sábado, 21 de junio de 2008

Que bonito es el amor...


Fabiola miró por la ventanilla situada a su izquierda. La gente seguía entrando en el avión, cada vez más lentamente. Miró su Raymond Weil de la serie cuarzo. Apenas faltaban quince minutos para el despegue del aparato. Quince minutos para dejar atrás todo su mundo. Quince minutos para que su vida diera un vuelco de ciento ochenta grados. Miró otra vez por la ventanilla.

Y entonces le vio.

Si. Estaba segura. Era Estéfano, sin duda. Alto, moreno, repeinado, le vio a través de las ventanas de la sala de espera que comunicaba con el pasillo de embarque al avión. No podía creerlo. ¡Había venido!. Después de dos semanas de crisis, de apenas verse, de haberse tirado los trastos a la cabeza, Estéfano estaba allí, corriendo en la sala de espera, con un ramo de flores en la mano. Fabiola se levantó del asiento como impulsada por un resorte. Los otros pasajeros de business class se asustaron ligeramente al ver a aquella chica lanzarse de nuevo a la puerta de salida.

- Tengo que salir del avión.

La azafata se dirigió a ella con la mejor de sus sonrisas.

- Señorita, ya no se puede salir del avión. Vamos a despegar. Señorita, por favor...

Fabiola, sin intención, tuvo que darle un empellón a la azafata, para poder salir entre ella y una señora gruesa con camisa hawaiana que entraba en aquel momento. Fabiola no escuchó los gritos que dejaba a su espalda. Su corazón, que latía desbocado, no le permitía escuchar nada. Estéfano había venido a buscarla, y eso era lo único que le importaba en la vida.

- ¡!! Fabiola ¡!!

El desesperado y desgarrador grito de Estéfano le puso alas en los pies. Corrió por el pasillo de embarque, ante la sorpresa de los últimos pasajeros que subían al avión, que tenían que apartarse para dejar paso a aquel huracán femenino que corría desesperadamente hacia el amor de su vida.

Allí estaba. Fabiola saltó ágilmente la barrera que habían colocado para cerrar el pasillo de embarque. Estéfano, con sonrisa radiante, visiblemente alterado a causa de la carrera, la recibió con los brazos abiertos.

- ¡!! Fabiola ¡!!. Te quiero, Fabiola.
- Estéfano. Estéfano...
- Por favor, no te vayas. No puedo vivir sin ti, Fabiola.
- Pues claro que no, Estéfano, pues claro que no me voy. Yo también te quiero, Estéfano, amor mío

Fabiola y Estéfano se fundieron en un interminable abrazo. Estéfano la cogió entre sus fuertes y bronceados brazos, y giraron, giraron mientras sus labios se fundían en un beso de amor eterno.
Un beso que se interrumpió cuando se escucharon, fuertes y claras, las palmadas que estaba dando el comandante del avión. Unas palmadas sonoras, secas, lentas. Estéfano y Fabiola miraron extrañados sin dejar de abrazarse.

- Bravo, bravo –dijo el comandante. A su lado estaban el copiloto, con los brazos cruzados, y dos azafatas. Una de ellas se frotaba el hombro derecho-. Estoy radiante de felicidad. Que bonito es el amor.

- Ha sido ella, comandante –la azafata que se frotaba el hombro señalaba a Fabiola con la mano-. Al salir me ha dado un empujón, me he ido hacia atrás y me he golpeado el hombro con el extintor.

- Muy bonito, muy bonito –dijo el comandante-. Y ahora, después de este espectáculo, ¿qué vamos a hacer, señorita?.

Fabiola dejó de abrazar a Estéfano. Este se alejó ligeramente, con el ramo todavía en la mano. Cuando se dio cuenta, se adelantó y se lo entregó a Fabiola, que lo recibió con una sonrisa. Una sonrisa que se borró al instante de su cara cuando empezó a responder al comandante.
- ¿Cómo que qué vamos a hacer?. No le entiendo.
- Pues eso, que qué vamos a hacer, que qué va a pasar. Que si sale el avión o no sale, vaya.
- Bueno, yo me quedo, y el avión sale, supongo...
- Pues supone usted mal. Vamos a ver como está la situación. Por favor, sobrecargo, dígame qué ha facturado esta señorita.
El sobrecargo miró la lista que llevaba en la mano.

- Tres trolleys grandes y un baul de cuero.

El comandante hizo un gesto de fastidio.

- Vaya por Dios. La señorita...-miró la lista que le enseñó el sobrecargo- Fabiola de la Peña viaja con cuatro bultos. No podía llevar solo el equipaje de mano, no. Es de las que salen con toda la casa a cuestas.

Fabiola cogió de la mano a Estéfano.

- Estéfano, cariño, vámonos. No entiendo nada.

El comandante avanzó un par de pasos, hasta ponerse a la altura de la pareja. Por la puerta del pasillo apareció la cabeza de una señora con gafas de montura de carey.

- ¿Pasa algo, comandante?. Ya llevamos unos cuantos minutos de retraso.

El comandante se volvió irritado hacia la pasajera.

- Usted vuelva a su asiento, señora, por favor. Nadie le ha dado vela en este entierro.
La mujer desapareció para volver al avión.

- Mira, Fabiola –el comandante hablaba en voz baja, conciliador-. La situación es la siguiente: tú te quedas, pero tienes cuatro bultos bastante grandes en el avión, y hay que sacarlos, y eso nos va a retrasar más de lo deseado. Hay pasajeros en ese vuelo que tienen que tomar otros aviones en su destino, que viajan con hora, ¿entiendes, Fabiola?.

A Fabiola se le iluminó el rostro.

- Pero eso tiene una solución muy sencilla. ¡!!Quédense con mis maletas!!!: No me importa en absoluto. Tengo a Estéfano, y con eso me basta.

La pareja volvió a fundirse en un abrazo.

- Te quiero, Fabiola –dijo Estéfano a punto de estallar de alegría-.
- Ya, ya -dijo el comandante colocando tímidamente una mano en el hombro de Fabiola. La pareja volvió a separarse-, pero es que resulta que no es tan sencillo. No podemos permitir que nadie que haya facturado se quede en tierra. Compréndalo, amiga. Sería muy sencillo que cualquier terrorista hiciera eso para volar un avión. Las nuevas normativas aéreas no nos permiten hacer eso.

En esta ocasión fue Estéfano el que se encendió. Su rostro se enrojeció, lo que unido a su tratamiento de rayos UVA, le proporcionaba un aspecto bastante raro, como si su cara se hubiera puesto en technicolor.

- ¿Está usted insinuando que Fabiola podría ser una terrorista?. Mire, no le consiento...
- Que me consienta usted o no me la trae bastante floja –dijo el comandante sin levantar la voz-. Les estoy contando las cosas como son.

En aquel momento se presentó en la escena un hombre gordo, medio calvo, con la camisa sudada y con visibles manchas de grasa fuera del pantalón. Al llegar a la altura de la pareja preguntó.

- ¿Qué ha pasado?.

Estéfano se volvió sonriendo y abrazó a Fabiola.

- Me quiere.
- ¿Quién es este hombre? –preguntó Fabiola-.
- El taxista que me ha traído hasta aquí. Ha tardado quince minutos desde Serrano hasta el aeropuerto. Un figura.

Fabiola sonrió.
- Encantada. Pues si, le quiero.
- Pues entonces –dijo el taxista-, todo arreglado. Qué bonito es el amor. ¿Les llevo a algún sitio?.
- Usted –intervino airado el comandante- váyase a cuidar su huerto (1), y déjese de historias.

El taxista miró a Estéfano.
- ¿Pero qué dice este tío?.

Estéfano se encogió de hombros.

- No es tan fácil. Fabiola tiene sus maletas en el avión, y hay que esperar a que las saquen.
- ¿Pero qué cojones les están contando?. ¿Es que son ustedes tontos?. Ustedes están enamorados, salen del aeropuerto y comienzan a vivir una vida feliz juntos, y fin de la historia.
- Usted vaya a cuidar su huerto –volvió a decir el comandante-.
- El huerto que lo cuide su puta madre –los ojos del taxista se convirtieron en dos brasas-. No te jode...Después de la carrera que me ha dado este tío, que venga, que corra, que corra, que no llegamos, que venga, que si Fabiola por aquí, que si Fabiola por allá...Por culpa de Fabiola es muy posible que me haya pegado un subidón de adrenalina de puta madre, y a ver quien que me compensa a mi si me pega un infarto, no te jode... Y resulta que na, que todo eso, pa na, que por un capricho del piloto, se va a joder una historia de amor como esta.
- Es que da la puñetera casualidad de que no es la primera vez.

La voz procedía del pasillo de embarque. Un hombre alto, joven pero con el pelo canoso, situado al lado de la mujer con gafas de montura de carey, se dirigía decidido hacia el grupo.

- Venga, Fabiola, diles la verdad a estos señores.

Fabiola enrojeció sin poderlo evitar.

