martes, 18 de marzo de 2008

El otro especialista


- Tenemos esta noche el placer de presentarles a Secundino Pallarés. No creo que haga mucha falta presentarle. Secundino es un personaje de fama mundial. Hace poco se colocó por méritos propios en el número tres de la revista “JORDES”, por detrás únicamente del emir Satrapi y del líder mundial de la informática, el noruego Olaf Gandersen. Una gran alegría, ¿no es verdad, Secundino?.
- Pues si. Así es. Una gran alegría. Después de estar toda una vida trabajando, uno agradece que se le reconozca el esfuerzo.
- Bueno, Secundino, “JORDES” no reconoce nada. Se limita a sacar una lista de los más ricos del mundo, sin comentarios y sin premios añadidos. Faltaría más, que encima de ser usted el tercero más rico, le dieran un premio.
- No, no me han dado un premio, pero como si me lo hubieran dado. Solo salir en la revista ya es un premio para mi. Aunque solo sea para darles en los morros a los cuatro desgarramantas, que eran más de cuatro, que se descojonaban en mi pueblo cuando era yo nada más que un zagal.
- Así es, amigo Secundino, y llegamos así al principio de toda esta historia, la historia de su vida, de su lucha por la vida, más bien, porque dice la leyenda que usted, de joven, pasaba hambre.
- Yo y mis catorce hermanos. En mi casa no había de nada, como en ninguna.
- Usted es de Catastrillo, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo. Por aquel entonces, claro, porque ahora tiene más de doscientos mil habitantes, y se va a construir un aeropuerto que lleva su nombre.
- Claro, hombre. Había cuatro desgarramantas que no me podían ver, pero el resto de la gente era buena. Empecé hace treinta años a hacer casas, y la gente me lo agradecía. El pueblo está en una zona muy bonita, con río, montaña y coto de caza, y no era cosa de desaprovechar un paraje tan bien agradecido.
- Transformó Catastrillo hace treinta años, cuando ya er arico gracias a su arte.
- Si. Ya era yo muy ducho en esto.
- ¿Y como empezó?. ¿Cómo fueron sus comienzos?.
- Pues jodidos. Muy jodidos, como los de todo el mundo. Yo era la oveja negra de la familia. Todos mis hermanos iban al colegio, pero yo me escapaba. Aquello no era para mi. Me dolía la cabeza cuando el maestro me metía en la sesera más de tres números seguidos. No estaban los tiempos para pensar, con el hambre que pasábamos. Mientras mis hermanos se sorbían los mocos, yo me pasaba el día por los alrededores, cogiendo frutas silvestres y cazando conejos muertos para alimentar a la familia.
- ¿Cazando conejos muertos?. ¿Y era muy complicado?.
- No me sea irónico, que a mi, ironías, las justas.
- No, Secundino, hablo en serio. ¿Cómo podía ser, eso de cazar conejos muertos?.
- Pues muy sencillo. Los conejos se morían por el sol, y porque tampoco tenían nada para comer, así que yo aprovechaba y los cogía. Pues gracias a eso que hemos salido toda la familia adelante. Ahora, mis hermanos no dejan un solo día de agradecerme que cogiera aquellos conejos.
- Claro, no es para menos. Porque además, sus hermanos trabajan ahora para usted. Ha montado usted un holding familiar en toda regla, Secundino. Cualquiera que lo viera desde fuera le compararía con un auténtico clan. Y así, además, la continuidad está garantizada. Sus hijos seguirán con su negocio.
- No lo crea. Mis hijos, y los hijos de mis hermanos, van por otros derroteros. No dan un palo al agua. Se han matriculado todos en la Universidad, y a verlas venir.
- ¿En que Universidad?. ¿En la arcaica, o en la moderna?.
- Quite, quite, por el amor de Dios. Pues en la moderna, ¿dónde si no?. La Universidad arcaica no sirve absolutamente para nada. Ya me dirá usted el dinero o la fama que da entender de filosofías, historias, físicas o matemáticas, o tener una cultura. Eso no sirve para nada hoy en día. La prueba está en que solo los hijos de los iluminados se matriculan en la arcaica, y que solo un cinco por ciento de estudiantes eligen esa Universidad.
- Pero los iluminados juran y perjuran que son felices.
- Nos ha jodido. Eso dirán ellos, pero la mayoría no llega a fin de mes, y además muchos no se casan. Y mejor, en realidad, porque sus pobres hijos, si es que los tienen, no tienen la culpa del vicio de sus padres.
- Hombre, Secundino, adquirir cierta cultura tampoco es tan malo.
-Las cuatro reglas, y para de contar, porque luego le da a uno por meterse en más berenjenales, y se acabó lo que se daba. Conozco a un matrimonio de iluminados, y no hay quien les aguante. No se puede mantener una conversación con ellos. Solo saben hablar de arte, de libros, de películas...Cuando me da por invitarles a una barbacoa en mi casa, porque en el fondo soy bueno, y me dan mucha pena, los pobres, se quedan ahí, en un rincón, sin ser capaces de hacer migas con nadie, sin saber de qué hablar, porque no están en el mundo, esa es la verdad. Están en su mundo, con sus libros, con sus tonterías, y nunca llegan a nada. Esa es la pura realidad.
- Algunos ocupan buenos cargos en empresas de renombre.
- Pero no por su vicio, amigo, y eso tiene que reconocerlo. Todo el que está en un buen cargo es porque se lo ha trabajado desde pequeño, como es mi caso, o porque tiene algún conocimiento entre la gente importante. Yo, por mi parte, jamás metería a un iluminado a trabajar en una de mis empresas. Dios me libre. Una vez se me ocurrió meter a una chica, por hacer una gracia, y a las tres semanas tenía a todo el departamento leyendo libros, unos que si el Cervantes, otros que si el Auster, otros que si su puta madre... Quite, quite, Dios nos guarde de los iluminados y de sus tonterías. El mundo es de los currantes o de los que van a la Universidad moderna. De ahí salen pocos, pero los que salen salen muy preparados.
- ¿Sus dos hijos van a la Universidad?.
- Si. El chico a “Great House” y la niña, que es dos años más pequeña, pero mucho más espabilada que el gañán, a “Sweet Island Paradise”.
- Ah, claro, los tiene usted estudiando en Yale.
- Bueno, para mi la educación de los hijos es fundamental, y cuando me dejaron muy claro que no les apetecía seguir mi camino, les obligué a que estudiaran. A lo que no estoy dispuesto es a que se pasen todo el santo día en casa, mano sobre mano. En ese sentido, tanto mi mujer como yo lo tenemos muy claro. Y si además dispone uno de un poco de dinerillo de sobra...Pues si, mire usted. Creemos que en EEUU están a años luz de nosotros en esto de la Universidad moderna, así que nos liamos la manta a la cabeza y les largamos del nido. Además, estar fuera les viene muy bien. Así se espabilan y aprenden a desenvolverse en la vida, que buena falta les hace.
- Podrían haber ido a estudiar juntos, ¿no?. “Great House” es muy diferente a “Sweet Island Paradise”, y además, una facultad está muy lejos de la otra. Casi ni se verán en todo el día.
- Pues no. Casi, no. Es que no se ven. Para nada. El chico está alojado en una hermandad de chicos, y la chica con las chicas, como tiene que ser. Ya tendrán tiempo, cuando se gradúen y empiecen con lo suyo, a hacer todas las cochinadas que quieran pero ahora, de momento, no. O al menos, eso es lo que queremos mi mujer y yo. Ya son mayorcitos para saber lo que hacen, así que ellos verán, y además hay mucha distancia entre Catrastillo y Yale, así que, ya lo dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente.
- ¿Y a que se debe que cada uno haya elegido una facultad diferente?.
- Pues mire, eso tiene una explicación. De niño, mi hijo se quedaba conmigo viendo un programa que se llamaba “Gran hermano”, y de ahí le vino la afición. Ya de muy pequeño imitaba a los concursantes, ponía los pies en la mesa, eructaba, gritaba a todo el que se le pusiera por delante, y se paseaba por toda la casa mirando a las esquinas, como si hubiera cámaras. Su hermana, que le veía en esas, le imitaba, pero le gustaba más el programa ese de famosos en una isla, “Supervivientes”, que además era el que le gustaba a mi mujer. Fíjese que tontería: en cuanto nos descuidábamos mi mujer y yo, la muy puñetera agarraba un tizón de la chimenea de mármol yugoeslavo y se tiznaba todo el cuerpo, los muslines y los brazos, como las participantes de ese programa. Iba al colegio con la camisa abrochada con un nudo, y el ombligo al aire. Mi hija, con el ombligo al aire, desde que era una cría. Otra cosa no tendrá, pero estilo, un rato largo.
- ¿Y en qué fase están de sus estudios?.
- El chico casi acabando. Está un poco jodido con la asignatura de “Diálogo”, del último curso, pero seguro que la aprueba. Es que es muy tímido, y claro, le cuesta poner a parir a un compañero delante de las cámaras, pero bueno, va a clases particulares, y su madre y yo tenemos mucha confianza. Cuando viene a vernos, le llevamos a restaurantes caros, y echamos moscas en la sopa para armar el pollo, así, a voces, a ver si se le quitan los complejos. El año pasado ya fue el el que se la lió al maitre de un restaurante francés muy famoso. La chica es más lanzada, y como la única motivación que tiene es la de salir con el ombligo al aire, pues le va muy bien. Precisamente, en la asignatura “Ombligo al aire”, de segundo, sacó matrícula de honor. Normal, dijimos su madre y yo cuando nos enteramos. Si esta chica siempre ha estado con el ombligo al aire, pues normal...
- Tendrán buenas perspectivas de trabajo una vez que acaben sus estudios, supongo.
- Pues las que ellos mismos se labren, porque mi mujer me tiene la cabeza como un bombo diciéndome que, si no consiguen plaza, que compre yo el programa, pero no me da la gana. De facilitarles las cosas, nada, que luego ganan el concurso, se les sube a la cabeza, y no hay quien les aguante. Si no son los primeros de su promoción, no entrarán en los grandes concursos, pero siempre tienen la posibilidad de empezar en un concursillo de una televisión local, y en esta cosas, ya se sabe: la fama la ganan rápido, y luego a vivir del cuento. Mire ahora como están los concursantes de las primeras ediciones de “Gran hermano”, sin ir más lejos: de presidente del Fondo Monetario Internacional, nada menos, creo que está Roberto Balmaseda.
- No, no. El presidente del Fondo es Carlitos Boyantes, el chulo aquel que pegaba a las concursantes.
- Bueno, quien sea. Pues ahí le tiene. Hombre, no digo yo que a mi chico no le cueste, sobre todo al principio, pero muy lerdo tiene que ser para no levantar cabeza en un par de años. La chica, fíjese usted, despegará mucho antes, porque es muy espabilada y tiene mucho palmito y mucho estilazo. Es un pedazo de hembra, y no es porque sea mi hija.
- Bueno, Secundino, estamos hablando más de su familia que de usted, y no es de eso de lo que se trata. Háblenos un poquito de su arte, de esa característica tan personal y tan suya que le ha elevado a los altares de la fama y la fortuna. Es usted el único en el mundo que lo practica, y le han llovido imitadores, pero ninguno ha conseguido jamás igualarle. Supongo que su secreto estará a buen recaudo, ¿no, Secundino?.
- Está aquí, en la pelota, y no pienso compartirlo con nadie. Cuando empecé, ya no se empleaba. Quedaban solo dos maestros, y uno de ellos de mi pueblo, pásmese. El maestro Bermejo, que en Gloria esté, fue el que me enseñó los secretos de este arte milenario. Porque es milenario, aunque ya nadie lo sepa. Antiguamente era lo único que se empleaba.
- ¿Utiliza usted algún método de concentración, alguna técnica especial, para desarrollarlo?.
- Es que ya hace mucho tiempo que no lo practico. Me sirvió para forrarme, pero luego fui dejándolo para ocuparme en otros menesteres y para invertir mi dinerillo en cosas que me permitieran trabajar cada vez menos.
- Secundino, el arte no se olvida.
- Bueno, es verdad. Pues no, no utilizaba ninguna técnica especial. Concentración, concentración, y más concentración. Y un gran sentido del equilibrio, claro. Eso era fundamental para el resultado final de la obra. Se han escrito un montón de tratados sobre mi arte, y hasta una enciclopedia entera en Islandia, por lo que sé, pero le puedo asegurar que para mi resulta muy sencillo, supongo que será porque lo he mamado desde muy jovencito.
- Si, me consta que su arte ha provocado miles y miles de libros. ¿Con cual de ellos se quedaría?. ¿Cuál le recomendaría a un profano que quisiera introducirse en ese fascinante universo suyo?.
- Pues, si le digo la verdad, no soy capaz de destacar ninguno sobre los demás, entre otras cosas porque no he leído ninguno. Ya le dije antes que no creo que un arte como el mío sea digno de tanta tinta derramada, pero bueno, si me tengo que decidir por alguno...Mi mujer me habló de uno muy bueno, escrito por un tipo que me estuvo siguiendo, como embobado, durante más de tres meses por todo el país. Creo que se llamaba “La invención y la cuadrícula”, o algo así.
- “La eternidad cuadriculada”, de Ernesto Salvatieri. Si, sin duda es uno de los más famosos.
- La última vez lo vi en la librería del Louvre.
- ¿Viaja mucho, Secundino?.
- No, nada. Aquella vez me llevaron a rastras. Se casaba una sobrina mía en París, y no me quedaron más cojones. ¿Para qué voy a viajar, si lo tengo todo en casa?.
- Eso mismo decía un personaje de la película “El nadador”.
- Pues no lo sabía. No veo cine.
- Secundino, no puedo resistirlo más. Le hemos preparado una sorpresa. Acompáñeme, por favor.

