiguetes. Vicente, el alcalde, va a abrir una jornada internacional sobre “Kierkeegard, ese hombre”.

martes, 5 de mayo de 2009

Veinte sesiones (amores no confesados)


¿Cuántos amores no ya anónimos, sino ni siquiera confesados a nadie, acaban esfumándose en la nada? ¿A dónde va a parar toda esa energía desperdiciada, todo ese torrente de sentimientos no correspondidos? ¿Cuántas vidas podrían haber salido de cierta mediocridad amorosa, si nuestro estúpido orgullo no nos hubiera impedido declararle nuestro amor a la persona que lo encendió?.Los protagonistas de esta historia de encuentros, desencuentros y casualidades, se llaman Isabel, Roberto y Vanesa. Los tres están entre los dieciocho y los veinte años, esa edad incierta en la que las hormonas, sin dejar de hervir desde los catorce años, empiezan a calmarse para dejar paso a otros sentimientos más profundos. Los tres han vivido su correspondiente época de roces, calentones y bofetadas varias, primeros novios y primeras novias, todos ellos corroídos por el acné, la masticación compulsiva de chicle, los cigarrillos mal fumados, y las vomitonas provocadas por alcohol de garrafón. Los tres han resurgido como el ave fénix de sus cenizas, con un aspecto renovado, angelical, perfectamente engrasado y preparado para poder comerse el mundo. El más retrasado, no hace falta decirlo, es el pobre Roberto, quien, a pesar de ser el mayor de los tres, acaba de abandonar recientemente ese universo de Playstation, Warcraft y Xbox que le había abducido nada más cumplir los cuatro años. Después de una sana terapia, basada en las bofetadas de su padre obligándole a que hiciera algo positivo con su vida, y de sobrevivir al correspondiente mono, Roberto decidió practicar un deporte, el pádel, con tan mala fortuna, que en el primer partido tropezó y se dobló ligeramente el cuello. El traumatólogo determinó veinte sesiones de rehabilitación.Para llegar a la clínica, Roberto cogió la costumbre, desde el primer día, de atravesar el centro comercial más importante de su barrio, un Hipercor del que no debemos dar el nombre por cuestiones de no hacer publicidad gratuita. Fue así como conoció a Vanesa, una chica morena, de pelo cortado estilo francés, y perfectamente maquillada. Vanesa estaba enamorada en aquel momento de su jefe de sección, un individuo nebuloso, más que cuarentón, con su vida ya montada, con un descapotable (en la cabeza), y cuyo nombre no nos interesa por lo gris de su naturaleza. El caso es que Vanesa, en un intento de hacerse la interesante, decidió regalarle a su jefe cada día una muestra diferente de las colonias pour homme más prestigiosas del mercado mundial. Y con eso ya tenemos montado nuestro circo de amores y desamores, encuentros, desencuentros, y casualidades, que condujeron a ese desperdicio de energía amorosa.El jefe de Vanesa llegaba al departamento a las cuatro en punto. Roberto tenía la sesión a las cuatro y diez, y pasaba por el departamento en el que trabajaba Vanesa a eso de las cuatro menos dos minutos. Vanesa abría el frasco correspondiente a cada día a las cuatro menos dos minutos. Su belleza casi animal no le pasó desapercibida a Roberto, quien desde el primer día la identificó en su desquiciado cerebro, podrido por los videojuegos, con el alter ego de Lara Croft. El día de la primera sesión, Roberto se detuvo frente a Vanesa, que oteaba el horizonte, a la búsqueda de su jefe, con un frasco de “eau de lechons” abierto. Roberto sonrió, y Vanesa sonrió. Aquella sonrisa comercial fue un flechazo directo al corazón del muchacho. La chica, amable, le roció la cara, y parte del cuello, con una buena dosis de colonia.Sentado en su banqueta, Roberto recibía en su cuello, algo más tarde, los diestros manejos de Isabel, una joven estudiante de fisioterapia recién contratada por la clínica. A la chica no se le escapó el dulce aroma que exhalaba el cuello de Roberto. Ella le sonrió, él la sonrió a ella, y aquello fue un flechazo directo al corazón de Isabel. Después de la sesión, y cuando nadie podía observarla, Isabel olió sus manos, que habían estado en contacto con el cuello de Roberto, y sintió un repentino mareo, que achacó al ritmo desbocado que había adquirido su corazón ante aquella fragancia de intensa masculinidad.Cuando al día siguiente se repitió la operación, esta vez con una colonia diferente, Isabel interpretó esa actitud de Roberto como una especie de jueguecillo amoroso. No pudo encontrar otra explicación al cambio de aroma. Otra vez se olió las manos, y de nuevo escuchó, con la misma intensidad que un concierto de música clásica, la llamada del amor.La historia se repitió en otras diecisiete ocasiones, con los mismos movimientos por parte de los tres protagonistas, y colonias diferentes en cada ocasión. Cada día pensaba Roberto en declararse a Vanesa, cada día pensaba Isabel en que Roberto se le iba a declarar, cada día pensaba Vanesa en declararse a... bueno, a ese. Los tres se saludaban cada día con una sonrisa, cada vez más intensa, a causa de la costumbre y el roce diario rutinario.El último día, el de la sesión número veinte, Roberto se había decidido por fin a decirle algo a Vanesa. Ya no le quedaba tiempo. Al llegar a su altura, intentó abrir la boca, pero sintió una vergüenza tan profunda, que no fue capaz. Sentía que las sienes le latían alocadas, y que el corazón se le ponía a doscientas pulsaciones por minuto. No pudo decir nada. Cuando Vanesa, con su sonrisa habitual, le roció una nube de “Machote di mare”, Roberto supo que jamás volvería a verla.Isabel acarició por última vez el cuello de Roberto. Esperó a que el muchacho se le declarara por fin, pero al ver que se levantaba y se disponía a marcharse, supo que no era esa su intención. En aquel instante, tomó una decisión heroica: declararse ella. Intentó hablar, pero las palabras no la salían de la boca. Minutos después, a solas, se olió las manos por última vez, y después lloró, porque no había sido capaz de declararle su amor al ser querido. Jamás llegó a entender la razón que le empujaba a Roberto a cambiar de colonia cada día.Ni que decir tiene que ni Vanesa se había fijado para nada en Roberto, ni Roberto en Isabel. Los tres estaban enamorados hasta las cachas, pero de la persona equivocada. Los tres cantaban frente al espejo sus canciones románticas preferidas después de ducharse, pensando que, si la otra persona los viera en ese momento, caería enamorada de ellos sin remedio. Es algo normal, lo hemos hecho todos, no tiene porqué avergonzarnos.Se me olvidaba. Vanesa, que era la más lanzada de los tres, decidió un buen día declararse al cuarentón. Cuando abrió la boca, el otro aprovechó para llamar a otro cuarentón, igual de gris que él, jefe del departamento en el que, a partir de aquel mismo momento, iba a trabajar Vanesa. Con muy buen criterio, la chica decidió que el primer cuarentón no merecía la pena comparado con el nuevo.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Tres relatos cortos