- ¿Qué haces tu aquí?
- Pues lo mismo que pretendías hacer tu. Rehacer mi vida. Comandante, esta mujer ha parado ya, en lo que lleva de vida, tres aviones, siete trenes y un barco. Le encanta eso. Once hombres completamente enamorados, que han jurado amor eterno, han llegado a última hora para cogerla entre sus brazos. Eso, sin contar los efectos colaterales de esos once hombres y los respectivos taxis que tuvieron que jugarse la vida entre las calles para poder hacerles llegar a tiempo. Yo fui uno de esos hombres. Fuimos felices durante casi cuatro meses, pero la cosa se acabó. Supongo que porque ya no tenía sentido que siguiéramos paralizando medios de transporte. Lo siento, Fabiola, pero cada vez te va a resultar más complicado seguir jugando a esto. Las normas son cada vez más estrictas, las puertas de los trenes ya no se pueden abrir para saltar en el último momento, los andenes son cada vez más cortos, y no te dejan correr mientras gritas tu amor...Esta cuestión se está complicando. Cuando había que bajar a la pista para subir al avión, o cuando los aviones eran tan pequeños como el de “Casablanca”, el amor resultaba sencillo. A veces, hasta el comandante del avión oficiaba la boda, pero hoy en día es imposible. Lo siento, Fabiola.

Estéfano soltó la mano de Fabiola. Parecía entristecido.

- Fabiola, ¿es eso verdad?.
- Si, Estéfano, pero yo te quiero.
- Y yo a ti, Fabiola, pero podré sobreponerme. Anda, coge ese avión. Hoy serías feliz a mi lado, pero mañana te arrepentirías. Lo importante es que seas feliz durante toda tu vida.
- Gracias por comprenderme, Estéfano. Adiós.
- Adiós, Fabiola. Hasta la vista. Perdona. ¿Te importa devolverme el ramo?.
- A, no. Claro, perdona. Toma.

Estéfano se alejó con el taxista.

- ¿Quiere que le lleve a algún sitio?.
- Si. Al club de tenis Chamartín. Es posible que Purita Cepeda todavía no haya empezado sus clases y quiera tomar una copa conmigo.

El taxista sonrió.
- Qué bonito es el amor.

El comandante puso una mano amable en el hombro de Fabiola mientras enfilaban el pasillo de embarque.

- No se preocupe. Ya verá como todo se arregla.

Fabiola sonrió y le dirigió una tierna mirada al hombre del pelo blanco, que se había puesto a su lado.

- ¿Sigues con Amalia Tejedor?.
- No. Aquello se terminó. Amalia se enamoró de su profesor de Pilates.
- A, vaya. Que interesante.

Cerrando el grupo caminaba el copiloto con la azafata del hombro dolorido, que no podía contener unos gruesos lagrimones.

- ¿Porqué lloras? –preguntó el copiloto-.
- No puedo soportar las historias de amor con final feliz.

(1) Verídico. Los taxistas de la T4 del aeropuerto de Barajas cuidan un pequeño huerto para amenizar la espera.

sábado, 7 de junio de 2008

El sabio y los califas


Ciertamente, su aspecto era el de un intelectual.

Cara curtida, gafas con montura de diseño, una mirada siempre escrutadora, atenta, felina... Así es como se ve a sí mismo Norberto Cuesta.

No se detuvo hasta conseguir parecerse a aquel Tabucchi, ya maduro, que apareció una vez en un soberbio documental sobre Lisboa, junto a otro grande, Cardoso Pires, ya fallecido, el pobre. No se detuvo, decía, hasta que logró que el tiempo y la voluntad tallaran sobre su rostro, una por una, las arrugas que lucía el insigne escritor en aquel documental, protagonizado por una prácticamente ya olvidada cantante de fados, Misia, y por un en aquel momento desconocido Gonzalo de Castro, gran actuación la suya, ejerciendo el papel de camarero enamorado a punto de suicidarse. Más tarde le llegarían a Gonzalo la fama y los laureles, como protagonista de la serie de televisión “Siete vidas”.

Ni la fama, ni los laureles. Donato, argentino ilustre, gran intelectual también, y gran amigo de Norberto, lo decía a cada momento, atribuyéndole la frase no sabía muy bien si a Perón, a Borges o a ninguno de los dos: “los laureles son para el ravioli, amigo”. Tanto Norberto como Donato despreciaban la fama, el dinero, la frivolidad y el poder, a partes iguales, y por ese orden o por cualquier otro. Los dos eran capaces de pasarse noches enteras, con un vaso de Grappa en la mano (Donato tenía la doble nacionalidad argentino-italiana, y grandes amigos en Milan que le enviaban cajones de grappa casera, más fuerte que el aguardiente gallego), divagando sobre lo divino, sobre lo humano, y sobre las mujeres que conseguían levantarse, enamoradas a gran velocidad del porte caballeroso, intelectual y maduro de los dos amigos, y desenamoradas a una velocidad si cabe mayor ante la escandalosa falta de dinero y de orden hogareño de la pareja.

No es que Norberto y Donato vivieran con estrecheces, no. Lo que ocurría más bien es que su absoluta falta de ambición había conseguido enquistarles en un puesto mediocre de una empresa mediocre, y a base de mediocridades, su cuenta bancaria se resentía un mes si y otro también, pasando del amarillo al rojo sin un aviso de cortesía. Alguna vez habían valorado la posibilidad de irse a vivir juntos, pero la pereza que les acometía ante el hecho de tener que desplazarse, el uno o el otro, cargado con los miles de libros que poseía cada uno, daba al traste con cualquier elucubración en ese sentido. No. Cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Cuando ligaban en el Ateneo o en la casa regional correspondiente después de una conferencia (que es donde ligan los intelectuales a mujeres a las que la edad, por haberles quitado la capacidad de procrear, les ha compensado con el pleno disfrute de una sexualidad experta y sin complejos), iban a casa de uno o de otro indistintamente, en función de la conferencia o la exposición a la que hubieran asistido y del libro que se hubieran comprometido a enseñar. Ya se sabe que en estos asuntos, a las mujeres les gusta ir en pareja, casi tanto o más que cuando visitan el baño, y el sex apeal de Norberto era muy similar en su decadencia al de Donato, lo que acababa de raíz con el problema de envidias y rivalidades que suele despertar en cualquier especie la lucha por la hembra. Una simple mirada, una señal de ojos, bastaba para que los dos amigos hicieran el reparto, que casi siempre solía coincidir con el que habían pensado por su cuenta las mujeres.

Una falta de ambición que le había empujado a Norberto a comprarse, por cuatro euros, el más barato de la marca más barata de los coches coreanos existentes en el mercado. Un coche que debía fabricarse no ya en un barco, como es fama de ese tipo de coches, sino en la más miserable herrería de pueblo de toda Corea. Ya le había dado varios disgustos a Norberto su adquisición. Al final, le estaba resultando más caro, avería tras avería, que si se hubiera comprado un coche más decente, con la desventaja, añadida, de que solamente existían cuatro concesionarios en toda la península, y los talleres concertados de otras marcas ya estaban empezando a hartarse de la no ya baja, sino existente calidad de los vehículos asiáticos.

Cuatro concesionarios, si, y el más cercano al lugar en donde le había dejado tirado el coche, después de soltar un extraño humo verde por la zona delantera, aquella tarde nefasta, probablemente a más de mil kilómetros.

El dueño del taller que le atendió le mostró todo su repertorio de gestos de incertidumbre, desde frotarse los ojos con los dedos llenos de aceite de motor hasta cruzarse de brazos meciéndose la barbilla con la mano.

- Para mi que va a ser circuito electrónico, que se ha quemado.
- ¿Y no puedo circular sin circuito electrónico?. Para andar se necesita el motor, la gasolina y las ruedas. Los coches antes no tenían circuito electrónico y circulaban sin ningún problema.
- Antes era antes. Es como los ordenadores. Con el Amstrad que me compré en los ochenta iban los programas más rápidos que con el Vista ese de los cojones. Un pasito para adelante y dos pasitos para atrás. Estamos en la era Yenca.

A Norberto le sorprendió la agudeza del mecánico, al que le había supuesto nada más verlo esa cortedad mental que se les supone a los hombres del campo. A pesar de ser un intelectual, Norberto también tenía su puntito de prejuicios. Una cosa no quita la otra.

- ¿Y que puedo hacer?. Tengo que estar mañana en Logroño para una conferencia.
- El coche no se puede quedar aquí. Hay que llevarlo a una ciudad grande. Si quiere, le llevo esta tarde con la grúa a Logroño, y allí da usted su conferencia y arregla el coche.
- Perfecto. ¿Dónde puedo comer algo?.
- En este pueblo solo hay un bar. Está a la entrada. Tenga cuidado: no se siente en el centro. Esta tarde entenderá porqué le digo esto. Tampoco puedo darle más explicaciones, porque está prohibido por la comisión de festejos. Deje aquí el coche, y a las cinco nos vamos para Logroño. La grúa ahora está haciendo un servicio.