El presentador y Secundino se dirigen a un rincón del plató. Cuatro focos diferentes iluminan una pila de ladrillos, un montón de arena con una pala, un saco de cemento y tres cubos de agua.

- Secundino Pallarés, artista universal. Tengo el honor de entregarle esta paleta catalana de platino, y esta medalla concedida por el ministro de grandes artistas y el ministro de vivienda conjuntamente. Y le pido, aquí y ahora, que deleite a nuestro estimado público con una pequeña demostración de ese arte que encierra en el cuerpo.
- Bueno...Yo...Menuda sorpresa. Van a conseguir que me emocione. En fin...

Secundino se arremanga, agarra la pala, hace un círculo en el suelo con la arena, echa cemento y agua, y mezcla lentamente el conjunto. El presentador le observa con las manos cruzadas por delante.

- Esto es lo más difícil. La dosis justa. Más de un ingrediente que de otro, y la mezcla se nos va a hacer puñetas.

A continuación, Secundino coloca cuatro ladrillos alineados en el suelo, vierte un poco de mezcla sobre ellos con la paleta de platino, coloca encima otros cuatro, vierte otro poco de mezcla y coloca la última fila.

- Y así, hasta donde haga falta.

martes, 11 de marzo de 2008

Al viento le pregunto...


Miré los muros de la patria mía,


si un tiempo fuertes, ya desmoronados


de la carrera de la edad cansados


por quien caduca ya su valentía.

Recuerdo estas bellas palabras, difusas y muy lejanas en el tiempo. De la época en la que hasta incluso algunas pocas palabras, como estas, podían considerarse bellas.

¿Cómo pudimos llegar a esto?. ¿Cómo es posible haber descendido, en tan pocos años, a este infierno gris, tan estúpido como merecido?.

Lo teníamos todo. Eramos tan felices...Teníamos todas nuestras necesidades primarias cubiertas. Después de algunos desajustes sin importancia, cada vez menos marcados, habíamos llegado a un estado de equilibrio prácticamente perfecto. Las empresas ganaban dinero, los obreros ganaban lo suficiente, no ya para vivir, sino incluso para desarrollarse como personas. Viajes, cultura...Los gobiernos no tenían que preocuparse por sus ciudadanos. Se trabajaban treinta horas a la semana, y algunos, los menos necesitados, podían permitirse el lujo de trabajar incluso menos. El estatus del rico se había igualado más o menos con el del pobre. No existían esas gigantescas fracturas que todavía se daban, cada vez con menor virulencia, al comienzo del tercer milenio. Paulatinamente, gracias por un lado a la masiva llegada de pobladores del tercer mundo al próspero primer mundo, y por otro lado a la instauración del sistema democrático en prácticamente el cien por cien de los gobiernos mundiales, unos y otros, unos más deprisa que otros, pero todos al final, conseguimos alcanzar un estado de perfección imposible de imaginar en otros tiempos. Con todas las necesidades primarias cubiertas, no teníamos que preocuparnos más que de desarrollar el alma.

Llevo conduciendo toda la noche. Mis ojos ya no son, ni mucho menos, tan agudos como antes, como cuando era joven. Se cansan, se cierran de vez en cuando, se crispan cuando se cruzan con algún esporádico faro...Es curioso. Recuerdo cuando las carreteras eran más anchas. Bastante más anchas. No era necesario frenar cuando veías una luz de frente. Tampoco era necesario, ni mucho menos, llevar un detector de vacas. Este año han subido las muertes por encontronazos con vacas en la carretera. Una lástima. Y una ruina para la familia del accidentado, por supuesto.

Me duelen las cervicales. La postura, sin duda. Y los huesos, cada vez más sensibles a la humedad y al frío de la noche. Hace horas que se estropeó el sistema de aire acondicionado. En realidad, nunca llegó a funcionar del todo. Me muero de sueño, y tengo hambre. Tenía que haber comprado un bocadillo en aquel bar, pero me daba asco. Me estoy volviendo viejo. Viejo y caprichoso. A los dos años de estallar el conflicto, habría devorado sin siquiera mirarlo un bocadillo como los que se mostraban en aquel bar, por muy nauseabundo que fuera su aspecto.

Algunos nos dedicábamos a cultivarnos, a leer palabras tan bellas como las que apenas recuerdo, a pensar. Cada vez menos. Eramos tan felices...Con el tiempo, hasta leer, ver una película, imaginar, nos parecía una actividad agotadora. La televisión dejó de emitir películas, series, culebrones...Nada que incitara a utilizar la imaginación. Las librerías desaparecieron, cediendo su lugar a bingos o casas de masajes. En realidad, a nadie le importó un carajo. Mejor. Menos esfuerzo. Los programas estrella, los líderes de audiencia, estaban compuestos por sketches cortos, sin sentido, de cámara oculta, de golpes que provocaban la risa de quien los veía. No hacía falta desarrollar ninguna otra emoción. Solo la risa. Se lo pasaba bien uno riendo. ¿Para que iba a preocuparse de otro sentimiento?.

Con la inactividad mental llegó el aburrimiento, y con el aburrimiento, la idiotez y la frivolidad. Hasta los informativos desaparecieron. ¿Qué nos importaba lo que pudiera ocurrirle a gente a la que no conocíamos de nada?. Era absurdo preocuparse. La gente nacía, vivía más o menos bien, y moría. Eso era todo. ¿Para qué complicarse la vida?.

La violencia empezó a constituir otra forma de divertirse. Cada vez eran más numerosos los grupos de gentuza que reivindicaban, para justificar su violencia, prehistóricas ideas políticas, de uno y otro signo. Creo que mataron gente, pero no nos enterábamos. No había informativos. Solo un periódico, un superviviente, mostraba cada día en su portada el rostro del muerto correspondiente, pero casi nadie lo leía. Aquello, sin embargo, fue suficiente para encender otra vez la llama del odio, que jamás se apaga del todo. Nos enzarzamos en otra confrontación casi sin darnos cuenta. Sin ningún motivo, por simple aburrimiento, estimulado por esa perpetua e insana envidia al prójimo, que nos ha envenenado a los españoles desde siempre, y por esa desbocada imaginación para la calumnia, destinada a poder dar cumplida satisfacción a la envidia antes mencionada. El foco fue España, pero la sinrazón se extendió por toda Europa como la pólvora, como había ocurrido en el siglo anterior.

¿Cómo pueden cambiar tanto las personas cuando cambia la situación?. ¿Cuál es el proceso de la mente humana que le convierte a uno en bestia cuando estalla una guerra?. Puede que fuera la necesidad, la falta repentina de suministros, el sonido continuo de las bombas, cayendo durante las veinticuatro horas del día, o el miedo que te embargaba el espíritu desde que despertabas, si es que dormías, hasta que lograbas conciliar el sueño otra vez. Nos habíamos acostumbrado, antes de la guerra, a la hipocresía, a mantener una postura neutra, a no mostrar nunca los sentimientos en público. Hasta una pareja de enamorados mirándose a los ojos resultaba ridícula. En la calle éramos máquinas frías, sin sentimientos. Disfrutábamos en casa con lo que más nos gustara. Por eso resultaba más curioso enterarte de que tu vecino del octavo, ese individuo calvo con gafas de sonrisa beatífica y con el saludo siempre a punto, había destripado sin contemplaciones al vecino del segundo, simplemente porque era de otro equipo de fútbol. O María, esa eterna amiga de Teresa, la del quiosco de periódicos. En un arrebato de odio demencial, María había quemado con gasolina el quiosco de Teresa con ella dentro. Gente que te saludaba antes por la calle con una sonrisa, y se interesaba por tu salud, era capaz de darle un tiro a tu hijo para quitarle un trozo de pan. Un padre, conocido por reivindicar los derechos de los minusválidos, no había dudado un momento antes de pisotear a su hijo, en silla de ruedas, para salir corriendo cuando se quemó el centro comercial. La eterna hipocresía daba paso al terror más demencial y absurdo.

Los acontecimientos se precipitaron. EEUU intervino, como siempre. China respondió con toda su artillería, y la guerra se prolongó durante veinte largos años. Las dos superpotencias se desgastaron mutuamente, y fue entonces cuando el nuevo imperio, agazapado desde siglos, desde antes de los siglos incluso, en la enorme extensión de su territorio, comenzó una expansión tan implacable como eficaz. Los ánimos estaban demasiado cansados, las conciencias demasiado adormecidas como para hacerle frente. El gigante avanzaba desde Oriente como una marea de ciego terror, rápida y eficazmente. El nuevo orden, integrado por personas educadas en el culto a la muerte, y dominado por un imperturbable e inamovible sistema de castas, comenzó invadiendo Pakistán, y a continuación se extendió como un reguero de pólvora, de forma exponencial, cargándose a los ineptos árabes, que desde siempre habían vivido en su mundo medieval, y penetrando, sin compasión, como un nuevo Atila, en Europa, para derribar, poco después, a los agotados chinos y a los sempiternos y en el fondo inocentes americanos. Invocando milenarias deidades sedientas de sangre, los soldados no dudaban un momento a la hora de rebanar los pescuezos de los que ofrecieran resistencia, que eran los menos. La decadencia de Occidente se había consumado, y un nuevo imperio se hacía con los mandos: La India.

Llevo toda la noche conduciendo, pero ya estoy a punto de llegar a mi destino. A la hora justa. Es la única forma de intentar acabar con el invasor. A las diez y media de la mañana, una delegación llegará a la sede del gobierno indio en Madrid. Ese será el momento de mi llegada.

En ese sentido, hemos mejorado mucho con respecto a los bárbaros árabes. Ahora somos los ancianos los que nos quemamos a lo bonzo. Al fin y al cabo, ¿qué importa la muerte de un pobre viejo, que ni siquiera es capaz de recordar más que cuatro frases de palabras bellas?.

domingo, 2 de marzo de 2008

Después del desayuno


Cantantes: Dibla, Melva, Hotson y Peldoff

La escena se desarrolla en el vestíbulo de un hotel de lujo situado en el centro de la capital de un país africano. Los diálogos se desarrollan en inglés, pero he tenido la deferencia de traducirlos para que resulten más comprensibles. Cuatro grandes sillones de mimbre rodean una mesa de teka con tapa de cristal. Dibla y Melva, cantantes de moda, salen del salón donde se sirve el desayuno y se sientan, una al lado de la otra. Melva saca un cigarrillo y lo enciende.