Os pongo a continuación tres relatos cortos que he escrito en exclusiva para uno de los foros en los que participo de vez en cuando. La razón para colgarlos aquí es que no quiero que se acaben perdiendo. Un saludo a todos, y espero que os gusten.
Vidas ejemplares: Servando Castelar

La meteórica carrera de Servando Castelar hacia la cúpula de la alta dirección de una conocida multinacional norteamericana, se vio truncada hace cinco años, en el transcurso de un exclusivo curso para altos ejecutivos, impartido por el prestigioso anacoreta Feng-on-my-Biang en un monasterio de las faldas del Himalaya.Castelar había sido elegido, junto a otros diez altos cargos de la compañía, para realizar el curso, cuyo precio oscilaba entre ocho y nueve mil euros la jornada, en régimen de pensión completa, y con ocho horas lectivas diarias. Las características del curso, enfocado a mentalizar positivamente a ejecutivos de alta dirección, le conferían una calidad tal de contenidos, que la compañía decidió transmitir algunas de sus partes por videoconferencia al resto de los empleados de la compañía.Quiso la casualidad que aquella nefasta tarde, se transmitiera la clase de ananga-yogy-bear. Servando realizó a la perfección la postura de la mantis subrepticia, y la del junco mecido por el viento, e incluso la del muérdago en tensión, pero cuando estiró sus brazos, retorció su cuerpo, y abrió las piernas para adoptar la postura de la luna romántica, un enorme cuesco, provocado por el esfuerzo, pero sin duda también por el frugal régimen seguido aquellos días a base de semillas de soja, semillas de sésamo y semillas en general, se escapó de su desgarrado esfínter, con gran sonoridad y desparramo consiguiente general.Servando Castelar es actualmente un cotizado vocero de la lonja de pescado del puerto de Camariñas. Los que le han escuchado alaban su dicción, “similar a la de su antepasado político, ese que daba discursos”, al decir de la mayoría.El vídeo con la ventosidad estuvo varias semanas como el más visto del portal Youtube.