Norberto encaminó sus pasos al bar del pueblo, un feo edificio de ladrillo visto, revoco, mucho aluminio y mucho cristal, que desentonaba a todas luces con el aspecto rural de las casonas que le rodeaban. “Símbolo inequívoco de la riqueza y el poder sobre los concejales de algún lugareño”, pensó Norberto. Mientras entraba, ya albergaba la idea de hacer caso omiso de las palabras del dueño del taller. Jamás le había gustado sentarse en una esquina, en un rincón o pegado a la pared. Donato decía no comprender ese aire de exhibicionismo social, porque Donato era bastante más tímido. A veces decía que a Norberto le hubiera gustado ser como el personaje principal de “La tertulia del Pombo”, el famoso cuadro de Solana. A Norberto le hubiera gustado, como a Ramón Gómez de la Serna. Soltarle cada día la homilía a sus fieles seguidores.

Se sentó pues Norberto en todo el centro de la sala, a una mesa cuadrada con un mantel blanco inmaculado, frente a una pared estucada y con aparatosas molduras de escayola que proclamaban el nefasto gusto del dueño de todo aquello, por si a alguien le había quedado alguna duda al contemplar la fachada. Frente a sí le observaban cuidadosamente, como suelen hacer las personas de todos los pueblos de España con todos los forasteros sin cortarse un poco pelo, tres hombres de mediana edad, gruesos, con cara de becerro y las gafas de sol colocadas en lo alto de la cabeza. Norberto comprendió enseguida que se trataba de cuatro hombres de negocios locales, probablemente cuatro constructores de locales tan horteras como ese. No es que la agudeza de Norberto se saliera de lo normal, sino que al lado de uno de ellos descansaba sobre la mesa un catálogo de hormigoneras.

- Buenas tardes. Que aproveche –le dijo uno de ellos cuando el camarero colocó delante de Norberto un cuenco con pan tostado untado de ajo. Norberto se había abalanzado sobre uno de los trozos con visible ansiedad. Es muy mala la costumbre de salir de viaje sin desayunar nada-. Parece que hay hambre.

Norberto observó tanto a su interlocutor como a sus compañeros, casi clones, mientras devoraba el pan con ajo, que estaba buenísimo, todo hay que decirlo. Le extrañó el hecho de que estuvieran los cuatro sentados de espaldas a la pared, como las muchachas que esperan en el baile a que alguien las saque a bailar. Le extrañó también su envaramiento, que al parecer les empujaba a mantener la espalda pegada al muro, y a no despegarla ni siquiera cuando se metían entre pecho y espalda una cucharada del platazo de judías con chorizo que tenía delante cada uno de ellos. Pero lo que más le extrañó a Norberto fue el exagerado estrabismo que mostraban los cuatro, como si de una enfermedad endémica se tratara. Cada uno de ellos mantenía un ojo mirando al norte y el otro al sur, y provocaban en Norberto ese extraño nerviosismo que te obliga a colocarte en el lugar que crees apropiado cuando te encuentras con alguien de fuerte estrabismo.

- Pues si, si que hay hambre –contestó Norberto sonriendo-.
- ¿A Logroño? –le preguntó otro, con ese laconismo también característico-.
- Si. A una conferencia.
- ¿Y como le ha dado por detenerse en este villorrio?- le preguntó el tercero. Aquello estaba empezando a parecerle a Norberto el tribunal de las aguas-.
- El coche, que me ha dejado tirado.
- ¿Qué coche tiene?.
- Un Tanewoo.
El primero de la izquierda levantó el brazo con gesto despectivo mientras sacaba el cucharón de su boca.

- Ese coche es una mierda, hombre de Dios. Para comprarse eso, no se compre usted nada. Para ir por carretera, hay que ir seguro. De Mercedes para arriba.

- Bueno, ¿cómo le diría yo –contestó Norberto. Su sonrisa estaba empezando a entumecerse en su boca-. Es que para mi el coche no es algo que tenga la más mínima importancia.

- Eso se nota. Tan poca importancia tiene, que le ha dejado tirado.

Los otros tres becerros celebraron con oportunas risotadas la ocurrencia del tercero empezando por la izquierda. Norberto comprendió que estaba a punto de sufrir en sus carnes otra de las características que, según el, mantenían desde tiempos ancestrales los que vivían en el campo: su temprana pérdida de respeto hacia los interlocutores, por muy recién llegados que estos fueran.

- Si, la verdad es que no he tenido suerte.
- Bueno, no pasa nada. Un par de horas más, y el Fulgencio le lleva a Logroño. Allí, seguro que encuentra un cuadro electrónico para el Tanewoo ese que se ha comprado.

Tercer axioma de fe. Norberto no pudo hacer otra cosa que sentir auténtica admiración hacia el sistema de comunicaciones de aquel lugar, fuese cual fuese. La noticia de su aventura, con pelos y señales, les había llegado a aquellos cuatro hombres antes de que el entrara en el bar.

- Y así –dijo el segundo guiñándoles el ojo a los otros tres-, a lo mejor le da tiempo a jugar un turno de “puta cuchilla”.
- ¿”Puta cuchilla”? –dijo Norberto cada vez más relajado. Había caído en la cuenta de que era Fulgencio el que iba a conducir por la tarde, y para celebrarlo se había bebido ya tres vasos de vino tinto de buena calidad-. ¿Qué es eso?.
- Ya lo verá, ya. Oiga, usted que tiene cara de saber bastantes cosas, ¿sabe que tres huertas famosas hay en España?.
- Pues no, no caigo en estos momentos.
- La huerta murciana, la huerta valenciana y la “huerta” ciclista a España.

Esta vez, hasta el camarero soltó la risotada mientras colocaba delante de Norberto un plato de sopas de ajo con el correspondiente pulgar metido dentro. El vino estaba empezando a hacer estragos en el ánimo de nuestro amigo. Una densa nubecilla de placer se empezaba a adueñar de sus sentidos.

- ¿Y saben ustedes lo que dijo Chateaubriand?.

Los cuatro se pusieron serios y se miraron unos a otros, si es que se podía llamar mirar a aquel errático movimiento de ojos. El tercero se encogió de hombros.

- ¿Y quien es ese “Chato”?. No le conocemos. ¿Algún concursante de Gran Hermano?.
- Si, pero cuando el gran hermano se llamaba Robespierre –Norberto se rió de su propia ocurrencia como solo un intelectual de casta suele hacerlo, es decir, en solitario-. Bueno, pues dijo: “Talleyrand no era más que una mierda envuelta en medias de seda. Ja, ja, ja. Una mierda envuelta en medias de seda.

El tercer hombre le hizo una seña al camarero. Cuando se acercó, le sugirió que no le diera más vino al forastero. En aquel momento, se escuchó un desaforado grito procedente de la cocina.

- ¡!! Puta cuchilla ¡!!.

Norberto se encontró de repente mirando al techo, decorado con estrafalarios frescos, muy saturados de color, que intentaban reflejar querubines. Su vista discurría de forma circular, mirando ahora a la pared situada a la espalda. No entendía esa capacidad de visión, hasta que pudo ver, bajo el, y mientras seguía subiendo, su propio cuerpo sentado en la silla, con los brazos extendidos, los cubiertos en la mano, y un gran chorro de sangre, que surgía del lugar que había dejado de ocupar la cabeza.

Y fue en ese momento cuando Norberto comprendió, mientras observaba a los cuatro hombres agachados y pegados a la pared, lo que significaba “puta cuchilla”, lo que significaba el exagerado estrabismo de aquellos hombres, que tenían que mirar por fuerza hacia todos los ángulos por los que podía surgir esa “puta cuchilla”, y lo que significaba el consejo del bueno de Fulgencio, que no debía de ser la primera vez que se lo daba a un forastero. Todo eso comprendió Norberto mientras su cabeza giraba, giraba y giraba, en lo que a el le parecía un lento movimiento, cada vez más lento y cada vez más gratificante, y siguió comprendiendo Norberto hasta que la sangre terminó de salir del todo de su cráneo y la oscuridad se enseñoreó de su conciencia.

Hasta el último momento había estado comprendiendo Norberto. Al fin y al cabo, era todo un intelectual.

viernes, 30 de mayo de 2008

Volvemos después de la publicidad

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En caso de que el país elegido por usted se sumerja por motivos ajenos a su voluntad en la oscuridad de las guerras, la penuria económica o la concatenación de causas naturales adversas, le devolveremos su dinero. En caso de que se sumerja en cualquiera de las antedichas circunstancias a causa de su voluntad, recibirá usted la medalla especial de Viajes “El destino”, concedida a nuestros clientes que han conseguido, merced a su esfuerzo y dedicación, convertirse en líderes absolutos de los países que han elegido.

La características principales de su estancia en esta categoría se pueden resumir en los siguientes conceptos: derroche, frivolidad, lujo y un inmenso poder que le permitirá mirar por encima del hombro a todos sus semejantes. A menos que se convierta usted en un auténtico gilipollas, como le ocurrió a personajes como Patty Hearst, Paul Getty y otros inmaduros que no supieron asumir su privilegiada posición, gozará usted siempre de la eterna sonrisa que proporciona la seguridad económica y el prestigio social.