Melva.- Buff...Estoy llena. Creo que me he pasado con el desayuno. Está todo tan bueno, y preparado con tanto arte, que me inflo como una vaca. Y no debo engordar, ya lo sé. No estaría muy bien visto, en un viaje como este, pero es que no me puedo resistir.
Dibla.- Yo también me he pasado. Ese yogurt artesano de leche de cabra está de muerte. Creo que me he comido diez o doce vasos.

Las dos van vestidas al estilo grunge, con ropa que parece estrafalaria, pero de marca. Parecen ponerse de acuerdo para colocar las dos los pies cruzados sobre la mesa de teka. Un camarero uniformado se acerca a Melva y se coloca a su lado.

C.- Señorita, aquí no se puede fumar. Disculpe, pero no está permitido.
M.- Creo que no sabe usted con quien está hablando. Soy Melva, la cantante mexicana, y si hablo con el director de este cuchitril, tenga la completa seguridad de que a los diez minutos está usted en la calle. ¿Quiere apostar algo?.

El camarero la mira, mira después a recepción y se encoge ligeramente de hombros. Se incorpora lentamente y se aleja de la mesa.

M.- Esta gentuza no se da cuenta de que venimos aquí para hacerles un favor.
D.- No tienen estilo. Están en las antípodas. No son capaces de asimilar el progreso occidental.
M.- Pues mira, en vez de darme la charla, tenía que haberme traído un cenicero, y no lo ha hecho, el muy estúpido. Ahora le tiro la ceniza a la alfombra. Que se joda. Tenían que obligarle a el a limpiarla.

Melva arroja la ceniza con desprecio sobre la alfombra.

D.- Mira, ya han acabado Hotson y Peldoff

Los famosos cantantes Bob Hotson y Robin Peldoff salen del salón de desayunos. Meldoff hace gestos mientras se acerca a la mesa, tocándose el estómago, hinchando los carrillos y bufando. Se desploma, más que se sienta, en la silla de mimbre situada al lado de Melva.

Peldoff.- Chicas, voy a explotar. Me he puesto hasta las narices de mango con nata y bizcocho. Esta gente me va a matar.

Hotson le dirige una mirada furtiva a Dibla y se sienta en la silla que queda libre. Melva se levanta el cigarro y apaga el cigarro en un macetero. Ha esperado a que la mirara el camarero para hacerlo, clavando sus ojos en los del hombre. Después se mete las manos en los bolsillos y se tira, literalmente, en la silla de mimbre.

Hotson.- Hola, Dibla.
Dibla.- ¿Cómo te va?.
H.- No del todo mal. Todavía tengo resaca. Anoche nos pasamos con el ron.
D.- Pues yo estoy como nueva.

Peldoff golpea con la palma de la mano abierta el muslo de Hotson.

P.- Parece mentira que un escocés de pelo en pecho aguante tan mal el alcohol.
H.- ¿Qué estás diciendo, tío?. Entre Dibla y yo nos bebimos casi dos botellas de ron y una de tequila.
P.- Tequila, tequila, hay, cuate, ándale, ándale...

Melva observa a Peldoff con mirada asesina.

M.- Si te estás riendo de los mexicanos, te coges tu risita y te la metes por el culo.
P.- No te cabrees, chamaca, que te pones muy fea.
M.- Como sigas en ese plan de gilipollas verás lo fea que me voy a poner cuando te suelte una somanta de hostias.

Peldoff se inclina y acaricia la entrepierna de Melva.

P.- No te pongas borde, encanto.

Melva se inclina y le suelta una gran bofetada a Peldoff.

M.- Ya te avisaré cuando quiera que me toques.
P.- Vale, vale, tranquila.
D.- Y tu, Hotson, ¿cuándo terminas?.
H.- Con un poco de suerte, hoy mismo. Ya estamos grabando la última canción. Si todo va bien, mañana me los llevo a Los Angeles a grabar mi disco.
D.- Lo mismo que con los Makela Singers, ¿no?.
H.- Bueno, lo mismo, lo mismo...Estos me salen un poco más caros. A los Makela Singers les produje un par de discos, y grabados aquí, además. A estos les tengo que llevar allí, pagarles la estancia...Espero grabar el disco en menos de un mes, o me arriesgo a que me coman los gastos.
P.- Venga, no digas tonterías. Sabes de sobra que con las ventas del disco recuperas de sobra. Grabar hoy en día un disco con un coro africano es una garantía de superventas. Beneficio asegurado. Y si te falta algo, un par de conciertos multitudinarios, en Wembley o el Madison, y a recoger pasta. No te hagas la víctima.
H.- No, si eso ya lo sé. Siempre ha salido bien, pero de un tiempo a esta parte, esta gente está subiéndose a las ramas, y a veces hasta te hablan de derechos de autor, de royalties y de cosas así, y claro, uno tiene que explicarles que les está haciendo un favor, que es la única forma de darse a conocer en esta aldea global en que se ha convertido el mundo, que si no fuera por el mundo occidental no se comerían una mierda...Pero los muy puñeteros, aún así, te miran raro, como si pensaran que les estamos estafando, o algo así.
P.- Es que les estamos estafando, tío, no me jodas. A ver quien nos iba a decir a nosotros, hace veinte años, que esto de la solidaridad con Africa podía convertirse en el inmenso negocio en que se ha convertido hoy en día. Un negocio y una necesidad para nosotros. Si no nos hacemos la ruta al menos cada dos años, no nos comemos una mierda, y lo sabemos. Total, un mes pasando calor y miserias, y hemos cumplido. Mírame. Solo me quedan dos sesiones de fotos, y a casa otra vez, tan de puta madre. Además, uno va aprendiendo, que duda cabe. Ayer, sin ir más lejos, debí volverme gilipollas, porque me puse la camisa blanca de Guzzi que me regaló Melva el año pasado. Cuando cogí en brazoa al niño desnutrido de turno, el muy cabrito me vomitó encima. Una masa nauseabunda, de color amarillo, asquerosa. Algún cabrón de Europ magacine se puso las botas sacando fotos. Me va a costar una pasta que me entregue los negativos, si es que me los entrega. Menos mal que no reaccioné mal. Me las arreglé para que la sonrisa no se borrara de mi cara, a pesar de que mi primera reacción había sido la de estampar al niño contra la pared
D.- Pobre criatura, que bestia eres.
P.- Tranquila, Dibla. Seguro que no era el niño que vas a adoptar tu.
D.- Ya me lo imagino. El mío tiene ocho años. Por muy delgado que esté, me extraña que tu pudieras cogerle en brazos, con esas chichillas que tienes.
H.- ¿Ocho años?. ¿Y no te parece un poco mayor?. Te va a costar hacerte con el.
D.- No pretendo hacerme con el. Prefiero que tenga su personalidad propia, su identidad africana. Que conserve sus raíces en un entorno menos agresivo.
M.- Claro, y que cuando se coloque en el salón de tu casa a ver la tele, haga juego con la estantería de ébano que te compraste el año pasado.
D.- No sé a qué te refieres, pero creo que no me está gustando demasiado lo que estás insinuando.
M.- Venga, Dibla, no me vengas con tonterías. Si lo que querías era adoptar un niño necesitado, podías haberlo hecho perfectamente en nuestro país.
D.- Lo estuve intentando, pero no me dejaron.
H.- Si, es verdad. Durante dos semanas. Creo que alguien te oyó, en la fiesta de Armani del mes pasado, cuando dijiste que adoptar a un niño africano dama más fama, que un niño mexicano te haría en México un poco más famosa de lo que ya eras, pero que no merecía la pena.

Dibla enrojece de repente.

M.- Y además, adoptar un niño en Africa te sale por cuatro duros, no nos engañemos. Y lo bien que queda en las fotografías de las revistas del corazón...Con un par de exclusivas amortizas el viaje, la adopción y los sobornos que has tenido que pagar para que te agilicen los trámites. Negocio redondo.
P.- Y además hay que hacerlo ahora. Este continente es un puto polvorín, y el país que hoy está más o menos estabilizado puede convertirse mañana mismo en un baño de sangre.
H.- Eso es verdad. No sé quien está jaleando todas esas guerras, pero le está saliendo de puta madre.
M.- Todo el mundo hace negocios con Africa. Traficantes de armas, compañías petroleras, Vendedores de diamantes...
P.- Esos negocios son muy impopulares en occidente. No hay más que ver la cantidad de gente que acude a los macroconciertos de solidaridad con Africa. El negocio redondo es el nuestro y el de algunas organizaciones humanitarias que no hacen más que recaudar un dinero que jamás llega a su destino, que se va diluyendo por el camino. No existe riesgo, porque siempre seguirá haciendo falta la ayuda humanitaria en Africa. Mientras nadie se preocupe de enseñarles a pescar, en vez de darles una sardina de vez en cuando...
H.- A Occidente no le interesa que esta gente levante cabeza. Al menos mientras sigan existiendo los inagotables recursos naturales que hay ahora mismo. Y mientras esa situación siga así, estamos en nuestro perfecto derecho de coger nuestra parte del pastel, y haciendo algo además que hace que la gente nos adore: denunciar la política de explotación de Occidente sobre Africa. El negocio perfecto, y muy sencillo de llevar. Unas cuantas fotografías con negros sonrientes, unas cuantas adopciones, conciertos multitudinarios, camisetas, discos, música étnica en dos o tres películas de éxito...Y vuelta a empezar. El chollo del siglo. Y además, alojándonos en los mejores hoteles, volando en los mejores aviones... Yo ya no puedo ser feliz sin mi campaña africana anual. Me he enviciado con esto.
P.- Sin duda. Esto engancha más que una droga de diseño. Resulta conmovedor llegar a una aldea y que te rodee una marea de gente sonriente. Es una sensación parecida al orgasmo. Se siente uno más que orgulloso de ser occidental.
M.- Y la luz. La luz africana, el crepúsculo y el amanecer...Son hermosos de verdad.
D.- Muy, muy hermosos.

Al hotel entra un joven de color, vestido con cazadora de cuero entre negra y azulada, pantalones vaqueros y una camiseta negra. Lleva barba afilada de un par de días. Busca con la mirada hasta fijarla en el grupo. Saca del bolsillo interior una libreta y se dirige a la mesa.

J.- Un autógrafo.

Los cuatro famosos se tensan como ballestas en sus asientos al comprobar que el joven se les acerca muy deprisa. Melba observa rápidamente a su alrededor y le hace una seña al camarero que la había advertido de que no se podía fumar.

H.- Tranquilos, chicos. No hay fotógrafos cerca.
J.- Un autógrafo, por favor.
D.- Déjeme en paz. Váyase de aquí. Esta es una zona restringida a clientes.

El camarero llega y le pone al hombre una mano en el hombro.

C.- Váyase, por favor. Esta es una zona privada.

El camarero y el joven se alejan hacia la puerta del hotel. El grupo de famosos recupera la compostura.

P.- Es increíble que dejen entrar en este hotel a gentuza como esa.
H.- Creo que voy a poner una reclamación. Les voy a amenazar con no volver a poner los pies aquí, y vosotros deberíais apoyarme.
D.- Cuenta conmigo. Estas situaciones son muy desagradables. Y los putos guardaespaldas todavía desayunando. Son unos tragaldabas.
M.- Es que se supone que aquí no nos va a molestar nadie. Es como si estuviéramos en la zona Vip del Madison Square Garden. No tiene porqué molestarnos nadie.
P.- A ver si va a resultar que no va a poder estar uno seguro en Africa aunque se aloje en el hotel más caro de la ciudad. Solo nos faltaría eso.
H.- ¿Sabeis que os digo?, que Africa ya no me parece tan atractiva como antes. Hace unos años, un tipejo de estos no se atrevería a acercarse a menos de cien metros de nosotros. Creo que Africa está empezando a ser diferente.
P.- Si, por supuesto. Estoy contigo, tío, pero sigue siendo una mina para nuestros negocios.
H.- Cada vez menos. Cada vez hay más famosillo que se apunta a la moda. Cada vez somos más a repartir.