Alegrame la noche

Del aseo de caballeros sale primero María, la mujer de la limpieza, una sudamericana trigueña a la que ya le tengo echado el ojo, que insinúa unas formas increíbles en su cuerpo, a pesar de ir siempre vestida con un anodino y enorme uniforme de color azul claro. Su mirada se cruza con la mía un momento, y se ruboriza. Lleva en la mano la bolsa de plástico con el contenido de la papelera. Un encuentro que no hubiera significado nada de no haber salido casi al instante detrás de ella Ramón, “el cigüeña”, el vigilante de seguridad, abotonándose el cuello de la camisa y con una intensa palidez que se acrecienta en su rostro al verme.Ha tenido que pasar algo en este aseo. La pareja ha aprovechado que el edificio debería estar vacío, sin imaginarse que todavía quedaba el de siempre, el pringado que no tiene otra cosa mejor que hacer que quedarse a echar horas, porque se aburre en casa. Entro frenético, buscando señales. Mi vida sexual es tan patética, basada únicamente en mi mano izquierda, que me paso la vida babeando a la caza de situaciones que después, pensando en ellas, me inspiren para humedecer mis preámbulos al sueño. Es posible, si encuentro algo, que mi paja de esta noche se la dedique a esta sugerente pareja.Nada. Ni pelos en ninguno de los tres retretes, ni marcas de sudor, ni siquiera marcas de dedos. Encontrar un tanga usado de María ya habría sido la rehostia. Le habría servido a mi podrida imaginación durante más de dos meses. Excitado, imaginando lo que probablemente nunca ha ocurrido, olisqueo el ambiente como el protagonista de “El perfume”, con el mismo nerviosismo que un chihuahua buscando un bombón de chocolate. Nada. Me resigno a la realidad. No ha ocurrido nada. La humanidad es más decente de lo que le gustaría a mi enfermo cerebro.Bajo a recepción. María está frente a la garita de Ramón, barriendo un resto de polvo. El silencio monacal queda roto únicamente por el sonido de mis pasos, que resuenan en el mármol pulido. Cuando paso frente a ellos, me saludan tímidamente, deseándome un buen fin de semana. Cuando giro a la izquierda, para bajar al aparcamiento, miro a María de reojo. En un instante fugaz, la mujer le dirige a Ramón la mirada más lasciva que he visto en toda mi vida. El corazón me da un vuelco en el pecho. Para rematar, María pasa su lengua por el labio inferior, humedecido para la ocasión. María tiene unos labios increíblemente sensuales. Sin poder evitarlo, un fuerte y casi doloroso bulto se va formando en mi entrepierna. El “casual wear” de los viernes me está jugando una mala pasada. De llevar los pantalones chinos en vez de estos tejanos, no sentiría el malestar que estoy sintiendo. Cuando entro en el ascensor, el dolor se hace insoportable, y no me queda más remedio que abrir la bragueta, para aliviar la tensión. Finalmente, y sin saberlo, la buena de María me ha alegrado la noche