¡! Disfrute de la vida!!. Llevará usted relojes, que sustituirá a los tres o cuatro meses por cuestiones de moda o de mercado, cuyo precio superará con creces el presupuesto necesario para alimentar a toda una familia del tercer mundo durante un año. Sienta un escalofrío de placer al tomar conciencia de que su propio perro tiene el privilegio de disfrutar de servicios médicos, estéticos y culturales a los que ningún ser humano del tercer mundo tiene acceso. Gástese alegremente trescientos euros, doscientas libras esterlinas o quinientos dólares, en una comida ejecutada a base de nitrógeno y trocitos de hierbas raras, por el simple gustazo de presumir en su entorno, Valore, en definitiva, su altísimo estatus como ser humano.

- Servicio especial, a secas: uno de los segmentos sin duda más apreciado por nuestros clientes. Una vida sencilla, en cualquiera de los diez primeros países del mundo, pero en una zona rural. Siempre le queda la posibilidad, mediante un minúsculo desplazamiento, de acceder a los beneficiosos privilegios de vivir en una gran ciudad. Mientras tanto, disfrute de sus años rodeado de una virginal naturaleza, y de una fértil tierra que le proporcionará, a poco que se lo proponga, más alegrías que tristezas, regalándole productos que podrá consumir usted mismo y compartir con sus amigos y clientes. Por un pequeño suplemento adicional, le haremos llegar a un prestigioso viñedo de fama mundial con su “chateau” y todo.

- Servicio especial español. Permítase el lujo de viajar a uno de los países considerados tradicionalmente como entre los más felices del mundo. Siesta, toros, Almodóvar, pandereta, sol, sangría y corrupción urbanística. Acceda al privilegio de poder dejar abierto el grifo del agua en un país en continua guerra por tan preciado elemento. Conviértase en un sufrido ciudadano, y aguante con beatitud mariana los interminables atascos, las interminables colas a la hora de realizar cualquier gestión, las interminables envidias de sus vecinos o las interminables listas de espera de la Sanidad Pública (esta opción a punto de desaparecer de nuestra oferta).


Por un minúsculo suplemento, disfrutará usted del privilegio de pertenecer a alguna de las rancias familias que se reparten el territorio como si de una tarta de arándanos se tratara, a alguna de las rancias familias cuyos miembros llenan las revistas del colorín y los programas del corazón, o a alguna de las rancias familias que se llevan su dinero a países pertenecientes al segmento SEVIP. Valore usted la posibilidad de acceder a ese segmento mediante un simple movimiento de capitales. Como advertencia, comunicarle que no nos responsabilizamos si su empresa se ve envuelta en algún asunto de corrupción, si su vivienda se inunda por las repentinas crecidas de los ríos o si decide viajar a zonas consideradas como de alto riesgo de actividad terrorista.

- Servicio normal primera: dese usted el gustazo de viajar a ciudades de ensueño situadas en países en vías de desarrollo, como Dubai, China, Malasia, Emiratos... Los más altos rascacielos le esperan. Siendo más económico que los segmentos anteriormente mencionados, este segmento tiene un sobrecoste especial, debido a la extrema precisión que tienen que desarrollar nuestros científicos para hacerle llegar al lugar adecuado. Un pequeñísimo error de cálculo podría hacerle dar, Dios o lo que sea no lo quiera, con sus huesos en un puto desierto, o en una aldea infecta en la que llueve a todas horas y en la que una piara de cerdos vietnamitas comen, arrasan y destrozan todo lo que encuentran a su paso.

- Servicio normal segunda: este segmento es el que más amplitud tiene. Comprende toda China, India, amplias zonas de Rusia, Nueva Zelanda y la práctica totalidad de cualquier país del sudeste asiático, exceptuando las grandes macrociudades del segmento anterior. Su vida puede convertirse en toda una experiencia para los sentidos. Disfrute del orgullo de servir con su esfuerzo y su sudor al bienestar del primer mundo. Trabaje de sol a sol, saltándose el empalagoso periodo que comprende la infancia, por cuatro miserables rupias. Déjese empapar por la lluvia persistente de los monzones. Déjese embadurnar por el gratificante polvo de los caminos antiguamente conocidos como “La ruta de la seda”. Con un poco de suerte, y después de haber realizado una inversión ínfima, podrá usted, gracias a algún turista del primer mundo que se haya prendado de su belleza, acceder de manera inmediata al segmento SEVIP. Si elige India, disfrutará usted de la sinrazón de una mezcla de religiones ancestrales, que marcarán su vida en uno u otro sentido. Dispondrá usted en este caso, sin que le cobremos por ello ningún tipo de suplemento, de varias posibilidades en cuanto a su zona de llegada, sin que hasta el momento nuestro departamento científico haya sido capaz de convertirlas en una opción a elegir por usted, ya que las posibilidades no están limitadas ni por zonas geográficas, ni lingüísticas, ni de cualquier otro tipo. Lo mismo puede usted caer en el seno de una familia de Bollywood, que en el seno de una familia que lo primero que haga, si es usted mujer, sea arrojarla sin piedad al infecto río más cercano. Pasando, claro está, por la posibilidad de que llegue usted a una familia de parias, lo más lejano al ambiente de Bollywood descrito más arriba. La India es un microcosmos de todas nuestras ofertas, sazonado con un intenso colorido, con sabores exóticos y con un sentido religioso que supera cualquier tipo de racionalidad.

- Servicio cutre luxe: el más económico de nuestros segmentos vacacionales. Especialmente diseñado para los amantes del riesgo, la aventura y las ganas de vivir. Llegará usted a un país tercermundista o en plena crisis de conflicto armado. La naturaleza especial de este servicio nos impide ofrecerle la posibilidad de caer en alguna de las familias que controlan la situación. Nuestra desgraciada experiencia con el señor Idi Amin Dada nos hizo prescindir de esta posibilidad, a la que solo se puede acceder mediante el segemento SEVIP, sección Grandes Esquilmadores.

Viva usted la singular experiencia de no tener ninguna posibilidad en la vida. Forme parte del mayor porcentaje de seres humanos que pueblan la Tierra: el de los paupérrimos. Pase hambre, necesidades, peligros animales y humanos. Sienta en sus carnes la mordedura del racismo más exacerbado, de la miseria, de las enfermedades más sugerentes y de imposible curación por falta de medios. Aprenda a esquivar las balas, los machetazos, las innumerables minas enterradas fabricadas en países del primer mundo. Piense que, si sobrevive a todo esto, cosa poco probable que sin embargo alguno de nuestros clientes ha conseguido, estará usted más que capacitado para emprender un éxodo hasta el primer mundo, cada vez más cercano en la distancia pero más alejado en el espíritu, y se habrá ahorrado usted una pasta gansa.

Con esto le hemos resumido las características de nuestros segmentos vacacionales actualmente en vigor. Independientemente del que usted elija, podrá contratar paquetes suplementarios de imprimación de carácter personal, que se ordenan, desde el más barato al más caro, en las siguientes categorías: simplón (casi límite. Es el mínimo posible a contratar. De momento no se nos permite acceder a categorías inferiores), inocentón, normalizado (es el espectro más amplio), espabilado, listo, listorro, hijo de puta e hijo de la gran puta (máxima categoría. Reservado a traficantes de armas del primer o del tercer mundo, narcotraficantes, señores de la guerra , dictadores, asesinos y demás ralea). Piense usted que una elección acertada por su parte le permitirá acceder con mayor o menor comodidad de un segmento a otro, o disfrutar con más intensidad del entorno que haya elegido. Por ponerle un ejemplo que le pueda clarificar su posible elección, podríamos decirle que un simplón en SEVIP no necesita una categoría superior para pasarlo bien, mientras que a un viajero SCL (servicio cutre luxe) le vendría muy bien comprar un carácter al menos de espabilado para poder aprender a manejar un cayuco, por ejemplo.

Creemos que, a estas alturas, no es necesario advertirle que, a medida que se desciende de segmento, aumentan proporcionalmente las posibilidades de regresar al limbo en menos tiempo. Usted se ahorra dinero, pero se arriesga a tener que volver a empezar.

Esperamos haber sido capaces de aclarar sus posibles dudas, y no nos queda más que despedirnos de usted, no sin antes recomendarle encarecidamente que, para su próxima experiencia vital, nos elija a nosotros, ya sea por nuestra reconocida experiencia en el mercado o porque, seguramente, habrá usted comprobado que, cualquier consideración que mezcle la religión con el hecho de vivir, es a la larga un absoluto fracaso. Créanos. Hemos sido capaces de convertir la opción de nacer en tal o cual lugar en una simple cuestión de dinero. No se caliente la cabeza con otras consideraciones.

Sin más, recomendarle finalmente, la mejor opción posible: nazca con nosotros, o siga usted en el limbo, amigo. Usted decide.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Diálogos de Carmencitas





He decidido recopilar en un libro quince de los dieciséis relatos escritos hasta el momento en mi blog “Los relatos del acompañante”. Los amigos de BUBOK brindan la oportunidad de publicar tu libro a tu gusto, controlando la portada, el tamaño, el tipo de papel...Creo que el resultado es lo bastante digno como para comprarlo, y a un precio asequible. La forma de pago también es una novedad, pues se puede pagar con cualquier tarjeta, y también mediante el sistema Paypal.