M.- Pero no pasa nada, hombre. Ya lo habéis dicho antes, y con mucha razón: los recursos de este continente son inagotables.

domingo, 24 de febrero de 2008

El especialista


Entrevistador.- Tenemos el placer de presentarles esta noche a Oscar Player, conocido actor y un gran especialista cinematográfico en escenas de acción. Buenas noches, Oscar.
Oscar.- Buenas noches.
E.- Tenemos entendido que está a punto de rodar la tercera parte de Kill Bill, a las órdenes de Tarantino.
O.- Si, así es. Ya estoy casi completamente recuperado de mi última película, “Unas bofetadas en la ópera”. En mayo me traslado a Nuevo México, a rodar mis veintisiete escenas.
E.- Una carrera de lo más variada. Empezó usted de muy niño, allá por los setenta y pocos, ¿no es así?.
O.- Bueno, concretamente en el 82. Mi carrera comenzó con “Conan el bárbaro”, de John Millius. Yo era uno de los niños que destripaban los malos al entrar y quemar una de las aldeas. Pasaba el verano con mis padres en un pueblo cercano a la zona de rodaje, y cuando se enteraron de que estaban buscando extras, me vistieron con un saco de patatas de arpillera y me llevaron en volandas al set de rodaje. Cuatro añitos tenía por aquel entonces. Todavía me pica el gaznate cuando me acuerdo.
E.- ¿Del miedo que pasó?.
O.- No, del roce de la arpillera sobre las cervicales. Un auténtico calvario. Era como una etiqueta de una camisa, pero más a lo basto. Cuando me cogió un culturista americano para darme el espadazo, no se le ocurrió otra cosa que agarrar del borde del saco. Aparte de que casi me escurro y me salgo por debajo, la tela me hizo herida. ¿Comprende?.
E.- Perfectamente.
O.- Y para que luego cortara la escena, el Millius de los cojones. Menos mal que me dieron un bocadillo de calamares.
E.- Entonces, usted, ¿veraneaba en España?.
O.- Veraneaba, hibernaba, primaveraba...Yo soy español, señor mío.
E.- ¿Ah, si?. No lo sabía. Pensaba que, con su apellido...
O.- Es un nombre artístico. Nací en la Arganzuela, en Madrid, y de pequeño me tragaba tantas salchichas seguidas, que mis amigos me llamaban Oscar Mayer. Cuando empecé en esto del séptimo arte, decidí trasponer un poco el apellido, y cambiarlo por Player, jugador, ¿comprende?. Mi verdadero nombre es Raimundo Soplillos.
E.- No se parece mucho que digamos a su nombre artístico.
O.- Ryta Hayworth se llamaba en realidad Margarita Cansino y a nadie le importaba una mierda.
E.- Tiene usted toda la razón. Usted es un auténtico especialista. Ha participado en más de tres mil películas. Un profesional, un cascadeur, como dicen los franceses.
O.- Bueeeeeno...No exactamente. Verá, yo pertenezco a una rama muy concreta de especialistas. Digamos que me he especializado, que me he doctorado, vaya, en una rama que no tiene nombre, pero que algunos interesados en este complicado arte mío están empezando a llamar RH. Especialista en RH.
E.- ¿Recursos humanos?.
O.- No, bueno, sí, ja, ja, se podría llamar también así. Somos recursos humanos para las películas, pero no, no. Lo que quiere decir RH es Recibir Hostias:
E.- Ah, ya.
O.- Si, eso exactamente. Sin trampa ni cartón. Sin subterfugios. No hay nada mejor que denominar a las cosas por su nombre, ¿no le parece?. Recibir hostias con elegancia y con arte, es lo que sabemos hacer nosotros. El cascadeur al que hace mención está embarrado en muchos temas: tirarse desde una casa, prenderse fuego, arrojarse a un barranco con el coche...Nosotros digamos que somos bastante más elitistas. Recibir Hostias. Y punto. Hombre, se entiende: hostias, tiros, navajazos, bombazos... Todo lo relacionado con la violencia procedente del otro, ¿comprende la diferencia?.
E.- Bueno, creo que si.
O.- Además, los cascadeurs son básicamente conductores de coches, y yo ni siquiera tengo el carnet de conducir. Aunque realmente no es esa la razón, porque para ser especialista de coches no te hace falta, pero es que no me gusta conducir. No me gusta viajar en automóvil, vaya.
E.- ¿Y eso?. ¿Algún accidente?.
O.- Cuando era pequeño. Una cosa es saber encajar hostias, y que te saquen a puñetazos dientes de mentira de la boca, y otra muy distinta dejarte los dientes en el salpicadero, como me ocurrió a mi. Y justo cuando acababa de cambiarlos. Desde entonces le cogí un miedo cerval al coche.
E.- Ya. O sea, que lo suyo es recibir. ¿Hay que tener alguna característica especial para desarrollar su trabajo?. Aparte de un físico envidiable, claro.
O.- Pues creo que no. Ninguna. Saber recibir hostias, nada más. Mis compañeros de colegio se desesperaban cuando comprendían que eran incapaces de causarme daño con sus puñetazos. Yo era como de goma, como un junco. Es un don natural que me ha otorgado...no se quien, y que me ha proporcionado mi forma de vivir. Yo no les respondía a sus golpes, pero acababan tan cansados de intentar tumbarme en el suelo, que el efecto era el mismo que si les hubiera dado una paliza.
E.- Se entrenará usted a diario en el gimnasio.
O.- Pues no, para nada. Lo mío es simplemente agilidad felina, no fuerza bruta. Yo recibo. Hay otros que dan. Depende del tipo de película en la que intervenga cada uno. En las de Steven Seagal solo se recibe, porque a el nadie le toca ni un solo pelo. En cambio, para participar en una de Mickey Rourke, cuando el bueno de Mickey Rourke hacía películas, claro, era más importante dar que recibir, porque siempre se las apañaba para recibir palizas y acabar con la nariz rota. Eran otros tiempos, claro. A lo mejor participábamos cuatro o cinco especialistas en RH, y un par de especialistas culturistas expertos en dar somantas al protagonista. Ahora es diferente. En películas como Kill Bill podemos participar hasta mil especialistas. Uno detrás de otro. Pim, pam. Hostia, navajazo. Todo muy rápido. Y todos vestidos igual, para que se nos reconozca todavía menos. En Matrix, idem de idem, y encima a cámara lenta. En esa, el director estaba muy obsesionado. “Quiero una coreografía, por favor, una coreografía”, repetía cada dos minutos. Estábamos nosotros para coreografías, con el calor que estábamos pasando con las gabardinas negras en pleno mes de agosto. No se le ocurre ni al más tonto. Lo mismo que en 300. Yo era persa, en diez o doce escenas, y siempre me daban el espadazo por el mismo lado del cuello. En una de las escenas, le metí la lanza a un espartano, un buen chaval que era de Carabanchel, hasta los omoplatos. Lo de Kill Bill su lado bueno y su lado malo. Dos segundos, y a cobrar, pero cada vez te hundes más en el anonimato. Y además, con esta chorrada actual de colocar ninjas hasta en una película rodada en Alpedrete, pues te hacen la puñeta, porque no te conoce ni tu mujer. Alguna vez, en el cine, le digo “mira, ese soy yo”, y la pobre se encoge de hombros, porque claro, no se me ve la cara.
E.- Claro. Es una pena. Y dígame una cosa. ¿Tiene que ensayar su papel?.
O.- Hombre, pues casi nunca. Yo no tengo diálogo, como no sea algún que otro grito de dolor, pero suelen estar enlatados, y se usa el mismo grito, procedente de una antigua película de Trazan, por ejemplo, en más de veinte películas. Es acojonante lo que hacen los técnicos de sonido. Pues eso, que no tengo que memorizar nada.
E.- Pero sí le habrán pedido alguna vez que se tire para un determinado lado.
O.- En eso los directores suelen ser bastante tolerantes con nosotros. La experiencia es un grado, y ellos lo saben. Suelen ponerse en nuestras manos a la hora de rodar una pelea.
E.- Y el vestuario. También resultará importante saber pelear con una determinada ropa.
O.- Hombre, eso es lo más complicado, y sobre todo al principio. Con aquel saco de arpillera empezó todo. He recibido hostias vestido de romano, de vikingo, de moro, de gladiador, de mosquetero, de nazi, de persa, como ya le he dicho antes, de ninja, de samurai, de soldado japonés, de sicario marciano, de esbirro colombiano...Yo que sé, yo que sé... Si me hubieran dejado quedarme con todos los trajes que he utilizado en mis películas, ahora estaría en condiciones de montar un museo del ejército completito.
E.- Es que son más de veinte años. Y tres mil películas, Oscar. Una media de ciento cincuenta películas al año. Casi una película cada dos días, vamos. ¿Cómo es posible poder desarrollar tanto trabajo?.
O.- Hombre, porque a veces, en el mismo plató se ruedan veinte escenas para veinte películas diferentes, y a veces sin cambiar de traje. Cada vez se ha unificado más el aspecto del esbirro. Algunos hasta nos estamos operando los ojos, para parecer orientales. Ahora se lleva mucho. A pesar de que te pongan luego el pasamontañas. Ante todo, hay que ser un profesional, y si se lleva el esbirro occidental, pues venga, esbirro occidental.
E.- ¿Y está usted contento con el papel que representa en el cine?. No sé si me entiende. Sale un momento, plaf, le matan, y a nadie le importa un carajo.
O.- Hombre, yo ya soy un profesional. Llevo ya muchos años en esto, pero conozco a muchos compañeros que han tenido más de una depresión, y de las gordas. Toda la vida representando el papel de perdedor...Es que es muy fuerte, si lo piensas un poco. Es lo que dice usted. A nadie le importa un carajo la muerte de un esbirro más o menos. En “Gladiator” al menos se nos veía la cara, al principio, en la batalla con los bárbaros. Uno moría, si, pero al romano de turno casi nos lo cargábamos, también. Era una lucha...No sé, más justa. Ridley Scott nos dejaba en esa película mostrar un poco más de nosotros mismos, de nuestro arte. Acabábamos muriendo como chinches, como en cada título, pero no sé, con cierto arte. Quitando al tío ese que nada más salir, en el circo de Marruecos, le atiza con una maza en todo el centro de la cara un tío vestido con una cabeza de toro. Pobrecillo. Ese lo pasó mal. Era un chavalito de Valladolid, muy majete. Su novia se mosqueó con el por haberse dejado dar aquella hostia, ya ve usted, pura ignorancia. El chiquito venga a decirla que el no podía hacer nada, que aquello estaba en el guión, y todo eso, y ella nada, dura como una piedra. Estuvieron una temporada larga sin hablarse, pero al final volvieron. Pues eso, que en gladiator se nos veía más, pero en Kill Bill... Hijo mío, como no te coloques algún rasgo distintivo que se le escape al director...Si te fijas bien, uno de los ninjas a los que mata la Uma Thurman, que por cierto, está buenísima en persona, lleva un pañuelito de los San Fermines en el cuello. Muy pequeño, pero que se nota que es de los San Fermines, porque quería que le reconociera su madre. Ya ve usted, menuda ilusión, una madre que reconoce a su hijo un segundo antes de que le rebanen el pescuezo con una katana. Pero bueno, es humano. Nosotros también tenemos nuestro corazoncito.
E.- ¿Y no han pensado algo para reivindicar la figura del esbirro?.
O.- Bueno, se están empezando a dar pasos importantes, pero claro, por otro lado, la gente pide más violencia, más sangre, y cada vez somos más los que acabamos jodidos en las películas. Es un pez que se muerde la cola. Para intentar paliar un poco la cuestión, se ruedan escenas a cámara lenta, que nos permiten, quieras que no, lucirnos un poquillo más antes de hincar la rodilla en tierra. También hay directores que han intentado mostrar su sensibilización con este asunto. Usted recordará una película de Austin Powers en la que los amigos de un esbirro, que están preparándole una fiesta de cumpleaños, se enteran de que acaba de morir a manos del protagonista, o de la familia de otro esbirro, la mujer y los niños, que se enteran también de la muerte de su padre. Son intentos muy dignos que tratan de hacer ver que detrás de un tío que se deja degollar hay toda una historia, toda una vida, con sus ilusiones, sus esperanzas, sus frustraciones... Todo un mundo que se viene abajo porque al protagonista se le ha ocurrido pasar por ahí, ya ve usted, que bien podría haber ido por otro lado, pero no, se le ocurre siempre pasar por donde está el pobre soldadillo haciendo guardia, pensando a lo mejor en su novieja, o en la amiga de la novieja, esa rubia que está tan buena, que le miró en los mayos del año pasado, con esas piernas largas, que se yo, pero el caso es que el soldadillo empieza a emocionarse, y piensa que después de la guardia se va a aliviar a sí mismo, y en esas estamos, cuando de repente llega un tío con el pelo repeinado hacia atrás, tipo Mario Conde, o una tía con un chándal amarillo de Armani, y zas, se acabó la novieja, la amiga de la novieja y la puta madre que parió al que le regaló una katana al tío del pelo engominado, o a la tía del chándal. El soldadillo ni siquiera se ha enterado de nada el pobre, y el tío o la tía ni siquiera se paran un momento a decirle algo, no sé, a disculparse...Sería muy bonito ver al Rambo dedicarle unas palabras amables a los tipos que manda al otro barrio sin que le vean. Vale, me dirá usted, pero es que entonces la película duraría más de cuatro horas. Pues bueno, que se cargue menos gente, digo yo, porque tampoco es normal que haya trescientos muertos en una película, ¿no cree?. Y es que además, esa gente le coge a fición a eso de rebanar pescuezos, y con el tiempo, les da igual rebanárselo a un vietnamita o a un camboyano que a uno de Zurcí, porque es que le han cogido el gustillo, que la sangre es peor que la marihuana, que crea adicción. Esa gente, el rambo o la Kill Bill, el día que no maten a nadie se pondrán insoportables, y matarán al tipo que les lleva la pizza para la cena, y si no al tiempo. Se lo digo yo. Que vamos a acabar volviendo al circo romano, y eso no es normal.
E.- Pues no, no es normal, pero es lo que le gusta a la gente.
O.- Lo que le gusta a la gente, lo que le gusta a la gente...También le gustan a la gente las películas de Jane Austen, y ahí no muere nadie.
E.- Hombre, perdone, pero no me imagino yo a un fan del Van Damme viendo una película basada en una novela de Jane Austen.
O.- Ni a un fan del Van Damme, ni a nadie en su sano juicio, hombre de Dios. No era más que un ejemplo, pero creo que me he pasado con la comparación. Y menos mal, porque nos quedaríamos sin trabajo de la noche a la mañana. Si en realidad me quejo de vicio. Trabajo no solo no me falta, sino que cada vez tenemos más, a pesar de esos listillos gafitas que contratan ahora los grandes estudios, que te cogen el ordenador y te ponen cien mil persas o cien mil troyanos esperando a la orilla del mar. Pura filfa, hombre. Donde esté el movimiento de extras de “Los diez mandamientos” o “El Cid”...Aquello sí que era buen cine.
E.- Bueno, pero para los primeros planos se necesitarán siempre personajes reales, y ahí estarán ustedes.
O.- Claro, como los verdaderos profesionales que somos. Al pie del cañón, recibiendo hostias en nombre del séptimo arte. Es que una cosa así tienes que vivirla. Tienes que tener vocación para eso, para morir más de tres mil veces en veinte años, porque esa es otra, he hecho películas en las que he muerto más de veinte veces. En la serie de “Lorca” me fusilaron como republicano un par de veces, me mataron como falangista otras dos o tres... Y así en muchas otras ocasiones. En 300 me perdí la oportunidad de hacer de espartano y salir así, medio en pelotillas, porque claro, demasiado cachas no es que esté, y el director no me dejó mostrar mi arte.
E.- Bueno, Oscar, ¿y en lo que se refiere a su vida personal?.
O.- Lo normal. Estoy casado, y ahora tengo un hijo de cuatro años que se parece un montón a su padre.
E.- ¿Le gustaría que siguiera sus pasos?.
O.- Hombre, esto es muy sacrificado, y a veces un poquito humillante. Te tienes que guardar el orgullo en los huevos, y claro, uno puede sobrellevarlo con más o menos finura, pero el hijo de uno...Me resultaría muy duro ver a mi propio hijo degollado por una tía buena. Aunque sea de mentira, creo que eso te va dejando un poso, una pequeña herida en el alma que se puede hacer cada vez más grande.
E.- Si, no cabe duda, en eso estoy de acuerdo con usted, pero ya sabe, la sangre es la sangre, y de casta le viene al galgo.
O.- Eso es lo que me tiene más preocupado. El otro día se cayó de la litera de arriba, el muy mariconazo, y se levantó riendo del suelo.