Vidas ejemplares: Bernarda Moreno

La simpática a la par que agradable Bernarda Moreno, actualmente vendedora a domicilio de productos de limpieza, perdió su oportunidad de triunfar en el mundo del cine el mismo día en que empezó, a finales de la década de los setenta, como ayudante de producción de una coproducción hispano-italiana rodada en el desierto de Tabernas, en Almería. El por aquel entonces apreciado galán Servando Molina, encorsetado a partir del suceso en papeles de monstruo de feria, enterrador macabro, jorobado de Notre Dame o simple gañán, recibió del extra Porfirio Urrutia, ex-camionero, ex-estibador de puerto, y campeón durante quince años de levantamiento de piedra de molino, un soberbio puñetazo que le destrozó por completo el rostro, y afectó a gran parte de sus funciones motoras. El inesperado puñetazo se produjo después de que el reconocido director Michael Tarantini le hiciera repetir veinticuatro veces a Porfirio una escena en la que, después de beberse un Whisky de un solo trago, amenazaba a Servando con romperle la cabeza.Fue entonces cuando Bernarda Moreno aprendió que, en las películas del oeste, el whisky siempre se substituía por té frío.

martes, 9 de diciembre de 2008

El evento


Dedicado con todo mi cariño a Michael P. King y Belly, que saben transmitir a la perfección su alegría de vivir a los pocos privilegiados que tienen la suerte de poder compartir con ellos unos cuantos días.


Rafael Salazar observó atentamente el armario de trajes del vestidor de su casa. Se decidió finalmente por una elegante chaqueta azul cobalto, que armonizaba con la camisa verde pistacho claro y la corbata azul claro que había elegido para la ocasión. Después de la chaqueta sacó el pantalón. Le gustaba ese pantalón especialmente, porque nunca rozaba los tirantes que se ponía para mantener en su lugar los calcetines de ejecutivo.

Mientras se ponía la camisa, se deleitó pensando en el día que le esperaba. Adolfo, su hijo mayor, notario como el, les iba a invitar a comer a el y a Adriana, su esposa y madre de Adolfo. en el restaurante “más elegante de la ciudad”, según sus propias palabras, con ocasión de sus bodas de plata. Irían también Bárbara, la mujer de Adolfo, y sus dos hijos adolescentes, Borja y Vanessa.

Abrió el primer cajón de la mesilla en busca de sus gemelos, pero no encontró nada en aquel batiburrillo de guantes, mecheros elegantes, pañuelos de encaje y llaves de coche de repuesto.

_Adriana, cariño, ¿dónde están mis gemelos?

Los altos tacones que se había puesto Adriana para la ocasión repiquetearon alegres en la tarima del pasillo. Una tarima de verdad, de las que crujían, de las que se colocaban únicamente en los selectos pisos del barrio de Salamanca. Adriana apareció por la puerta del dormitorio colocándose con las dos manos un pendiente de oro. “Que guapa está”, pensó Rafael sin poderlo evitar. Todavía conservaba esa elegancia felina de su juventud, y en cuanto al sexo, a medida que la capacidad de procrear se le había ido escabullendo por la edad, su libido aumentaba de manera inversamente proporcional. Rafael estaba muy orgulloso de su mujer.

_¿Dónde crees que pueden estar, cariño?
_No lo sé. Por eso te pregunto.
_Segundo cajón, Rafa, segundo cajón.

Rafael encontró por fin la cajita forrada de piel con los gemelos que le había regalado Adriana el día que aprobó las oposiciones a Notarías.

_¿A dónde crees que nos llevará Adolfo? Estoy tan ilusionado...
_Con el dineral que está ganando nuestro hijo, y la fortuna que acaba de heredar Bárbara, supongo que como poco nos invitará a Horcher, a Lardhy o a alguno de esos.
_Horcher... Dios mío. Hace más de treinta años que ni siquiera paso por delante de la puerta. Y pensar que antes íbamos casi todas las semanas...

Rafael se colocó al lado de su esposa, frente al gran espejo de marco dorado situado en una de las paredes del dormitorio. Observó a su mujer mientras esta se colocaba con maestría unas cuantas horquillas estratégicamente dispuestas, de forma que su pelo adquirió el mismo aspecto que el de una actriz cinematográfica preparada para la entrega de un óscar. Su pelo era muy diferente. Largo por los lados, pero inexistente por arriba, con un casquete de piel que crecía a un ritmo de varios centímetros al año. Rafael disimulaba el páramo existente entre el final de su nariz y su labio superior, rasgo genético de toda su familia, con un bigotillo a lo Gilbert Roland bastante atractivo, según palabras de Adriana.

Llamaron al portero. Rafael descolgó y escuchó unos segundos.

_Ya están aquí. Vamos.