Los relatos van desde el primero, “Dulce Navidad”, publicado en Diciembre de 2007, hasta “Amaretto sensual”, que apareció en Marzo de este año. He utilizado uno de los relatos, “Al viento le pregunto”, dividiéndolo en dos partes y modificándolo ligeramente, para añadir a la recopilación una presentación y un epílogo. Hay una dedicatoria especial a Edda, fiel lectora de mi blog, que con sus inteligentes comentarios y sus apreciadas palabras de ánimo me ha animado cada semana a seguir con el blog.

La dirección para comprar los libros es la siguiente:

http://felixon.bubok.es/

También tenéis la opción de leer los relatos, gratis, en el blog, cuya dirección es la siguiente:

http://relatosdefelix.blogspot.com/

Aunque lo más seguro es que, cuando leáis un par de relatos, estaréis deseando comprar el libro.

lunes, 12 de mayo de 2008

El hombrecito azul


Gustavo cogió al hombrecito azul y acarició su mejilla con la cabeza del muñeco. Tuvo una repentina sensación de bienestar. La calma, la paz, y una cierta laxitud mental, se apoderaron de su espíritu con la misma fuerza que si se hubiera fumado una pipa de opio.

El hombrecito azul acompañaba a Gustavo desde su más tierna infancia. Se trataba de un muñeco de tela que le había hecho su madre, con la forma de un ser humano, los brazos y las piernas ligeramente abiertos, la cabeza redonda y ningún rasgo que le caracterizara. Ni orejas, ni ojos, ni ningún otro elemento que sobresaliera de aquella superficie clara y limpia. Un trozo de tela azul claro, liso, formando un cuerpo que se deformaba, y recuperaba después su forma, gracias al sabio relleno, mezcla de arroz y serrín, que le había colocado la madre de Gustavo en las entrañas.

Al principio eran los dos casi del mismo tamaño. Cuando llegaba del colegio, Gustavo subía directamente a su habitación, agarraba al hombrecito azul, al que por aquel entonces llamaba “el pelele”, y le sometía durante más de dos horas a una soberana paliza, compuesta principalmente de puñetazos, mordiscos, estrangulamientos y temibles llaves de una especie de jiu-jitsu inventado por Gustavo, cada vez más perfeccionadas, que acababan con el pobre muñeco estrellado contra el techo o contra el marco de la pesada puerta de madera de la habitación. Gustavo, criaturita, se enardecía ante la pasividad del “pelele”, que encajaba las torturas de su amo con un estoicismo digno de figurar en cualquier tratado de filosofía. Lejos de apiadarse de su esclavo, Gustavo proseguía con sus vejaciones hasta terminar literalmente agotado, sudoroso y satisfecho de su supremo poder sobre el muñeco.

La beatífica sonrisa que caracterizaba sus momentos de paz interior, se dibujó en el rostro de Gustavo, y ya no se borraría en una larga temporada. Se probó el smoking, que le quedaba perfecto, se colocó la pajarita, se ató los cordones de sus perfectos zapatos de charol negro, y todavía le sobró tiempo para darles un par de consejos a sus padres, en especial a su madre, la madrina. Miró su magnífico reloj Patek Philippe. Todavía sobraba tiempo. Se permitió el lujo de volver a su habitación a darle el último abrazo al hombrecito azul.

Las palizas al muñeco fueron perdiendo intensidad a medida que Gustavo crecía y el muñeco se le iba quedando pequeño. Algún estudioso de los recovecos de la mente humana hubiera podido aventurar una teoría, tal vez un cierto sentido de la decencia que se iba desarrollando poco a poco en el privilegiado cerebro de Gustavo, que comenzó a despuntar en el colegio gracias a su inteligencia y a su desarrollada capacidad para las matemáticas. Debía de parecerle un signo de crueldad innecesario ensañarse con algo que no le podía responder, y además de un tamaño cada vez más inferior al suyo. El caso es que, un buen día, Gustavo agarró del cuello a su hombrecito azul, pero en lugar de soltarle la bofetada de rigor, le sentó con sumo cuidado en la almohada de la cama, y se limitó a observarle. Jamás volvió a darle una paliza a aquel trozo de tela, que con tanta resignación y piedad cristiana había soportado su salvajismo durante todos aquellos años.

Todo transcurría según lo previsto. Su padre condujo el Audi de un modo perfecto hasta Los Jerónimos, a pesar de la incipiente demencia senil que se iba apoderando de su cerebro. Su madre, nerviosa como un flan, estaba radiante con aquel vestido de Pedro del Hierro. Sus compañeros de carrera, ingenieros de caminos como el, le recibieron con los brazos abiertos y abrazos de felicidad. La Iglesia, luminosa, parecía contenta de albergar su enlace con Rebeca Sotillos, la hija del famoso armador Francisco Sotillos, a la que había conocido mientras ambos estudiaban su master de dirección de empresas en Boston.

Rebeca llegó radiante, como un sol esplendoroso. La ceremonia se desarrolló de forma tranquila y reposada. La sonrisa de Gustavo había conseguido transmitirle a la novia la misma paz de la que disfrutaba el novio. Todo el mundo estaba tranquilo y contento aquella tarde. Hasta la madrina, que se había mantenido como un flan hasta llegar a la iglesia, parecía ahora mucho más sosegada.

Y después de la ceremonia, la cena, en el Casino de la Calle Alcalá, con sus entraditas de diseño y sus menús artísticos. Los invitados recibían cada plato con un “ooooohh” de admiración, y algunos, los más atrevidillos, se permitieron incluso el lujo de aplaudir a la llegada del postre, un suflé coronado con tejas de trufa y láminas de turrón caramelizadas. Aplaudieron de una forma sutil y elegante, por supuesto.

Todo se desarrolló según lo previsto, sin estridencias, con la elegancia propia de los amigos y familiares de una pareja con tanta clase y savoir-faire como la formada por Gustavo y Rebeca. Los discursos que dieron los mejores amigos de la pareja, llamando la atención de los invitados con ligeros tintineos en las copas de cava, tuvieron una altura sentimental fuera de lo común. El que ya no estuvo tan acertado fue el padre de Rebeca, el armador, que había abusado bastante del Pesquera y desbarró un poco al tratar de hacer ver a todo el mundo que no perdía una hija, sino que ganaba un hijo.

Los invitados fueron abandonando poco a poco los abigarrados salones del Casino para bajar a la discoteca, en el sótano del edificio, donde se sirvió una barra libre compuesta de los más prestigiosos licores de marca. Rebeca y Gustavo aprovecharon el álgido momento de la Conga de Jalisco, que se dejó escuchar a altas horas de la madrugada, para despedirse tímidamente de sus familiares y amigos y abandonar la fiesta que se había montado en su honor.

Tampoco se borró la beatífica sonrisa del rostro de Gustavo durante las cuatro semanas siguientes, en las que la pareja disfrutó de un soberbio viaje a la Patagonia, Japón y la costa Oeste de los Estados Unidos, financiado casi en su totalidad por el adinerado padre de Rebeca. Durante los gloriosos momentos en los que los naturales escarceos amorosos de la pareja remitían, tuvieron la ocasión de contemplar con sus propios ojos algunas de las zonas más descaradamente bellas de todo el planeta.

A su vuelta a la realidad, con el cansancio acumulado del viaje de novios, la pareja se tomó un par de días de descanso en la casa del barrio de Salamanca que habían comprado para desarrollar, como mandaban los cánones, su vida en pareja. Al final del merecido descanso, prodigaron las visitas a sus respectivas casas, durante una semana más, al objeto de recuperar su objetos amados. La extensa librería del salón, de más de veinte metros cuadrados, albergó sin problemas la colección de libros, tanto técnicos como lúdicos, que cada uno de los contrayentes había ido acumulando a lo largo de su vida. Los amplios armarios tampoco tuvieron ningún problema para guardar en su interior el extenso catálogo de ropa de marca de cada uno de ellos.

El domingo por la tarde, Gustavo sacó por fin al hombrecito azul de su bolsa de viaje, y lo colocó en la cama de matrimonio, entre los dos cojines, sobre el edredón decorado con flores de lis y tulipanes reales. Rebeca entró en aquel momento en la habitación.

- ¿Qué haces?.
- Pues mira. Colocar al hombrecito azul.

A Gustavo le pareció que el rostro de Rebeca, tan radiante desde hacía más de un mes, se ensombrecía de repente y adoptaba una extraña expresión, mezcla de asco y tristeza, al tiempo que le decía:

- Pero Gustavo, por el amor de Dios, digo yo que el hombrecito azul no pega mucho con el edredón de La Redoute, tienes que comprenderlo...

Aquel fue el preciso momento en el que la beatífica sonrisa de Gustavo se borró de su rostro para siempre.