domingo, 17 de febrero de 2008

Esta casa es un puñetero desastre


Parece mentira que para cincuenta miserables metros cuadrados que tengo de casa, esté todo desmadrándose de la forma en que lo está haciendo. Y eso contando con las zonas comunes, que vaya usted a saber a qué avispado listillo se le ocurrió eso de las zonas comunes, la superficie construida, la superficie útil y la madre que parió a todas las superficies. Porque a ver, vamos a ver si nos vamos aclarando: yo ocupo un espacio en el mundo, una superficie, y mi piso tiene una superficie útil, que es la que yo piso, por supuesto, y que debe de andar por los cuarenta metros, supongo, pero es que yo necesito, como todo el mundo, una serie de accesorios para poder vivir, como por ejemplo, yo que sé: mesas, sillas, cama, taza de báter, o wc si me quiero hacer el fino... Porque dicho así suena extraño, deslabazado, ambiguo. Habría que matizar un poco más: no se trata de mesa de billar, por ejemplo, porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría colocar una mesa de billar en un cuchitril como este. No. Se trata más bien de mesita, de esas de formica que tanto utilizábamos cuando éramos niños. Tampoco las sillas son estilo modernista, tipo Mies Van der Rohe o cualquier otro espabilado de esos que se han pasado toda su vida tumbados, viéndolas venir, y claro, en cualquier silla que diseñen se encuentra uno como tumbado, espatarrado, sin saber si apoyarse mucho, no sea que se vayan a escoñar esas patitas tan estilizadas y nos demos una hostia en el santo suelo. Muy sensual, la postura, ciertamente, pero peligrosa a más no poder.

Pues eso, a lo que iba: que yo ocupo una superficie en el mundo, ciertamente, y hay que joderse, pero es que ocupo menos superficie cuanto más cansado estoy. Esto no es muy complicado de entender: si estoy de pie, ocupo menos que si me tumbo en el suelo como la bestezuela de mi sobrino, y si además me pongo a la pata coja, ocupo todavía menos, pero acabo hasta los mismísimos. Mi cama es grande, porque me gusta dormir haciendo el egipcio, espatarrado, en posición lo más abierta posible, a veces tipo aspa. No necesito volver al útero de mi madre para nada, aunque se estaba bastante bien, creo recordar. Mi cama ocupa más que yo, y se siente importante, la muy jodida. Cuando no la hago, que es la mayor parte de las veces, protesta.

- ¿Es que te vas a ir otra vez sin ni siquiera extender la sábana?.
- Si. ¿Pasa algo?.
- Si luego cojo frío y tiritas por la noche, no se te ocurra decirme nada.

Rebufa y protesta, pero ya me he acostumbrado a sus tonterías. Los dos satélites que tiene al lado, las dos mesitas, la pican para que me insulte, con su voz chillona, y las dos siempre al mismo tiempo, como Zipi y Zape. Estoy pensando deshacerme de una de ellas, pero rompería la simetría y el Feng Shui de los cojones que me recomendó un decorador después de cobrarme una pasta. Es una putada, pero cada vez que cambio algún mueble de sitio, aunque sea el puñetero perchero de madera que me encontré en un contenedor, pienso que se va a destrozar el Feng Shui y que me va a caer un rayo o alguna desgracia por el estilo.

Cada habitación de mi casa es como una autonomía. El salón es la zona noble, la rancia nobleza, con los cuadros, las fotos enmarcadas de mis padres en sepia, el plasma y los cuatro muebles aristocráticos, los únicos que no son de Ikea. El baño es como el extrarradio, los bajos fondos, el único lugar en el que me muestro como soy, yo mismo, en pelotas, vaya. El dormitorio es el poder central, donde sucede lo mejor y lo peor de cada día, cuando me acuesto y cuando me levanto, por ese orden. La cocina es el motor, la industriosa comunidad, la más cercana a Europa, aunque solo sea porque la mayoría de mis electrodomésticos son Siemens o Bosch. Existen nacionalismos muy marcados, sobre todo por parte de los productos perecederos que guardo en la nevera. Se escucha mucho catalán en esa zona, supongo que porque últimamente me ha dado por comprar en el Caprabo.

- Escolti, ¿qué va fer vosté?

La botella de vino me habla con una mezcla de valenciano y catalán bastante cutre. Por otro lado, los productos perecederos suelen ser bastante educados: no les da tiempo a coger confianza, de no ser esos veteranos a los que nunca les meto mano, que acaban envejeciendo y son arrojados a la escoria, al barrio bajo del cubo del tendedero, como ese chorizo que trajo una vez mi hermana, y que no hay quien se lo coma, o el medio calabacín, ya blando y amarillento, que compré una vez para hacerme verduritas a la plancha. Esos sí, esos me hablan de tu, con una voz muy parecida a la de Vito Corleone.

- Pues beber un poco de vino. ¿Qué voy a hacer si no?.
- Sacó usted marisco, y yo soy tinto y además del penedés. Hosti, amigo, yo no pego con el marisco ni con Araldit.
- Pues es que no tengo vino blanco, y el caso es que me apetece irme a la cama con un poco de mareíllo.
- Pues péguele un tiento al orujo este cabezón que guarda usted en el congelador, hombre de Deu, pero a mi déjeme en paz, que esta noche he quedado con una lata de paté de Canard.
- No hay problema. Me como también el paté, y se montan ustedes una juerga en mi estómago.

Me pareció que la botella vibraba por un momento en mi mano. Debe de ser la manera que tiene de reír una botella de cristal.

- Es usted muy amable, caballero.

En el armario del dormitorio vive la mayor parte de la población de mi casa. A un lado, los más elegantes, las chaquetas con botones dorados de antiguas reminiscencias aristocráticas, que apenas salen del armario, las pobres, como los pantalones de pinzas que tanto se llevaban en la época bailonga, pero que apenas utilizo ahora, y las impolutas camisas con mangas para gemelos. Al otro lado, escandalosas cazadoras de lana, jerséis estampados y camisetas con la efigie del Che Guevara, al más puro estilo universitario. Existe una continua discusión, un desencuentro absoluto, entre las dos mitades de mi armario. Cada día, cuando abro la puerta, escucho los abucheos y los insultos que se dirigen unos a otros, en un a irreconciliable atmósfera que no cambia jamás, a pesar del absurdo hecho de que tanto a unos como a los otros no les queda más remedio que convivir en el mismo espacio, y a veces, cuando se me cruzan los cables, en la misma situación, como cuando me da por encasquetarme una chaqueta de botones dorados y unas sandalias, por ejemplo, o un fulard morado que me compré en Ibiza y que siempre está amodorrado al lado de las corbatas, que protestan con voz chillona por tener que mezclarse con semejante chusma.

Existen temporadas en las que los habitantes del armario se ponen de acuerdo, y en contra de los nacionalismos. Sucede, por ejemplo, cuando saco un pantalón vaquero para ir a trabajar.

- Ya está. Ya la hemos jodido otra vez con el foca este –escucho a la chaqueta azul marino, que es la más veterana y por tanto la que cree que tiene más derecho para protestar-. Ya ha estado liado estos días atrás con esos separatistas de la nevera, y ha engordado doce kilos. Mirad como está torturando al pobre Levis, el muy sádico. Mirad, mirad como se le estira la piel, al pobre.

Suelo sentirme deprimido cuando me sucede esto. A la depresión normal que le suele entrar a uno ante sus ataques de bulimia, hay que unir la provocada por una ropa que se siente herida. Me parece escuchar los gemidos del Levis cuando me los incrusto. Al agarrar el botón para tratar de meterlo en el ojal, el pobre protesta como si lo estuviera degollando. Los dos blusones tipo Demis Roussos que me compré en Turquía son los únicos que me apoyan en esos momentos difíciles.