Todos estaban guapísimos. Adolfo vestía una chaqueta cardigan y pañuelo anudado al cuello, con pantalones de pinzas de color beis, Vanesa un elegante vestido morado claro de Arman, con collar de perlas incluido, y los niños ropa de “The little Liverpool”, en tonos verdes y amarillos. Los cuatro llevaban zapatos de charol relucientes. Después de los saludos y abrazos de rigor, subieron los seis al Crhysler Voyager, que Adolfo había lavado en profundidad para la ocasión. Rafael se sentó al lado del conductor. Al ver que su hijo salía de la ciudad, le preguntó, no sin cierta sorpresa.

_¿No vamos al centro, hijo?
_No, papá. Me han dicho que está en un centro comercial de las afueras. Ya he metido la dirección en el GPS.
_Pensaba que íbamos a Horcher, o a Lardhy. Como dijiste que nos ibas a invitar en el mejor restaurante de la ciudad...
_Y es lo que voy a hacer, papá. Por Dios –Adolfo parecía un poco irritado-, estamos en el 2022. Horcher y Lardhy desaparecieron cuando el centro se convirtió en un getto amurallado. Hoy en día no se puede visitar si no es con escolta, y solo para realizar alguna inspección de un edificio histórico por motivos de seguridad o de inventario. El restaurante al que vamos es el más caro, con mucho, de todo Madrid, y posiblemente de toda España.
_Hace mucho que no paseo por Madrid, hijo. Ni tu madre ni yo conocemos esa muralla.
_La muralla está muy cerca de tu casa, papá. El barrio de Salamanca se quedó fuera, aunque algunas zonas no se sabía muy bien como catalogarlas.

El GPS de última generación les indicó “destino alcanzado” con su voz metálica cuando el coche estaba en el centro de un gran aparcamiento.

_¿Es aquí? –preguntó Adriana-.
_Aquí es, dijo Adolfo. Justo a vuestra espalda.

Todos miraron antes de salir del coche. Los chicos soltaron casi al unísono un “!!guauuu!!” de admiración. Se trataba de un edificio enorme, lleno de carteles de colores, globos de madera en la parte alta y grandes cristaleras a través de las cuales se podía ver el interior. Un gran payaso de metálico señalaba con su dedo índice, que se movía de arriba abajo, una hamburguesa casi tan grande como el.

_Papá, mamá, esta es mi sorpresa –dijo Adolfo sin poder contener apenas la emoción-. Hoy vamos a comer en el “Burgui Dundy”.

Bárbara no se pudo contener. Se levantó del asiento trasero y abrazó a su marido riendo y gritando como una posesa. Rafael y Adriana miraban a su hijo y a su nuera con una sonrisa forzada, sin saber muy bien qué hacer. Los niños no paraban de dar saltos de alegría.

Bajaron del coche. Vanesa y Borja salieron corriendo. Bárbara cogió el brazo de su esposo sin poder contener la alegría. Rafael y Adriana caminaban de la mano, detrás de la pareja. Cuando llegaron, los niños estaban sujetando la puerta de cristal.

Adolfo se adelantó hasta el encargado, un joven con los brazos cruzados, ataviado con un mandil rojo y una gorra roja sobre la que se podía leer “Burgui Dundy Staff” grabado en un hilo amarillo brillante.

_Buenas tardes. Tenemos una mesa reservada a nombre de Adolfo Salazar.
_Déjeme ver... Sí, aquí está. Muy bien, pase.

Adolfo hizo un gesto de desconcierto.

_¿No nos acompaña?.

El joven se encogió de hombros con aire de autosuficiencia.

_No hace falta. Está vacío. Han llegado ustedes muy pronto.

Pasaron a una gran sala sobre la que se disponían mesas de patas metálicas y tablero melaminado en blanco, y sillas de plástico de diferentes colores. Al sentarse, Adriana se desplazó hacia la izquierda y estuvo a punto de caer de la silla. Rafael la sujetó con mano firme.

_Ten cuidado, querida. Las sillas no parecen muy fuertes que digamos.
_Ya lo veo, cariño.
_Papá, mamá –dijo Adolfo-, estoy tan contento de compartir con vosotros este momento... Bueno, vamos a pedir la comida.

Rafael miró a su hijo con sorpresa.