La policía irrumpió en la vivienda, avisada por las nerviosas llamadas de varios vecinos que, dado su estatus, no estaban acostumbrados a convivir con los salvajes gritos que se habían dejado escuchar, apenas una hora antes, procedentes del piso de Gustavo y Rebeca. Al avezado oficial que llegó en primer lugar al dormitorio de matrimonio, el corazón le dio un repentino vuelco en el pecho, al tiempo que le temblaron tanto las piernas, que no le quedó más remedio que sentarse a la orilla de la cama, agarrándose con las dos manos al edredón para no caerse. Los dos oficiales que le acompañaban, más bisoños que su compañero, tuvieron el tiempo justo para darse la vuelta y vomitar sin ningún pudor, y sin poder contenerse, sobre la soberbia tarima de madera antigua que algún decorador de alta cuna había colocado en las habitaciones nobles de toda la casa.

Lo que apenas unas horas antes había constituido el cuerpo lleno de vida de una persona de gran belleza llamada Rebeca Sotillos, colgaba ahora, como un amasijo informe, de la barra de hierro fundido de la que caían las cortinas. Gustavo se las había arreglado para ensartarla, como en un espetón, cogiéndola en vilo y empujándola brutalmente contra el extremo puntiagudo de la barra. No contento con eso, le había descerrajado el estómago, y esparcido los intestinos desde su posición hasta la lámpara de araña del techo de la habitación, de la que pendían oscilantes, sanguinolentos y todavía templados, como si de unos macabros adornos de feria se tratara. Gustavo contemplaba su obra sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en el lateral de la cama y el hombrecito azul firmemente abrazado. Sus ojos, vacíos, contemplaban las dos palabras, al principio incomprensibles para el policía, que había escrito en la pared con la sangre de Rebeca: “Hombrecito azul”.

Cuando le encerraron, sin que nadie se hubiera preocupado de arrebatarle de los brazos al hombrecito azul, Gustavo pasó su mano por las suaves paredes acolchadas de la celda.

- Mira. Vamos a ser felices aquí, hombrecito. Son azules. Como tu.

lunes, 31 de marzo de 2008

Amaretto mortal


Es extraña la amistad entre dos mujeres, si es que existe tal concepto. De niña me costaba hacer migas con alguien. Enseguida me sentía traicionada, sobre todo cuando veía a mi amiga de toda la vida, a mi amiga “de la muerte”, como decíamos en el colegio, del brazo de otras dos chicas, normalmente enemigas del alma. La hasta entonces amiga me miraba, me señalaba con el dedo, y se reía de mi, se descojonaba, hasta el punto de que a más de una le salía el aparato bucal despedido por la risotada, y así una y otra vez, un par de amigas del alma por curso, más o menos, que no me duraban ni cuatro meses.

Con la edad, una va aprendiendo, entendiendo la naturaleza humana, tan sencilla en los tíos y tan complicada entre tías. Tu amiga del alma al principio te soporta, después te lleva de compras, sales con ella de copas un par de veces, y ya se puede decir que es tu amiga para toda la vida. Hasta que le dices que ese grano en el culo la hace muy fea, o que tiene el mismo pelo que un paso de una procesión. Todas las confidencias que le hayas hecho hasta ese momento pasarán automáticamente al capítulo de armas en tu contra, y por una simple apreciación fruto de la sinceridad que se supone que tiene que existir entre dos amigas.

Para eso de la amistad, los hombres son más simples. Mi Tono, por ejemplo, es íntimo amigo de Juanmi, el de la pescadería, y cada sábado por la noche, después de la sexta copa, más íntimo todavía. En ese momento, con la boca pastosa y los ojos lacrimosos, Juanmi y mi Tono se abrazan, emocionados, diciéndose esa frase que tantas veces he escuchado: “Eres un tío...Eres un tío...De puta madre, coño. Eres un colega de verdad. Pídeme lo que quieras, tío. Eres auténtico, joder, tío. Dame un beso...” y aquí es donde ya nos interponemos Charo, la novia de Juanmi, y yo, porque si no, aquello puede acabar como el rosario de la aurora.

Y fíjate, con Charo no me llevo ni medio bien, porque es una tía demasiado fashion, demasiado Holiday gim, qué se yo. Solo sabe hablar de Pantenes y de Loreales, “porque yo lo valgo...”, parece que te está diciendo a cada momento, y ya me tiene harta, siempre con la misma cantinela, cansina ella.

Con la que me llevo fenomenal es con Puri, la farmacéutica. Y la cosa empezó como si nada, por un par de veces que quedamos para tomar café, porque cuando yo salía de la peluquería, ella cerraba también la farmacia, y nos cruzábamos, y un día me dijo eso, que si quería tomar un café, y yo accedí, y resultó que era una tía de lo más simpática. No es que sea guapa, que no lo es, sino más bien fea, pero es que le importa un carajo. Tiene un novio majísimo, según las fotos que me ha enseñado, y siempre está abriendo la boca, exagerada, cuando le enseño fotos de los abdominales de mi Tono, que es que se los curra todos los días. Bueno, pues así empezó la cosa, y de ahí no ha pasado todavía, y no sé porqué, pero me da la impresión que la amistad con la Puri va a continuar, porque la amistad, la amistad de verdad, entre dos mujeres, empieza con las confidencias, y confidencia más grande que la que le hice yo a la Puri, hace ya tres meses...Confidencia más grande que esa, es complicada de imaginar

- ¿Porqué no te pones las gafas en la cabeza? –me preguntó la Puri mientras nos tomábamos un frapuccino con chocolate- con lo bien que te quedan, mujer.

Ahí sentí algo. Sentí un impulso que no había sentido desde que le enseñaba, a mi amiga del alma de turno del colegio, mi colección de tebeos de “Esther” y mis libros de los “Hollister”. Y sentí también que en aquella ocasión, la Puri no me iba a abandonar agarrada a los brazos de las dos tías más pedorras del colegio.

Claro, que había una diferencia: lo que le enseñé a Puri tampoco tenía mucho que ver con los tebeos de “Esther” o los libros de “Los Hollister”. Me levanté el lado derecho de las gafas. Solo un poquito, y sin decir nada. Puri empalideció tanto, que el colorete que se había dado antes de salir de la farmacia pareció que se ponía en tres dimensiones.

- ¡Madre del amor hermoso!. Pero criatura, ¿quién te ha puesto el ojo así?. Y no me digas que te has dado contra una puerta, que no me lo creo.
- No, hija, que más quisiera yo. Con un armario, si acaso. Ha sido mi Tono –cuando dije “mi Tono” gimoteé un poquillo, como unas verdadera profesional-.
- Pues menudo hijo de puta que está hecho.
- Lo sé. Ya no aguanto más.
- ¿Te pega desde hace mucho tiempo.
- No. Desde ayer, pero ya no aguanto más. Cada día está más violento. Todos los días viene mamado a casa. Sale del parking, encabronado, porque a todo el que entra le ascienden a los dos días y se lo llevan de segurata a un banco o a un hotel, y el sigue ahí, chupando monóxido, que lleva ya más de veinte años bebiendo de la manguera del garaje y vomitando después, que esa agua no hay quien se la beba, y claro, sale y se emperejila, porque tiene la moral por los suelos, y la tiene que poner otra vez en su sitio, y se enrolla con uno y con otro, y se coge una cogorza de padre y muy señor mío.
- Y llega a casa y te da una paliza.
- No. Hasta ayer no. Ayer discutimos, y me soltó una leche. Yo le solté a el otra, y se echó a llorar. Después hicimos el amor, como siempre, como ya te he contado –la forma en que hacemos el amor con nuestra pareja creo que es una de las cosas que primero se le cuentan a una amiga, por muy reciente que sea-, en plan sesenta y nueve, el amorrado al pilón, después de embadurnármelo de Amaretto di Saronno, y yo a su picha, a palo seco. Es lo que más le gusta, y a mi también la verdad.
- Ese licor es muy caro.
- El oficial. El que tenemos nosotros lo compramos de oferta en el Lidl. Sale muy bien de precio.
- Bueno, pues con Amaretto o sin Amaretto, con sesenta y nueve o sin el, no se lo puedes consentir, Carmen, mujer, que esto siempre va a más.
- Le voy a dar una oportunidad, y ninguna más. La próxima vez que me toque, me divorcio.

Y así quedó la cosa. Y el hijo de puta del Tono, que cada vez estaba más cabreado con su jefe, pero no se atrevía a levantarle la voz porque, en el fondo, el Tono, mucho musculito y mucho gimnasio, pero era un auténtico gilipollas, me respetó durante un par de días, pero al tercero me volvió a amoratar un ojo, esta vez el izquierdo, para compensar, y cuando lo vio, la Puri se puso hecha una fiera.

- ¿Pero es que se ha atrevido a tocarte otra vez?.
- Ya lo ves, mujer.