- Lo que os pasa a vosotros –dice el morado con ribetes dorados- es que sois unos tiquismiquis. Tampoco pasa nada por sentir un poco más el calor humano.
- ¿El calor humano? –comenta despectiva la chaqueta-. Ya me hablareis de calor humano cuando el cenutrio este engorde tanto que se tenga que deshacer de nosotros y os tenga que sacar a la luz todos los días. Ya me lo contareis, ya, cuando el puto suavizante os ataque un par de veces por semana con su arma esponjosa, y tengáis que estar colgados al sol mucho más de lo que estáis ahora.

La verdad es que me hacen recapacitar más los lamentos de mi ropa que los sabios consejos de mi madre. Ante declaraciones como la de mi chaqueta, suelo ponerme un poco a régimen, con lo que aumenta la población de los perecederos. Es curioso, pero mi ropa sufre cuando los perecederos desaparecen, como una especie de relación parasitaria, pero a la inversa.

La parte baja del armario está habitada por dos poblaciones muy diferenciadas, yo diría que incompatibles. La zona izquierda, por la promiscua ropa interior, calzoncillos, calcetines y algunas camisetas de manga corta. La parte derecha, por los zapatos, entre los cuales también hay categorías. Por un lado los finos, simpatizantes del lado izquierdo del armario, y por otro lado los pintorescos, sandalias de cuero, babuchas y una extraña mezcolanza de razas en general, como un Lavapies particular (y nunca mejor dicho, lo de Lavapies).

La ropa interior es la población más golfa de la casa. Los calzoncillos no se mezclan con las camisetas. Los calcetines, que permanecen juntos la mayor parte del tiempo, no tienen ningún inconveniente en divorciarse y volverse a juntar tantas veces como haga falta. Son lo más modernos, muy lejos de esos pantalones, siempre juntos, sacramentados, para lo bueno y para lo malo y caiga quien caiga. Los pantalones suelen meterse desde arriba con los calcetines, antes de que se eclipsen a causa de los zapatos.

- Vosotros no sois más que unos pervertidos. Y no se os ocurra llamar matrimonio a vuestra unión.

Los calcetines pasan de todo. Son los que entran y salen más veces, los que más mundo ven cada día, aunque una zona esté oculta en las profundidades. Los calzoncillos también se remuevan mucho, pero los pobres no ven nada, oprimidos como están por los pantalones. Tienen una existencia efímera, del armario a la oscuridad. A veces, uno de ellos, un privilegiado, tiene el gran honor de pasearse por el resto de la casa durante todo un día, sin ataduras, con libertad y abriendo los ojos de par en par para tratar de asimilar esos estímulos que le rodean. Una vez mantuve una conversación muy profunda con un calzoncillo. Uno muy moderno, que me trajo mi hermana de Nueva York. Me hablaba con un susurro, con un tono de voz muy parecido al de Robert de Niro. Solo le faltaba fumarse un puro. De haber tenido manos, seguro que lo hubiera hecho.

- Lo que ocurre en este país es que se folla muy poco. La prueba está aquí mismo. Míranos. Todos machos, todos chulos y todos sin comernos una puñetera rosca desde hace años. Ese cajón en el que nos tienes –Si, la ropa interior tiene más confianza. Mucha más confianza, de hecho- es un puto monasterio. Deberíamos estar mezclados con algunas bragas, un tanga guapo, unos cuantos sujetadores, algún que otro Wonder bra...
- Lo llevas claro. No los ibas a ver ni de lejos. Estarían en otro cajón. No íbamos a ser tan torpes como para mezclar nuestra ropa interior.

El calzoncillo miró a los dos lados medio de reojo.

- En la lavadora, capullo. En la lavadora nos mezclaríamos con nuestras amiguitas, en plan orgía. Antes de que le dieras al botón, nos daría tiempo a olisquearnos, a intercambiar ideas, fluidos...
- No eres más que un puto cerdo. Tú si que vas a acabar hoy en la lavadora.
- Bueno, pero sin suavizante, por favor. La última vez me inflé como un gato de Angora.

En el baño viven extraños seres con los que casi nunca hablo. Aparte de los perecederos, como la pasta de dientes, la espuma de afeitar o el papel higiénico, hay otros, como un bote medio oxidado de polvos de talco de color rosa con una rubia sonriente tipo Kim Novak, que me obligó a traer mi madre cuando me mudé aquí, un bote, también metálico y también medio oxidado, de gasas cuadradas liofilizadas, y un frasco de colonia que me regalaron para mi primera Comunión, y que solo me pongo cuando coincido con el primo segundo que me la regaló, osea, tres veces en treinta y cinco años. Acojonante, pero debe ser tan buena que no ha perdido ni una micra de olor. Estos tres elementos del baño, ya veteranos, hablan y confabulan en voz baja, desde la parte más alta de la estantería de cristal del Ikea, mientras dejo que mi cepillo de dientes me suelte una parrafadita.

- A ver, abre más, más, Vale, un poco más. ¡Joder, tío, otra vez has fumado!. La próxima vez te va a raspar esta mierda amarilla tu puñetera madre...

Los cuadros y los muebles del salón viven en otro mundo. Parece que no va nada con ellos. Siempre que paso hago lo mismo. Me arrellano en el sofá, pongo los pies en la mesa de centro y enciendo el plasma con el mando a distancia. Y a esperar. Al cabo de poco tiempo, los cuadros con las fotos de mis padres protestan airadamente.

- No sé como puedes ver estas porquerías, hijo.

Una parte, aproximadamente la mitad, de los habitantes de la casa, invocan a algo, a un ente sobrenatural que, según ellos, gobierna sus vidas con mano de hierro. Normal. Sucede a veces que se estropea la lavadora, causando accidentes, o que la temperatura del agua hace que se mezclen los colores, cosa que al parecer les irrita mucho -cada uno con su color, sin mezclas, dice la chaqueta de botones dorados-, o que se estropee la nevera y mueran unos cuantos perecederos nacionalistas. Cuando algo de esto sucede, se ponen todos muy nerviosos, y me miran consternados, totalmente convencidos de que yo soy incapaz de controlar nada, de que no puedo asegurarles un mínimo bienestar. Yo me carcajeo de ellos, y les demuestro, cuando viene el técnico correspondiente, que no hay un ente superior que gobierne nuestras vidas, que todo está controlado y que todo tiene solución, pero no me hacen ni puñetero caso. Al siguiente accidente, vuelven a adoptar esa actitud entre mística y temerosa, de la que no hay forma de hacerles salir. Imposible. Porque la lavadora, el lavavajillas y la nevera tratan de infundirles confianza, a pesar de estar en ocasiones muy malheridos, pero cuando se jode alguno de esos tres. Joder, cuando se jode alguno de esos tres...

Es entonces cuando me veo a los pobres tan desvalidos, tan dispersos y tan temblorosos, que tengo que convocar elecciones generales para que elijan la marca de otra lavadora, otro lavavajillas y otra nevera.

domingo, 10 de febrero de 2008

La audiencia perfecta


Ella: Isabel
El: Miguel

Ella entra en casa, bastante cansada, agobiada, con la respiración furiosa y la boca abierta.

I.- Ha vuelto a estropearse el ascensor. Todo el día dejándome la piel en el trabajo, y cuando llego a casa, se ha estropeado el puto ascensor.

El la mira desde el sofá. Sujeta el mando de la televisión como si se tratara de un revólver.

M.- Lo siento, cariño. Yo he tenido un poco más de suerte. Cuando llegué todavía funcionaba. Hoy me he escapado un poco antes. Mi jefe se ha ido a una reunión a Londres.

Mientras deja el bolso y se quita el pañuelo del cuello, Isabel mira a la pantalla de cuarenta y seis pulgadas de su televisor de alta definición y última generación, tan fino que se puede adosar a la pared como si de un póster se tratara. El centro de la pantalla a la altura de los ojos del espectador, en este caso Miguel, cómodamente recostado en el magnífico sofá italiano de cuero negro que le regalaron sus padres cuando se casó con Isabel.

I.- Pero bueno...¿Se puede saber qué estás viendo?.
M.- Un documental buenísimo sobre la India.
I.- Pero vamos a ver, Miguel...¿Es que quieres volverme loca?. ¿Cuántas veces voy a tener que decirte que nos la estamos jugando?. Me pones de los nervios en cuanto me descuido. Voy a ponerme cómoda. En cuanto venga, la vamos a tener, así que más te vale que vayas cambiando de canal.

Miguel resopla mientras el sonido de los tacones de Isabel se alejan por el pasillo. Se permite todavía unos minutos de placer, fascinado con esa vaca sagrada que se ha colocado en el centro de lo que parece ser una gran avenida, provocando un atasco de proporciones descomunales. Los viandantes sonríen al pasar a su lado y la saludan agachando la cabeza con las manos juntas. No se escucha ni un solo claxon. Miguel se pregunta cómo es posible que los automovilistas hindúes más alejados del epicentro vacuno conozcan la naturaleza del atasco hasta el extremo de no pitar, cuando Isabel aparece, arrastrando las zapatillas de felpa y vestida con el pijama de invierno. Antes de sentarse en el sofá, mira de nuevo la pantalla. Una supermaquillada presentadora, de pelo suelto y bien cuidado, blusa blanca con puntillas en el cuello y chaqueta de color azul con irisaciones en rojo, sonríe mientras habla, arreglándoselas con grandes esfuerzos para conseguir que se entienda lo que dice y mostrar al mismo tiempo sus deslumbrantes y perfectos dientes.

I.- Ah, bueno. Esto ya es otra cosa. Has puesto a la Carmencita Bosques. Muy bien cariño.
M.- Todavía no me explico como te puede gustar esta solemne tontería, cariño.
I.- Sabes de sobra que no puedo soportar este programa, cariño, pero creo que es el menos malo de los que se pueden considerar aceptables.
M.- Claro, y un documental sobre la India, no es aceptable, ¿verdad?.
I.- Los niveles de audiencia de los documentales bajaron hace ya muchos años, Miguel, y no quiero arriesgarme. Ya sabes lo que se rumorea.

La presentadora está sentada frente a una anciana diminuta, ataviada con un vestido estampado de indefinibles colores, a cual más chillón. La mandíbula inferior le baila de una manera dislocada, como si careciera por completo de dentadura. La presentadora habla: “En esta nueva edición de vidas deplorables, tengo el gusto de presentarles a Casilda Castrillo, de Pontedeume, en la provincia de Coruña. Casilda está hoy con nosotros porque le gustaría decirle cuatro verdades, según nos explicaba en su carta, a todas esas personas a las que no se ha atrevido a decirles nada nunca, ¿no es así, Casilda?”. “Sí, así es”. “¿Y porqué ha esperado usted tanto tiempo, Casilda, a desahogarse de esa manera?”. “Pues mire usted, guapa, porque ahora ya soy mayor, tengo a mis nueve hijos criados y colocados, y no me duelen prendas de decirles cuatro cosas sinceras, de corazón, a los cuatro vagazos de mi pueblo que me han estado tocando las narices durante toda mi vida”.

Miguel protesta, bufa, rebufa, se remueve en el sofá, mira de vez en cuando a Isabel con cara de odio. Isabel tampoco parece disfrutar demasiado con la surrealista conversación establecida entre Carmencita Bosques y Casilda Castrillo. Bosteza ostensiblemente y cierra los ojos cada vez con más convencimiento.

I.- Creo que esta noche me voy a ir prontísimo a la cama. He tenido un día agotador.
M.- Si no me dejas cambiar esto, yo también me voy. Es vergonzoso este programa. ¿Me dejas que me la cargue?.

Isabel se encoge de hombros y pone gesto de aburrimiento.

I.- Inténtalo, pero ya te adelanto que no vas a conseguir nada.