_¿Es que no te atienden?.

Adolfo levantó la mano y sonrió, como perdonándole la vida a su padre.

_¿Qué dices, papá? Eso es una costumbre ancestral. Ya no lo hacen en casi ningún lugar, por muy cutre que sea el restaurante. No está bien visto que no puedas ver tú mismo el lugar en el que se elaboran los productos.

_Bueno, hace un montón de años, mientras estuve destinado en Barcelona, cené muchas veces en “El Bully”, y tuve la oportunidad de ver su laboratorio. Yo pertenecía a un grupo de privilegiados que cenábamos en un reservado. Adriá nos preparaba, en exclusiva para nosotros, unas fabes con almejas, huevos con morcilla y cosas así. Pagando casi el doble, claro.
_Fabes con almejas, huevos con morcilla –dijo Bárbara poniendo cara de asco-... Por favor, Rafael, no digas esas cosas delante de los niños.
_Hoy vas a tener el enorme privilegio de probar la “Burgui Dundy Special crunchy”, papá. Es un producto carísimo, pero la ocasión lo merece. Venga, vamos a la caja.

Rafael se levantó. No sabía muy bien como ponerse. Acompañó a su hijo a la caja. Cuatro jóvenes ataviados con la misma ropa que el encargado, pero con la gorra roja sin bordado amarillo, esperaban los pedidos delante de un mostrador con cuatro cajas registradoras de aspecto moderno y cuatro micrófonos cromados. Adolfo se colocó delante de uno de ellos y comenzó a pedir.

_Buenas tardes. Seis “Burgui Dundy Special Crunchy”, por favor.
_¿Menú, o sueltas?.
_Sueltas, sueltas. Cuatro cocas, y... Papá, ¿Qué bebéis mamá y tu?.
_Dos copas de rioja, por favor.

El joven desvió la mirada por un momento de Adolfo, y la posó sobre Rafael. Parecía ligeramente enfadado.

-¿Me está vacilando?.

Rafael miró consternado a su hijo, y se encogió de hombros. Adolfo se dirigió al joven tratando de quitarle hierro al asunto.

_Perdone. Es que mi padre no tiene costumbre. Dos cocas para ellos también, por favor. Dos de jalapeños con salsa Crusty y.... Si, y una de aros de cebolla “Special Size”.
_¿Algo más? ¿Postre, poteitos “marvel men”, algún “Sindy lover Nacho”?

Adolfo abrió la boca sin saber muy bien qué contestar. Empezó a sudar ostensiblemente, una característica familiar que surgía ante la adversidad de momentos como el que estaba viviendo. El hombre que se había colocado en la caja de al lado le miraba, a el y a su padre, con gesto divertido.

_N...No, gracias, nada más.
_Dos mil setecientos cincuenta euros, por favor.

Rafael dio un respingo y se acercó a la oreja de su hijo.

_Hijo, por favor, eso es una barbaridad. Anula el pedido y vámonos a otra parte.
_No te preocupes, papá. Está todo previsto. Me ha salido más barato de lo que me esperaba.

El joven dispuso seis bandejas de plástico sobre el mostrador, una hamburguesa y una bebida sobre cada una de ellas, y los entrantes en las dos últimas. Adolfo cogió tres, y su padre otras tres. Volvieron a la mesa y se sentaron en las mesas de plástico. Antes de abrir su caja de cartón, Rafael miró a su alrededor.

_Parece que esto se está llenando.

Le sorprendió ver a un joven, que caminaba como un egipcio hacia el mostrador mientras una gran camiseta le cubría las rodillas.

_Es un público exclusivo, papá. Aquí ves marcas de ropa y coches que no puedes encontrar en ningún otro lugar.
_La gente no viste como nosotros, hijo. Son ropas de marca, sí, pero modernas, de sport. Nos podías haber avisado a tu madre y a mi.
_Hay mucha gente de sport, papá, no lo niego, pero fíjate en aquel señor del rincón. Lleva una chaqueta cardigan muy parecida a la mía.
_Se habrá equivocado. Esto no tiene nada de exclusivo, hijo. Es una cadena de hamburgueserías repartida por todo el mundo.
_Papá, por favor, ¿existe algo más exclusivo que el hecho de que la “Burgui Dundy Special Crunchy sepa exactamente igual aquí que en Madagascar?.
_Bueno. Mirado así...
_El niño tiene razón, Rafael –dijo Adriana-. Eres un poquito retrógrado. Siempre lo has sido.