La Puri cada vez empalidecía menos. La fuerza de la costumbre de verme hostiada cada día, supongo. Porque, a las tres semanas, los moratones se repetían diariamente. Para aquel entonces, Puri y yo éramos ya amigas para toda la vida, íntimas, pero de verdad, así que no dudé ni un momento en decirle lo que le dije, mientras ella sorbía ruidosamente (Puri es muy viajada y sabe perfectamente que sorber es un signo de educación en Japón) su frapuccino de fresa.

- Ya estoy hasta el mismísimo moño. Voy a cargarme a Tono. Ya no puedo aguantarlo más. Entre el puñetazo y el sesenta y nueve regado en Amaretto, me tiene hasta las narices.
- ¿Y como vas a hacerlo?. Tono es muy fuerte.

Probablemente, otra cualquiera me hubiera dicho “no, tía, eso es una barbaridad”, o “ni se te ocurra, que luego vas tu a la cárcel”, o incluso “venga, mujer, dale otra oportunidad”, pero Puri no. Ahí, Puri me demostró que era una amiga de verdad. No dejó ni de sorber mientras me preguntó eso con toda naturalidad, sin levantar siquiera la vista del vaso. La verdad es que me descolocó un poco, porque no tenía nada pensado.

- Pues la verdad es que no tengo nada pensado.
- Pues yo si. Desde que me contaste la situación, desde el principio, se me ocurrió la idea. Venga, tómate tu Brownie, y acompáñame un momento a la farmacia.

Aquella noche, Tono llegó a casa más pasado de vueltas que de costumbre. Su jefe había decidido, así, el solito, que Tono no tenía porqué llevar hombreras en su uniforme de segurata, y Tono se había mostrado arisco. Todo esto me lo contó Tono mamado perdido, con la parte de debajo de la mandíbula para un lado y la de arriba para el otro, como un auténtico engendro. Después, se fue calentando el solo, como todos los días desde hacía poco tiempo, y me soltó dos bofetadas, a las que le respondí con una patada en los huevos que le dejó tirado y llorando en el suelo. Hasta me dio un poco de pena, pero se lo merecía, el muy cabrón.

Me tumbé en la cama mientras Tono aullaba de dolor, y me embadurné con el Amaretto. Esa noche me había puesto un sujetador de cuero negro que habíamos comprado a través de un catálogo que le había dejado Juanmi a Tono. Era el que más le gustaba. Poco a poco, los bufidos de dolor cedieron su lugar a bufidos a secas, a bufidos de camionero en celo. Poniendo la voz más putanesca que pude, y pasándome la lengua por los labios, le dije:

- Ven a la cama, cariño. Te estoy esperando.

Tono iba tan salido, que aquella noche terminamos pronto. Por un momento tuve miedo de que no le hubiera dado tiempo a lamer todo el Amaretto, pero no fue así. El ansia le perdió.

Se puso boca arriba, como siempre, pero esta vez, en lugar de sonreir como un abúlico, como hacía siempre, se le crispó la boca, se puso, por este orden, blanco, amarillo, azul celeste, y cuando llegó al morado (un tono muy bonito de morado, todo hay que decirlo. Seguro que el próximo bolso que me compre lo busco de ese tono), se retorció como una rama de olivo, que parecía que se iba a partir por la mitad, se cayó de la cama, se le pusieron los ojos como platos, y dejó de respirar, la criatura. Por un momento me dio un poco de pena, pero ya no había vuelta atrás.

Puri tenía razón. La cosa había sido bastante rápida. Me fui al baño, y me lavé bien los restos de Tono y de Amaretto. Supuse que también tendría razón Puri, por la cuenta que me traía, cuando me dijo que el brebaje que me había dado no dejaba huellas, y que en cualquier caso, siempre podría decir que Tono se había suicidado, aunque fuera sin darse cuenta, el pobre.

Al fin y al cabo, resultaba muy sencillo equivocarse. Tanto el brebaje como el Amaretto despedían un fortísimo aroma a almendras amargas.