Miguel aprieta de forma compulsiva, con cara de sádico, un botoncito del mando a distancia de color negro, con una calaverita dibujada sobre el. En la esquina inferior izquierda de la pantalla de plasma, aparece un cuadradito de color verde fosforito. Diminuto, de apenas medio centímetro de lado. Al poco tiempo, aparece otro cuadradito, pegado al anterior. Poco a poco, cada vez de una forma más rápida, va creciendo la línea verde en la línea inferior de la pantalla. Cuando llega al lado derecho, sube otro medio centímetro, y se dirige entonces hacia la izquierda. La franja verde crece a un ritmo cada vez más rápidamente, desde abajo hacia arriba. Cuando apenas llega a un cuarto de la altura de la pantalla, la velocidad de crecimiento empieza a bajar, momento en el cual aprieta con más rabia el botón negro, hasta que empieza a dolerle el dedo pulgar. La línea se para de repente, y al poco tiempo empieza a ir hacia atrás, desandando lo andado y disminuyendo el grosor de la franja verde hasta que termina por desaparecer.

I.- Ya te lo dije. Las cosas han cambiado mucho.
M.- Parece mentira. Con lo sencillo que resultaba hace unos cuantos años cargarse a uno de estos incompetentes...La gente se animaba al ver el cursor verde, ¿Te acuerdas?. Cuando se llenaba la pantalla de verde...!Bum!. El espectáculo. Dicen por ahí que ellos no se enteraban, que recibían simplemente una descarga de no se sabe donde que los desintegraba en un suspiro.
I.- Miguel, tienes que reconocer que era una auténtica salvajada. Nadie se libraba, pasado más o menos tiempo, cuando ya empezaba a aburrir a la audiencia, de tostarse en el limbo. Las familias de los presentadores se descomponían de dolor y tristeza por el capricho o la moda de una audiencia salvaje.
M.- Era un juego, cariño. También tenían la oportunidad de gustar, y entonces ganaban más pasta que un presidente de gobierno. Arriesgarse a morir o a forrarse, esa era la cuestión. Lo que no tiene sentido es lo de ahora. Es patético. Nos tenemos que tragar bodrios como este por cojones. No es justo. Mira, ya se va la pobre Casilda. A ver a quien nos mete ahora esta pazguata.

“Tenemos ahora con nosotros a Manuel Borreguillo. Un fuerte aplauso para el”. Mientras suenan los aplausos, hace su entrada en el plató un individuo rechoncho, calvo, de rostro ajado por la experiencia y brazos y piernas torcidos, como un cowboy abarcando con sus brazos un florero de la Dinastía Ming. Camina bamboleante, recorriendo con gran lentitud la distancia que le separa de la presentadora. Cuando por fin se sienta y logra colocarse, después de varias intentonas, el micrófono en el cuello de la camisa, la presentadora se vuelve a la cámara, y le saluda sin mirarle. “Buenas noches, Manuel. Me ha dicho un pajarito que tu historia es bastante peculiar. Cuéntanos, mi vida”. “Pues verás, Carmencita. El caso es que yo llevo ya varios años viviendo en un hipermercado. Duermo en la sección de muebles, me afeito en la sección de perfumería, me ducho en la sección de duchas, me alimento en las promociones de productos que se hacen todos los días...Una vida de lo más normal, vaya, pero resulta que desde hace un par de meses me he enamorado de una mujer...Una mujer...Guapísima, Carmencita, y resulta que yo no quiero vivir en otra parte, y ella no hace ningún gesto que me demuestre que quiera vivir conmigo, y pues eso, que estoy en un sinvivir, y desde aquí quisiera decirle a esta buena moza...”.

Ahora es Isabel la que bufa y se rebulle inquieta en el sofá. Miguel la observa con cara de resignación.

I.- Joder, esto sí que es inaguantable.
M.- Venga, mujer, vamos a tratar de acostarnos esta noche con la mente sosegada. Unas cuantas vacas sagradas y encontraremos la paz, ya verás. La India es apasionante, créeme. Antes de que tú llegaras, han hablado casi durante diez minutos del Taj Mahal, una maravilla del mundo.
I.- Claro que me gustaría verlo, Miguel, pero entiéndeme. No quiero arriesgarme. Ya sabes lo que se cuenta por ahí.
M.- Todo eso no son más que bulos, cariño. Nadie conoce a nadie al que le haya sucedido.
I.- Hace muchos años, tampoco nadie conocía a nadie que tuviera en su casa un aparato de esos para medir la audiencia, y sin embargo los había.
M.- ¿Quién sabe eso seguro?. Puede que sea mentira.
I.- Si, como lo de poder cargarte a un presentador con el mando a distancia, no te digo...¿Quién te dice a ti que, si era posible desarrollar una tecnología tan avanzada como para poder suprimir a un tío por el simple hecho de que te aburriera, no iba a ser posible desarrollar una tecnología superior, incorporada a los televisores de última generación, capaz de eliminar a la audiencia rebelde?.
M.- Eso no son más que bulos, mujer.
I.- Pues díselo a Mari, la del cuarto. Ella conoce a un chico que se quedó sin padres de la noche a la mañana. Al parecer eran de esos que solo ven películas antiguas.
M.- La vecina que conoce a un chico...Eso no son más que leyendas urbanas. Dile a Mari que te presente al chico, a ver si es verdad que ha perdido a sus padres.
I.- Pero bueno, ¿es que tu estás seguro de que no podría inventarse una cosa así?. Pues cosas más extraordinarias se han visto en los últimos años. No sé porqué te obcecas en arriesgarte, cuando en realidad no te cuesta ningún trabajo seguir un poco a la mayoría.
M.- Isabel, mujer, no me digas que este bodrio le puede gustar a la mayoría, porque no me lo creo. Y en cualquier caso, yo me he comprado esta televisión para ver lo que a mi me dé la gana, no lo que me impongan. Estaría bonito, no te digo...
I.- En primer lugar, esta televisión la hemos comprado entre los dos, y en segundo lugar, no se trata de ver lo que tu quieras, sino lo que decidamos de mutuo acuerdo.

Miguel se arrodilla en el sofá y tiende los brazos hacia su mujer.

M.- Pero si me acabas de confesar hace un momento que este programa te parecía una soberbia tontería. Mira, Isabel, lo que me revienta de verdad es que te tengas que tragar esta verdadera tortura por la sencilla razón de que es el programa que más audiencia ha tenido en los últimos meses. ¿Dónde está el criterio personal, la libertad de elección, la integridad?.
I.- Mira, valoro en mucho mi integridad, pero valoro muchísimo más mi integridad física, y cuando existe una sospecha social, cada vez más difundida, de que están ocurriendo cosas raras, me parece una temeridad jugar a la ruleta rusa, por un asunto, en definitiva, que no tiene la más mínima importancia, como es el de distraerte un poco antes de irte a la cama después de una agotadora jornada laboral.
M.- Miedo. Actúas por miedo. Nos tienen cogidos por los cojones por el miedo. Pues quiero que sepas que yo ya estoy harto, y voy a demostrarte que no va a ocurrir absolutamente nada. Además, nosotros somos de los mejores. Todos los días vemos una media de seis horas de televisión, y de esas seis horas, estoy seguro de que al menos cinco las dedicamos a tragarnos bazofias como esta. Nadie con criterio, si es que existe alguien, como tu piensas, que controle este asunto, se atrevería a castigarnos por no cumplir las normas.

Isabel negaba lentamente con la cabeza

I.- Yo no estaría tan segura. No sé que decirte. Tu siempre llegas antes que yo, y escoges siempre programas que ni siquiera aparecen en los índices.
M.- Si a alguien le importara que el público viera esos programas, los eliminarían de la programación, ¿no te parece?. Resultaría bastante más sencillo que cargarse a los espectadores.
I.- Posiblemente, pero eliminarían también la sensación de falsa libertad que tenemos desde tiempo inmemorial. Y muy probablemente se quejarían las multinacionales dedicadas a fabricar televisores. No sé, lo veo muy complicado todo, estoy demasiado confusa.
M.- Así no te puedes ir a la cama, cariño. Luego no descansas, y mañana te levantarías hecha unos zorros. Hazme caso. Una sesión de meditación trascendental a lo Hindi nos vendrá de perlas, ya verás.

Miguel se aproxima a Isabel con movimientos lentos y estudiados. Adelanta el brazo derecho, y le arrebata suavemente el mando a su mujer. Suave, suave, y lento, muy lento. Cuando se hace con el cetro de poder, apunta hacia la pantalla. La altísima tecnología hace que hasta las pequeñas manchitas provocadas por la rapidez con que se maquilla Carmencita antes de salir a antena parezcan cráteres lunares. La eterna sonrisa de la presentadora deja paso a un paisaje de altos juncos moviéndose suavemente al ritmo del viento. Tanto Miguel como Isabel sonríen cautivados, completamente hipnotizados por la incomparable belleza de las imágenes que llenan la pantalla, a las que acompaña, perfectamente acompasada, la siempre fascinante melodía de un sitar.

El fogonazo apenas dura una milésima de segundo. La altísima y perfecta tecnología consigue que sobre el sofá italiano no quede ni siquiera una miserable arruga.

lunes, 4 de febrero de 2008

Una canción de Bob Marley cambió mi vida


Una jornada de trabajo como todas las demás. Triste, anodina, pesada...Volvía a casa por la carretera de Barcelona, a las siete de la tarde de un tórrido día de verano. Atasco, sudor y cansancio, un gran cansancio. Un cansancio resignado, de esos que sientes cuando piensas que te queda todavía toda la semana por delante.

Sin mucha convicción, por hacer algo y tratar de que el tiempo pasara más rápido, encendí la radio. Busqué una emisora de canciones más o menos antiguas, y entonces comenzó a sonar.

Se trataba de “No woman no cry”, de Bob Marley, en la versión que aparecía en “Natty Dread”, un disco que grabó el rey del reggae cuando todavía era un perfecto desconocido. Una canción que habíamos escuchado mi primo y yo hasta la saciedad, antes incluso de que se hiciera famosa, allá por el año 1978. El sensual ritmo de la canción me fue invadiendo poco a poco. Como pude y me dejaron, de forma suave pero constante, me fui acercando al arcén, y al llegar paré el coche, cerré los ojos, y me dejé invadir por la fascinante y sugerente música del amigo Bob.

Decidí en aquel momento que tanto mi primo como yo estábamos haciendo el payaso, desperdiciando nuestras vidas, metidos en una vorágine de consumismo y falta de vitalidad que no nos iba a conducir a ninguna parte. Me metí de nuevo en la carretera, con una idea fija que retumbaba en mi cabeza. Estaba decidido. Me dirigí hacia la parte sur de la M-40, en vez de hacia el norte, hacia mi casa.

Llegué a casa de mi primo a eso de las ocho y media de la tarde. Llamé a su puerta excitado, sudoroso, con el corazón a punto de reventar en mi pecho. Solo tenía un pensamiento, obsesivo, machacón, que casi me dolía. Me recibieron, el y Clara, su mujer, en la puerta de su piso. Con Clara no me he llevado nunca demasiado bien, así que no debió de extrañarle mucho que ni siquiera la mirara cuando entré, cogí a mi primo del brazo y medio le arrastré hasta el salón.

- ¿Ha pasado algo –me preguntó con los ojos abiertos como platos-. ¿Está bien Isabel? –Isabel es mi mujer, que tampoco se lleva ni medio bien ni con Clara ni con Matías, mi primo-.
- Si, si, ni es nada de eso. Todos están bien. Ven, vamos a hablar a solas –cuando dije ese “a solas” miré a Clara, que se eclipsó a la cocina.
- ¿Quieres tomar algo?. Fanta, Coca...Clara no me deja comprar cerveza, ya lo sabes. No me sienta bien.
- Bueno, venga, una Fanta. Ya vendrán tiempos mejores. Matías, trae la guitarra, por favor.
- ¿La guitarra?. Ni siquiera sé si funciona todavía. Hace más de veinte años que no la toco.
- Vale, vale, ya veremos, tu tráela. Y los bongos.

Matías salió un momento. Clara se acodó en el quicio de la puerta del salón, con los brazos cruzados sobre el pecho y un gesto de mala leche que daba miedo.

- Ni por lo más remoto se te ocurrirá liarle.

No tenía respuesta para una respuesta tan directa, así que me dediqué a mirarme las uñas tratando de disimular, rezando para que Matías encontrase pronto la puñetera guitarra. Apareció a los pocos minutos. La funda de cuero negro estaba llena de polvo, pero al sacarla, la muy bastarda relucía como el primer día.