En aquel momento, una niña de unos cinco años vestida con un exclusivo vestido de lunares de Monchita Ferrán, se sentó detrás de Rafael, y se le quedó mirando fijamente con una sonrisa. Rafael se volvió antes de abrir la caja de su hamburguesa. La niña le gritó a bocajarro.

_¿Eres “Burgui Crunchy”?.
_No, preciosa, no soy “Burgui Crunchy”.
_No me engañes. Llevas el pelo igual que el.

Rafael recordó al enorme payaso metálico situado sobre la fachada del local.

_No soy “Burgui Crunchy”, niña, así que cómete tus jalapeños y déjame en paz.

A la niña se le borró la sonrisa de la boca. Rafael abrió su caja de cartón, sacó la hamburguesa, leyó una nota plastificada en la que figuraban los ingredientes, que venía en el interior del envoltorio de cartón, y a continuación levantó la rebanada de pan con sésamo de Irán, observó el pepinillo de Croacia cortado a mano, la cebolla de las montañas de Nepal, la lechuga de las huertas de la luna, los tomates formados en la falda del Krakatoa, y la espectacular hamburguesa de carne de vacuno criado a su bola en las calles de Nueva York, a imitación de una antigua costumbre hindú. Cerró los ojos, y se dejó extasiar por los aromas que le llegaban a la nariz. En aquel momento se sintió feliz. Mordió su hamburguesa con verdadero placer. Su boca quedó marcada con un ribete de ketchup. Involuntariamente, se volvió. Su mirada se cruzó con la de la niña del vestido de lunares, que empezó a sonreír otra vez.

_Lo sabía. Eres “Burgui Crunchy”.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Las guerras frikis