domingo, 23 de marzo de 2008

La segunda cena


Luis y María, pareja 1
Jose y Pilar, pareja 2

Luis.- No, Pilar, por favor, no saques más cosas, que voy a reventar, mujer.
Pilar.- Anda, no te hagas la víctima, que tu eres de buen comer. Venga, estas morcillitas de burgos me las han traído especialmente para mi unos amigos que tienen familia allí. Les he puesto un pimiento de piquillo con un trocito de ventresca, por la cosa del adorno.
Luis.- es que estos dos no ayudan nada, hay que joderse. Al final soy yo el que se pone como un cerdo.
P.- Luis tiene toda la razón. Jose, María, es que no coméis nada. Vaya dos.
Jose.- Mujer, claro que hemos comido. Lo que pasa es que eres una exagerada. Tu, la del pobre, antes reventar que sobre, y venga a hacer comida, venga a hacer comida. Te lo digo todos los días, que te pasas cuatro pueblos haciendo comida.
L.- Nada, Pilar, olvídate, que estos no saben comer. María tampoco. Cuando llego a casa, se ha comido un par de sanwichs de jamon york y queso, y con eso tiene bastante. Yo me tengo que preparar algo más sustancioso si no quiero morirme de hambre. Menos mal que estoy aprendiendo a cocinar.
P.- ¿A, sí?. ¿Y eso?.
María.- Se ha apuntado en una academia del barrio. Nada del otro mundo, no te creas. Un individuo con ínfulas de ferrán Adriá, que les está enseñando a hacer unos platos extrañísimos.
J.- Anda, que curioso.
L.- Ferrán Adriá, Ferrán Adriá...No tienes ni puta idea. Ferrán Adriá hace decostrucciones, y este se dedica a las espiritaciones.
M.- Lo que tu digas, pero yo lo único que sé es que te has gastado una gasta en probetas y cosas de laboratorio. Mira, Luisito, los útiles de cocina se compran en el Carrefour, en la sección de menaje. No conozco a nadie que se haya tenido que desplazar a una fábrica en un polígono industrial para comprarse una redoma para caldificar, por el amor de Dios.
L.- El Carrefour, el Carrefour...Estás más anticuada que la Chelito.
M.- Sí. Será eso
P.- Pues a mi me parece muy bien que un hombre se meta a aprender a cocinar. Ya era hora de que se dieran cuenta de que eso no es una actividad exclusiva de las mujeres.
J.- De eso nos hemos dado cuenta hace mucho tiempo, cariño. De hecho, los mejores chefs del mundo son hombres.
P.- Ya, ya, pero la que cocina en casa soy yo.
J.- Porque te gusta y porque lo haces muy bien. Si no fuera así, cambiaríamos el tercio.
P.- Si, pero tu serías incapaz de aprender a cocinar. Mira a Luis. Cuando se propone algo, lo consigue. No me negarás que tiene mucho mérito apuntarse a una academia de cocina.
J.- No, no lo niego.
P.- No lo niegas, pero tu no lo harías.
J.- Si tuviera que hacerlo, probablemente lo haría.
P.- No, tu no lo harías, porque no tienes espíritu.
L.- Pilar, estas morcillas están de muerte.
M.- Es verdad, Pilar, me he comido un trocito y están de muerte.
L.- Un trocito, un trocito...Esta sí que no tiene espíritu.
J.- Vaya. Menos mal. Pensaba que era yo solo.
M.- ¿En qué plato estamos?. A, sí, en el segundo. Ya le tocaba salir al tema del espíritu.
J.- Bienvenida al limbo de los que no tenemos espíritu.
L.- Jose tiene más espíritu que María, pero vamos, de aquí a Lima. Esta es tan tonta, que cuando va a comprar algo la engañan, porque no revisa las vueltas que le dan.
M.- Claro. Eso es verdad. ¿Para que?. Me da pereza ponerme a contar la calderilla con la bolsa de la fruta en la mano.
J.- Estás de coña.
M.- ¿Tú que crees?.
P.- Eso no es nada comparado con Jose. Cuando vamos de viaje, soy yo la que tiene que hacer las maletas, meterle los calzoncillos, los calcetines, porque es que a el no se le ocurre. Se tumba en la cama hasta el crítico momento de salir de casa. Es increíble.
L.- Bueno, bueno, no saques el tema de los viajes, porque en ese tema, a María hay que echarla de comer aparte. Es una inútil integral. Cuando salimos, soy yo el que tiene que marcar la ruta, mirar el plano, preguntar las direcciones de los monumentos. Esta se desorienta hasta en la pescadería del barrio. Desde luego, tiene toda la razón el que dijo que los hombres son de Marte y las mujeres no entienden los mapas.
M.- No es así, Luis, querido. Es “porqué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas”. Se trata de un libro.
L.- O que las mujeres son de Venus, me parece. Algo así.
M.- ¿Veis?. La prueba viviente de que los hombres no escuchan. No me ha hecho ni puñetero caso a lo que le he dicho.
J.- A ver si va a tener razón el libro...
P.- Pues no, no tiene razón, porque en nuestro caso pasa justo lo contrario. Soy yo la que organiza, la que hace la maleta, la que contrata los viajes. Jose no se ocupa absolutamente de nada. Hasta soy yo la que compra los carretes para las fotografías.
L.-¿Carretes?. ¿Es que todavía hacéis fotos en papel?.
J.- Pilar es una maniática de la fotografía tradicional. Aborrece las cámaras digitales.
P.- Es que es un coñazo eso de poner el dvd, ahora no funciona el sonido, con este sistema de televisión no se ven...No. Donde esté un álbum de fotografías tradicional, con sus fotos amarillas, esas esquinas que se despegan, sus plastiquitos para cubrir las hojas...
M.- Pero mujer, eso mismo lo puedes hacer con una digital, y con la ventaja de que puedes tirar todas las fotografías que te de la gana, sin temor a equivocarte, y luego elegir las que más te gusten. Y con los programas informáticos que hay ahora, te curras un álbum en sepia en un pis pas, si te da la gana.
P.- Si, pero yo no me convenzo. Es que además tenemos una cámara estupenda, y sería una pena desecharla.
J.- No os molestéis, que no la vais a convencer. Yo no tengo espíritu, pero es que Pilar no tiene evolución.
L.- Osea, que eres tu la que organiza los viajes, ¿no es así, Pilar?. Oye, voy a dejar de comer morcilla, porque voy a terminar poniéndome como un auténtico cerdo. Es que están buenísimas.
P.- Pues si. La última vez, el año pasado, en verano, nos fuimos a Port Aventura, y fui yo la que se encargó de todo.
L.- A, Port Aventura. Que bonito. Nosotros estuvimos hace un par de años, y lo pasamos de fábula. La verdad es que se lo han montado muy bien, el parque. Montamos en casi todas las atracciones. En las suaves, claro, porque no me iba a montar yo solo en el Dragon Khan, por ejemplo. Es que María es muy cobardona para eso. No le gusta nada desgastar adrenalina. Se la debe de estar guardando en un bidón para cuando le haga falta.
P.- Igual que Jose. A veces me da un poco de vergüenza montar el número cuando quiero que se suba a algo. La gente nos mira, extrañada de que sea yo la que empuje a un hombre a subirse a una atracción de más o menos riesgo.
J.- No tengo ninguna necesidad de arriesgarme a vomitar dando vueltas como una peonza.
M.- Eso es lo que pienso yo. Exactamente lo mismo. Y estoy convencida de que a Luis le viene bien la excusa de que a mi no me guste pasar un mal rato, porque si quisiera, montaría el solo. Lo que ocurre es que el está tan acojonado como yo, y me pone a mi de pantalla, porque sabe que, cuando me propone subir a una cosa de esas, voy a decirle que no. El día menos pensado voy a darle una sorpresa, y le voy a decir que si, que me apetece un montón subir a la lanzadera. A ver entonces si es tan valiente como lo que presume de serlo.
L.- Eso no lo verán mis ojos, querida. Sería yo el primero en no dejarte subir a la lanzadera, no fuera que te diera un infarto. Con lo acostumbrada que estás a moverte, a hacer algo de deporte...
P.- Yo estoy apuntada a clases de aeróbic, y la verdad es que me siento genial. El ejercicio viene muy bien. Intento que Jose haga algo de deporte, pero no hay manera.
L.- Yo me he apuntado a pádel. María se vino conmigo un par de días, pero se aburrió y lo dejó. Es que no hay manera de meterle en la cabeza que el deporte es vital para mantenerse en forma.
M.- Tus clases de pádel no eran más que una reunión de pijos. De dos horas que estabais, jugabais veinte minutos, y el resto del tiempo lo malgastabais hablando del último modelo de raqueta o de lo bien que le sentaba la faldita a aquella rubia de las tetas grandes.
L.- ¿Rubia de las tetas grandes?. No la recuerdo...
M.- Venga ya, Luis, que nos conocemos. Si quieres hacerte el gracioso delante de tus amigos del pádel, hazlo, pero sin que esté yo delante.
L.- Lo que pasa es que tu eres anti deporte. Nunca lo has practicado, y no te gusta nada.
P.- Igualita, igualita que Jose. Ni siquiera lo ve por televisión. Cuando ponen un partido, cambia de canal refunfuñando.
L.- Si, es que tu marido es muy culto.
J.- No tiene nada que ver una cosa con la otra. No me gusta el fútbol, y punto.
L.- Pues le gusta a todo el mundo.
J.- ¿Y por eso me tiene que gustar a mi?. Vaya una razón simple que me das.
L.- Es que si le gusta a todo el mundo es porque es bueno.
J.- No es ni bueno ni malo. Simplemente, o te gusta, o no te gusta, y a mi no me gusta. No creo que por eso sea ni bueno ni malo el fútbol
L.- Claro, no te gusta por lo que dice Pilar, porque eres antideportivo.
J.- Si porque no juegue al pádel o no vaya a mover el culo a una clase de aeróbic soy antideportivo, pues si, soy antideportivo.
L.- Como María.
M.- Si, Luis, cariño. Lo que tu digas.
P.- Bueno, y volviendo al tema de los viajes, ¿cuál es el que más os ha gustado de todos los que habéis hecho hasta ahora?.
L.- La costa Da morte, y toda la parte esa de Galicia. Lo pasamos estupendamente. Además fuimos con un grupo muy bueno. No se despistaba ninguno. Todos a la hora para salir del hotel, y todos en el autocar a la hora de volver. Es la vez en la que más suerte hemos tenido. En otras ocasiones nos ha tocado alguno que siempre llegaba tarde, o que armaba jaleo en el restaurante a la hora de comer.
M.- Es que nosotros siempre viajamos más o menos de la misma manera. Por España, y en grupo. Viaje organizado. A Luis le encanta esa forma de viajar.
L.- Porque es una tontería hacerlo de otra manera. A ver. Es lo que yo digo. Si no conoces tu país, ¿para que vas a salir fuera?.
J.- Si, visto así, tiene su sentido.
L.- Y no digas que no hemos salido de España, María, porque el año pasado estuvimos en Lanzarote.
M.- Eso es España, querido. Al menos de momento.
L.- Pero no es la península.
M.- Yo no he dicho que no hayamos salido de la península. He dicho que no hemos salido de España.
P.- Yo estoy de acuerdo con Luis. Donde esté la facilidad de que te lo den todo hecho. Te llevan, te traen, y te enseñan lo más interesante de cada sitio. Es muy cómodo viajar así. Nosotros tampoco hemos salido de España, pero el año que viene a lo mejor busco algo por el sur de Francia, o algo así.
L.- Buscas, claro, porque Jose no se moja.
P.- A, no, no, por supuesto.
J.- Yo voy donde diga mi mujercita.
L.- Joder, Jose, que fácil lo tienes todo. Como se nota quien es la que organiza la casa. Porque todo lo que estamos hablando no es más que eso, que uno de los dos es el que tiene que organizar, y en vuestro caso es Pilar.
M.- Y en el nuestro tu, querido.
L.- Hombre, yo creo que está claro.
P.- Vosotros dos os vais al lado cómodo. Os dejáis llevar.
J.- Claro. Es lo más cómodo. Y si intentáramos otra cosa, no nos dejaríais.
M.- Eso dalo por hecho.
P.- Bueno, Jose, hoy os toca fregar a María y a ti. Pon la cafetera, que Luis y yo nos vamos a repanchingar en el sofá.
J.- A tus órdenes, jefa. Vamos, María. Ayúdame a fregar y a preparar el café para los señores.

María y Jose se levantan y entran a la cocina, cerrando la puerta. Inesperadamente, Jose coge la cabeza de María y le estampa un largo beso en la boca. Su mano izquierda se desliza por la espalda de ella y se introduce, con la palma abierta, por el ajustado pantalón de cuero.

J.- Te has puesto el tanga que te regalé en Estocolmo, hija de puta.
M.- Sabía que te ibas a dar cuenta. Se le marca un poco la hebilla en cualquier cosa que te pongas.
J.- No he podido resistirme a besarte. Me moría de ganas. Espero que tu marido no lo note.
M.- No te preocupes. Mi pintura de labios es indeleble. No se corre.
J.- Estoy deseando que llegue el lunes. Yo salgo por la mañana, voy al congreso, doy un par de charlas, y el resto de la semana para nosotros. Lo vamos a pasar de vicio.
M.- ¿Has reservado ya el hotel?.
J.- Claro, mujer.
M.- ¿Dónde?.
J.- En Avoriaz, en los Alpes franceses, al lado del hotel de hace dos años.
M.- ¿Y hay nieve?.
J.- Claro, mujer. Eso está asegurado en esta época del año.
M.- ¿Vas a llevar las tablas de snowboard?.
J.- No. Sería una cantada. Es preferible alquilarlas allí. Y he concertado también un vuelo en ala delta.
M.- Woau...Lo vamos a pasar fenomenal.
J.- Pues si. Casi una semana entera para nosotros, cariño.
M.- Es una suerte que sea yo la que organice mis propios viajes en mi empresa, ¿no te parece?.
J.- Vaya si lo es.

Jose vuelve a besar a María. La cafetera empieza a sonar.

J.- Venga, vamos a servir el café, fregamos rápido y volvemos con estos dos. Ya llevan mucho rato sin ponernos a parir.