- Bueno, aquí está. Me ha costado un poco encontrarla, pero aquí está.
- Venga, empieza a tocar. Trae los bongos.

Clara parecía cada vez más nerviosa. Se sentó a nuestro lado. Matías enchufó el cable al equipo de música, cerró los ojos, y comenzó a tocar una de nuestras preferidas, “Mary Lamour”. Sentí una punzada en el corazón al escuchar los primeros compases. Mis manos volaron rápidamente sobre los bongos. No había perdido en absoluto el sentido del ritmo. Mis dedos se desesperezaban de repente, golpeando ágiles y rápidos, ahora sobre los laterales, ahora sobre el centro de los círculos de piel. La fantasmagórica melodía compuesta por mi primo casi quince años atrás nos envolvió a los tres como si se tratara del primer día que la tocamos, allá por los primeros ochenta, en una fiesta del barrio de San Blas. Al principio, los que nos escuchaban nos pedían marcha, marcha, y nos tiraron incluso algunas piedras, que esquivamos con la sabiduría habitual. Popi y Ferdi, los otros miembros del grupo, tocaban con maestría la batería y el bajo, mientras mi primo y yo desgranábamos sonidos de la guitarra eléctrica y del teclado que me habían regalado mis padres al aprobar BUP. Poco a poco, los gritos de marcha, marcha, dejaron de escucharse. La gente bailaba alucinada al ritmo suave que nosotros tocábamos, como si de una extraña congregación se tratara. El ritmo hipnótico se metía en la sangre, empujándote a bailar. Habíamos conseguido un sonido a caballo entre “Suzie Q”, de los Credence, y el enigmático “Singing Winds, crying beasts” de Santana, con un toque del “Man on the moon” de Rem. Cuando acabó la canción, la gente aplaudió hasta dislocarse las manos. Era la primera vez que tocábamos para un público que no fueran nuestros padres o nuestros amigos del barrio. Empezábamos a saborear las mieles del éxito. En ese momento, Matías terminó la canción. Clara se levantó y salió de puntillas del salón, como intuyendo, como resignada a lo que iba a suceder a continuación.

- ¿No te das cuenta, Matías?. Hay que volver a reunir al grupo.
- ¿De qué estás hablando?. ¿A estas alturas?. Popi y Ferdi ya están casados, como nosotros, y trabajando...
- Si, si, y trabajando, como nosotros, y llevando una vida de mierda, como nosotros, y pagando la hipoteca de un piso hasta más allá de que se jubilen, y sin amor, y...Y además, ninguno de los cuatro tiene hijos, así que lo tenemos más o menos fácil.
- Vale, no sigas. Ahora mismo les llamo. Me has convencido.

A la media hora estábamos en el coche. Matías había conseguido localizar a Ferdi, y Ferdi a Popi. Tres llamadas bastaron para ponernos de acuerdo. Nos alojaríamos en el mismo local de ensayo, en Carabanchel, y no saldríamos de ahí hasta tener preparado un repertorio rompedor.

Mientras cruzábamos Madrid para recoger a Popi y a Ferdi, Matías y yo rememoramos los tiempos gloriosos, aquel concierto de teloneros de Radio Futura, cuando todavía no los conocía nadie, en el Sanjuán Evangelista, y el apretón de manos de un Javier Gurruchaga, vestido de obispo y también desconocido, después del primer concierto de la Orquesta Mondragón en Madrid. Recordamos también el famoso concierto en un colegio de monjas de la zona de Bilbao, en la calle Fuencarral, para ser más exactos, en el que nuestras inocentes letras nos hacían sentir la impresión, dado el lugar y el público asistente, de que éramos unos transgresores. Popi bufaba y rebufaba, al tiempo que no daba una con el ritmo, cuando una rubia despampanante se sentó en el bombo de su batería durante los ensayos y le colocó literalmente las tetas en la cara. Una de las primeras groupies, de las que más tarde nos tendríamos que deshacer casi a bofetadas.

Recordamos también nuestras noches en Rockola, en esos conciertos de cuero y zapatos negros terminados en punta unas veces, y de trajes siderales, gafas de colores y antenas brillantes en otras, como cuando tocaban el Avidor Dro y sus obreros especializados. Y recordamos el concierto de Depeche Mode, para promocionar su primer album, “Speak and Spell”, cuando todavía eran unos perfectos desconocidos, y el concierto de Fischer Z en el Cheminade o en el San Juan Evangelista, eso no lo recordamos bien, con un público enfervorizado gritando, con una sola garganta, “el currante, el currante”, para que el grupo repitiera una y otra vez, que lo hizo, su famoso éxito “The worker”. Recordamos la pota que le echó encima a Matías por la espalda una tía con el pelo a lo Paloma Chamorro, con una cara casi tan alucinada como la de la presentadora, y los saltos que dábamos en el concierto de Ian Dury, y el LP que nos dedicó de su puño y letra en Discoplay, en los sótanos de la Gran Vía, la misma tarde del concierto, y lo salao que parecía, el tío, que después nos saludó desde el coche que le llevaba al hotel. Recordamos también las fiestas de primavera de la Politécnica, en la que tocaban grupos como Alaska y los Pegamoides, Sindicato Malone, Nacha Pop, Ramoncín y muchos otros, y el concurso de Rock Villa de Madrid de no sé que año en el que se llevó el primer premio “El Gran Wyoming”, y en el que participaron también “Johnny Komomolo y los gangsters del ritmo”, de los que nunca más se supo, y recordamos a grupos como Mermelada, Cucharada o Burning, que precedieron y llegaron a participar en los orígenes de aquella incierta movida, a causa de la cual perecieron devorados. Y recordamos también los cabreos que nos pillábamos cuando nos hacíamos amigos en algún concierto de chicas de provincias, que pensaban que todos los madrileños éramos como Almodóvar, porque identificaban la movida madrileña con la estética ultracolorista y popinaif de sus primeras películas. Y recordamos también el entierro de Tierno Galván, tan entrañable y multitudinario, suceso precursor de la tristeza en que se fue sumiendo la movida hasta casi desaparecer.

Recordamos todo aquello que habíamos vivido prácticamente como espectadores, ya que nuestra experiencia como grupo no pasó nunca de la periferia, en busca de un éxito que nunca llegaba, de un empujón que nadie quería darnos, a causa, sospecho, de nuestra naturaleza de barrio, que entroncaba directamente con la pluma y el oropel que se respiraba en el ambiente modernillo. Nuestras canciones, nos dijo en una ocasión un conocido productor musical, eran buenísimas, de una gran calidad musical, y además muy pegadizas, pero el problema era nuestro aspecto. A menos que nos buscáramos unos actores, como lo de Milli Vanilli, que nos sustituyeran en el escenario, no nos comeríamos una rosca, como realmente sucedió. Creo que fue Ferdi el primero en echarse novia, una chica medio pija, hija de un militar, muy guapa, que trabajaba en una agencia de publicidad. Esa misma chica le presentó a Popi a una prima suya, morena, altísima, guapísima, inteligente y rica, y allí cayó nuestro batería. Matías conoció a Clara, yo conocí a Isabel, seguimos viéndonos los cuatro durante una temporada, un par de años, de vez en cuando ensayábamos con Popi y Ferdi, pero cada vez con saltos en el tiempo más grandes. Después, una tarde, Clara le dijo a Matías que no le gustaba Isabel, Isabel me dijo a mi lo mismo de Clara... Y se acabó la relación. Unicamente nos veíamos en compromisos familiares como bodas y bautizos. Un saludo frío, un para de besos, el típico “a ver si quedamos más a menudo”, y si te he visto no me acuerdo. La guitarra cogiendo polvo, los teclados amarilleando como la dentadura de un caballo viejo, y las ilusiones canjeadas por un hipotético bienestar conseguido a base de brazos en Mercamadrid por parte de Matías, y a base de disgustos con los clientes en el Carrefour de Alcalá de Henares por mi parte. Cuando estábamos seguros de que a Popi y a Ferdi les iba infinitamente mejor que a nosotros, nos enteramos, como de casualidad, de que los respectivos padres habían desheredado a sus respectivas hijas, y que la base rítmica de nuestro grupo estaba pasándola tan canutas como nosotros.

Recogimos a Popi y a Ferdi, y nos dirigimos al local de ensayo. Allí estaban todavía nuestros instrumentos, salvo la guitarra de Matías y mis teclados, que había recogido de mi casa mientras media hora antes ante la cara de estupor de Isabel al encontrarse, después de tantos años, con el bueno de Matías. Popi se sentó en su amada batería, Ferdi desembaló el bajo, lo enchufó...Y la magia volvió a envolvernos en su manto de ensoñación.

No hizo falta que ensayáramos más de dos días. Los temas salían, uno tras otro, con la fluidez de un río, con la energía de un caballo desbocado. Grabamos una maqueta, la colgamos en Youtube...Y a los cuatro días teníamos encima de la mesa siete ofertas de grandes empresarios musicales. La fama nos envolvió rápidamente, como en un torbellino. Nuestra edad no suponía un obstáculo, ya que los revivals estaban otra vez de plena actualidad. El sonido de los ochenta rompía moldes de ventas y de conciertos, y nosotros llevábamos dentro ese sonido. Habíamos contribuido años antes a crearlo, y eso nos colocaba en la vanguardia. Dimos seis conciertos multitudinarios en plazas de toros y campos de fútbol de la península, hasta que cruzamos el charco y nos hicimos los amos de todo el cono sur. Tocábamos con los cantantes y grupos más famosos del momento, enviábamos dinero a casa, a unas esposas que cada vez estaban más contentas y orgullosas de nosotros, aunque nos tuvieran lejos, o quizás precisamente por eso.

Resultaba difícil digerir la fama que cayó de repente sobre nosotros como una losa. Poco a poco empezamos a distanciarnos como personas, aunque nos volcábamos y nos convertíamos en una sola persona, en un solo espíritu, en cada uno de nuestros conciertos. Las disensiones entre Popi y Matías eran cada vez más frecuentes. Las peleas, los malos rollos, las borracheras casi continuas nos sumísn en un estado de semi depresión del que solo nos sacaban los conciertos y las ruedas de prensa. Derrochábamos dinero a raudales, tanto en ropas cada vez más caras como en imposibles fiestas, de hasta dos y tres días, en las que fundíamos ingentes cantidades de drogas de diseño, luces y espectaculares montajes. La fama nos dolía. No habíamos sabido adaptarnos a ella, aunque por otro lado dábamos gracias por no haberla conseguido en nuestra etapa anterior, porque entonces, a causa de nuestra corta edad y nuestra innegable inexperiencia, podría haber resultado el asunto bastante peor.

El comienzo del fin nos vino de la mano de un grupo de fans que nos arrinconaron a la salida de uno de nuestros multitudinarios conciertos. Tanto Matías como yo caímos en brazos de dos auténticas top models, de desbordante personalidad y larguísimas piernas. Sin saber muy bien como, nos vimos en la lujosa suite de un conocido hotel de renombre del centro de Madrid, cada uno en una habitación, con el cuerpo embadurnado de champán y los calzoncillos y sujetadores colgados de la lámpara, como al desgaire. Isabel y Clara se presentaron en tan bucólico escenario en compañía de un par de periodistas, que mientras hacían fotos se servían vasos de champán, al tiempo que Isabel y Clara nos arrojaban a la cara los papeles del divorcio.

Así que nos casamos con las top models, que no se podían ver entre ellas. El público empezó a cansarse de nuestros temas con la misma fuerza que los había adorado, por lo que terminamos por disgregar el grupo, recoger los pedacitos del patrimonio que no habíamos dilapidado, y empezar una nueva vida. Una nueva vida de mierda, con una hipoteca por pagar, un trabajo de mierda en el que encima se reían de nosotros por haber sido una vez famosos, y una desazón terrible por haber alcanzado la gloria y haberla dejado escapar.

Una desazón que me despertó, justo en el momento en el que finalizaba, en la radio, la canción “No woman no cry”. Me dirigí, contento por haber salido de la pesadilla, a la zona derecha de la M-40.