No se muy bien como empezó la locura. Al principio nos reíamos, eso sí que lo recuerdo. La gente los señalaba por la calle, y todos reían menos ellos, que asumían su personalidad sin complejos, sin ataduras, sin ningún prejuicio social. No respondían a las burlas, pero lanzaban miradas retadoras algunas veces, algo que nos tenía que haber hecho sospechar. El hecho de que tampoco tuvieran ningún sentido del ridículo también debería habernos hecho sospechar.
Creo que los primeros pertenecían a la saga de la guerra de las galaxias. Y al segundo bombardeo de la misma, a la serie de tres películas hechas con ordenador, en las que no se notaba que la luz láser del sable no era más que un truco barato, como en las primeras. Al primero que vi yo, el día que la estrenaron en un cine de la Gran Vía, fue a un Darth Maul de opereta, un muchacho rechoncho, extremadamente bajito, de cabeza hundida y piernas cortas y regordetas. La cabeza pintada de rojo parecía un tomate incrustado en un guante de cuero negro. Supongo que no se había disfrazado de Yoda porque se había autoimpuesto una especie de reto personal que desde luego no había conseguido superar con dignidad. La gente se reía en su cara, le señalaba con el dedo y algunos, los más atrevidos, incluso le echaban palomitas. Hasta el amigo que le acompañó al cine caminaba a un par de metros de él, como si aquello no fuera con él, por lo que pudiera pasar.
Después se hizo más normal verlos. A casi todos los estrenos acudían unos cuantos. La mayoría de las veces relacionados con películas de ciencia ficción o fantasía, porque claro, hubiera resultado ilógico, y sumamente complicado, disfrazarse de friki de “Los puentes de Madison”, por ejemplo, aunque habría tenido mucho mérito.
Ya nos habíamos acostumbrado a ellos, cuando fueron ellos los que empezaron a dejar de acostumbrarse al resto de la humanidad. Una vez, un espectador se retorció de risa ante un improvisado Neo que doblaba su espinazo, vestido con un traje de cuero de una calidad deleznable, curvándose hacia atrás como si estuviera esquivando una hipotética bala. Ante la risa de aquel pobre infeliz, de la fila de gente que esperaba para sacar la entrada surgieron veinte tíos vestidos de cuero, con gafas negras, y le rompieron al pobre transeúnte los brazos y las piernas a cámara lenta, como en la película.
Aquello empezó a desmadrarse. No había viernes que no estrenaran alguna película que diera lugar a toda una legión de frikis decididos a convertirla en su fundamento vital. Los primeros enfrentamientos se dieron en las salas multicines, y el más sonado fue el que reunió a los frikis de Hairspray, todos vestidos con sus trajes popis y sus melenas a lo B-52, y a los frikis de Mad Max 3, armados con cadenas ellos y salvajemente vestidas de Tina Turner ellas. Ni que decir tiene que los seguidores de Mad Max regresaron esa noche a su casa cantando, bebiendo y con los bolsillos llenos de mechones de pelo de los inocentes seguidores de Hairspray.
Los frikis de “La guerra de las galaxias” se hicieron legión. Con sus espadas de acero pintadas con pintura luminiscente lograron acabar con los frikis de la saga de “El señor de los anillos”, normalmente gente muy bajita que se podía disfrazar de Frodo sin ningún complejo, y con pocas armas, ya que se basaban mucho en una hipotética magia que claro, no existía. A estas alturas, la gente normal ya nos resguardábamos en nuestra casa durante un par de semanas, hasta que pasara la euforia del estreno, porque las calles empezaban a alfombrarse de muertos de verdad, de frikis que llevaban su pasión hasta el mismo final.
La situación dio un giro de ciento ochenta grados el viernes en que estrenaron la tercera parte de las “Las crónicas de Narnia” a nivel mundial. Miles de Darths Vaders completamente fuera de si, que al parecer se habían puesto de acuerdo gracias a Internet, arremetieron contra miles de jóvenes indefensos disfrazados de príncipe Caspian. Los Darths Vaders, enloquecidos por el olor de la sangre que habían derramado, siguieron aquella terrible noche matando, y entre matanza y matanza, se hicieron con todos los centros de poder. Los ejércitos del mundo, aletargados después de tantos años de inactividad, no pudieron hacer nada contra un grupo perfectamente organizado y sumamente letal.
Los Darths Vaders acabaron rápidamente con sus competidores. Todos los frikis sucumbieron ante su empuje excepto los frikis de Gollum, personas de una mentalidad más solitaria y menos sectaria que sus compañeros de saga. Los Gollum, en un acto más coherente con su propia filosofía que los frikis de Gandalf, por ejemplo, huyeron en manadas a las pocas cuevas que habían quedado libres después de los sucesivos desastres inmobiliarios que habían asolado el panorama mundial. Aquello fue el comienzo del fin. Cada vez más frikis ocupaban los puestos importantes, las alcaldías, los parlamentos... Las campañas de propaganda estaban plagadas de carteles de alguien disfrazado de algo, que recordaban a los estrenos de películas que yo había visto en mi juventud. A la gente normal se nos perseguía, se nos adoctrinaba, se nos vapuleaba moralmente, hasta conseguir que cada uno de nosotros creyera que el friki era el, y no los Neos, los Hellboys o los Indiana Jones que nos atendían en la ventanilla del registro o en las salas médicas de consulta. Poco a poco, nos fuimos convirtiendo en una rareza. Pasear por la calle se convirtió en un homenaje a la ciudad de Los Angeles que había imaginado Ridley Scott cuando rodó “Blade Runner”, allá por las catacumbas de la memoria.
Hoy soy consciente de que todo ha terminado. Estoy aquí, en mi casa, sentado, vestido con mi pantalón vaquero y mi camisa de cuadros rojos, como de leñador. Mi hija, de doce años, embutida en un traje de Lara Croft con prótesis mamarias especiales para un disfraz de Lara Croft de niña de doce años, me apunta con una Uzzi auténtica. Mi hijo es más pequeño. Tiene seis años. Se ha subido a la banqueta y me amenaza mientras me apunta con su mano de tijeras de verdad, como la de Eduardo Manostijeras. Grita como el vietnamita que amenazaba a Robert de Niro obligándole a que se pegara un tiro en la sien en “El cazador”. Frente a mi, en la mesa, han colocado un ridículo traje de Pedro Picapiedra, reservado para aquellos normales recalcitrantes que no se resignan a disfrazarse de nada. Que Dios acoja mi alma en su seno...